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Felicidad

Aunque la felicidad es una legítima aspiración humana, hoy se ha convertido en una inquietante exigencia […] Ser feliz por mandato me parece una ingenuidad, cuando no una cursilería.

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ADELA CELORIO

Conozco la felicidad, se ha posado en mi hombro como un colibrí que vuela en cuanto lo percibo. Pregúntate si eres feliz y dejarás de serlo, advirtió un filósofo, y yo creo que tenía razón. No se puede negar a la felicidad su índole caprichoso, intangible, inasible. Nadie sabe bien a bien qué es, dónde se da, cómo funciona, cuánto dura… Algo así como el amor; que aparece y desaparece sin pedir nuestro consentimiento. Es, en fin, un misterio indescifrable.

Existen seres profundos, reflexivos, que afirman que la felicidad es la virtud. Es una encomiable afirmación pero, de aceptarla, quedaría yo fuera de toda posibilidad de que me alcanzara alguna vez, dado que lo más alto de mis virtudes es apenas al hecho de colgar mi ropa después de usarla y alinear las pantuflas junto a mi cama antes de dormir. Pero… si la felicidad no es la virtud, ¿entonces qué es? ¿Congruencia? ¿Paz interior? ¿Fortuna?

“Y en todas partes he visto / gentes que danzan o juegan / y cuando pueden laboran / sus cuatro palmos de tierra / Y no conocen la prisa / ni aun en los días de fiesta / Donde hay vino beben vino / donde no hay vino agua fresca / Son buenas gentes que viven / laboran pasan y sueñan / y en un día como tantos / descansan bajo la tierra”, escribió Antonio Machado. Así era la vida, sencilla, sin más preocupación que tramitar el día.

Aunque la felicidad es una legítima aspiración humana, hoy se ha convertido en una inquietante exigencia. “Ser feliz”, “amarse a uno mismo”, “vivir intensamente”, “hazme feliz, ¿o acaso quieres ser un obstáculo a mi felicidad?” son las frases más socorridas en las redes sociales y en los libros de autoayuda en los que no creo.

La felicidad no puede ser obtenida queriendo ser feliz. Tiene que aparecer como consecuencia no buscada de perseguir una meta mayor que uno mismo, advirtió Viktor Frankl. Parecería que la felicidad es aquello que brilla donde yo no estoy, o aún no estoy, o ya no estoy. Es los instantes furtivos que sólo existen en mi recuerdo: el Himno a la Alegría, Pedro Infante cantando “Amorcito Corazón”, el Canon de Pachelbel, Luis Miguel… “si nos dejaaan”; los libros de Paul Auster, de mi Fer Savater, de Muñoz Molina, fieles compañeros que me rescatan de la soledad, del insomnio y de la ordinariez que impone la realidad. Es el rumor de las olas que acompaña mis caminatas en la suave arena de nuestras playas, sembrar un pequeño huerto y cosechar en verano tomates, calabacitas y algunos pimientos que, si bien se agradecen, nunca están a la altura de mis expectativas. Es el crujir de hojas secas bajo mis pasos en otoño, la sonrisa de un bebé, dos o tres amigas cómplices, amables conversaciones y algunas travesuras que todavía me hacen reír en secreto. Es el oficio de escribana que le da sentido y dignidad a mi vida y, por supuesto, los instantes mágicos que me ha ofrecido el amor.

Ser feliz por mandato me parece una ingenuidad, cuando no una cursilería. Perdón, pacientísimo lector, lectora, pero siento un instintivo rechazo a la palabra felicidad. Prodigar bendiciones, brindar prosperidad y felicidad, es una forma amable de hablar, aunque sin consistencia. Más accesible es desear a mis amigos sonrisas, música, libros, amor, chocolates, aventuras. Con los años cayéndome encima me vuelvo amargosa, inconforme, me incomodan los clichés. Espero de las palabras consistencia; aunque cuando me pregunto qué estoy haciendo yo para que el mundo sea un poco mejor, la palabra consistencia me provoca vértigo. Básica como soy, le apuesto a la alegría: más humilde, más accesible, menos esquiva y menos pretenciosa que la felicidad.

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Escrito en: Felicidad Adela Celorio

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