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El adulto mayor y su alimentación

Cada cambio en la vida requiere una nueva alimentación

El adulto mayor y su alimentación

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ARMANDO RIVERA

La alimentación es fundamental en cualquier etapa de la vida, pero requiere ciertos cambios cuando se llega a una edad avanzada. 

Rebeca Denis Sotelo de León, nutrióloga clínica especializada en atención del adulto mayor, coincide con los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud al concebir que “la nutrición, en esta etapa, debe abordarse como un pilar terapéutico esencial dentro de la atención integral del envejecimiento”. Por esa razón, Sotelo da más detalles para llevar esta etapa de la mejor manera posible.

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Los retos del adulto mayor

La nutrióloga explica que hay varios factores y desafíos que llevan a que comer sea algo más complicado con el avance de los años. Entre estos se encuentran la pérdida de piezas dentales, enfermedades crónicas, cambios sensoriales como la disminución del gusto y el olfato, o aspectos emocionales (como aislamiento, depresión o duelos) que inciden de manera negativa en los hábitos alimentarios.

“También existe un fenómeno se conoce como anorexia del envejecimiento. La Revisión de Geriatría de la British Nutrition Foundation la describe como una condición multifactorial relacionada, con alteraciones hormonales, como la disminución en la secreción de grelina, una hormona clave en la regulación del apetito que actúa estimulando el centro del hambre en el hipotálamo.

“La Guía de Práctica Clínica del IMSS: Prevención, Diagnóstico y Tratamiento de la Desnutrición en el Adulto Mayor subraya que la disminución del apetito no debe asumirse como un proceso fisiológico ‘normal’ del envejecimiento. Por el contrario, debe investigarse y abordarse mediante una valoración nutricional clínica, con el fin de prevenir el deterioro funcional, la pérdida de peso no intencionada y las complicaciones asociadas a la malnutrición”.

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Modificaciones

Sotelo explica que con la edad los requerimientos nutricionales se modifican, gracias a los cambios fisiológicos, la disminución del metabolismo basal y la pérdida de masa muscular, lo que lleva a tomar decisiones para tener una alimentación menos calórica, pero más rica en nutrientes. Además, debe estar adaptada a las propias posibilidades del adulto mayor, ya sean económicas o de movilidad, que de no adecuarse le pueden generar desnutrición.

Por esa razón, la especialista comparte las recomendaciones del Instituto Mexicano del Seguro Social:

  • Un aumento en la ingesta proteica a un rango de 1 a 1.2 gramos por kilogramo de peso por día para prevenir sarcopenia, que es la pérdida de masa muscular y fuerza.
  • Atención especial al calcio y vitamina D, esenciales para prevenir osteoporosis y fracturas.
  • Monitoreo de vitamina B12, ya que su absorción disminuye con la edad y puede verse afectada por el uso prolongado de medicamentos como metformina o inhibidores de bomba de protones.

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La especialista comparte que los nutrientes que deben priorizarse están establecidos en las Guías Clínicas para el Diagnóstico y Tratamiento de la Malnutrición en Geriatría. Esto ayuda, comenta Sotelo, al mantenimiento de la masa muscular, la salud ósea la función cognitiva y el sistema inmunológico.

Entre los nutrientes esenciales en esta etapa destacan, además de los ya citados, “el hierro, el ácido fólico y el zinc: micronutrientes que contribuyen de manera significativa al funcionamiento del sistema inmunológico, la síntesis de ADN, y la regulación de procesos neurológicos y hematopoyéticos”.

Adaptarse a los cambios

La pérdida de piezas dentales añade un reto nuevo a la alimentación, ya que la capacidad de triturar los alimentos se ve disminuida en parte o totalmente.

“Se debe adaptar la alimentación a las capacidades orales del adulto mayor mediante una dieta modificada en textura. Esta puede incluir alimentos blandos, triturados, semisólidos o en puré, diseñados para facilitar la masticación y deglución. Esto garantiza al mismo tiempo la seguridad alimentaria, el bienestar del paciente y la prevención de complicaciones como la desnutrición o la disfagia”, menciona.

Las preparaciones, dice, deben ser fáciles de masticar y deglutir. Algunos ejemplos de estos platillos son: purés de verduras o frutas cocidas, cremas y sopas espesas enriquecidas, pescado cocido y desmenuzado, huevos revueltos o hervidos, leguminosas bien cocidas.

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Las propiedades de un alimento milenario.

“La clave está en preservar el valor nutricional, cuidando la densidad energética y proteica de cada preparación, al mismo tiempo que se mantiene el atractivo sensorial del alimento, tanto en sabor como en presentación”.

Por otra parte, la disminución de la movilidad o la presencia de dependencia funcional en el adulto mayor incrementa de manera significativa el riesgo de desarrollar desnutrición, sarcopenia, estreñimiento y úlceras por presión, así como de perder autonomía en las actividades básicas de la vida diaria.

“Frente a esta situación, la alimentación debe ser cuidadosamente adaptada para cubrir los requerimientos energéticos y nutricionales sin generar fatiga, molestias gastrointestinales ni riesgos asociados a la disfagia”. Por esa razón, la nutrióloga recomienda.

  • Un aporte proteico de entre 1.2 y 1.5 gramos por kilogramo de peso corporal al día, como medida esencial para preservar la masa muscular y favorecer la cicatrización, especialmente si hay riesgo de lesiones por presión.
  • El control del volumen de las porciones, especialmente en personas con fatiga, baja tolerancia digestiva o dificultad para deglutir.
  • Y el uso de alimentos con alta densidad energética y nutricional, de preferencia en preparaciones suaves, fáciles de masticar y con buena aceptabilidad sensorial.

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Escrito en: nutrición vejez

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