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Luis Rubio

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LUIS RUBIO

ÁTICO

Comienza la contienda más pareja de lo que parecía: es el momento de la ciudadanía para que escuche y mida a las candidatas.

En su novela sobre Argentina intitulada Zama, Antonio Di Benedetto habla de las "víctimas de la espera", que Michael Reid, experto latinoamericanista, interpreta como las víctimas de aguardar, una metáfora sobre la permanente expectativa por lograr el progreso y la prosperidad que en nuestro país parece una lucha interminable por llegar a la cima, sólo para encontrar, como en la famosa parábola de Camus, que cada vez que se acerca la meta, todo se viene abajo. Los sexenios inician con esperanza y concluyen con incertidumbre; pero el de López Obrador es excepcional en su arrojo por empujar a tambor batiente hacia el final, sólo para comenzar a encontrarse con que no todo es color de rosa e igual puede ganar que perder. Ahí está México al inicio de la última fase de esta contienda.

Hace un año todo parecía miel sobre hojuelas para el presidente y para quien resultara ser su candidato a la presidencia. Hoy las cosas podrían parecer similares (así lo indican algunas encuestas), pero hay dos factores que evidencian la existencia de un entorno mucho más competitivo. El primero es que no todas las mediciones coinciden. La dispersión que muestran las encuestas sugiere al menos dos posibilidades: por un lado, la intención por manipular a la opinión pública, y, por otro, problemas de medición. Esto último se acentúa cuando uno observa la competencia en las redes sociales, donde se presenta una situación casi opuesta a la que exhiben las encuestas que gozan de sólida reputación. Yo no digo que unas sean buenas y otras malas, sólo que hay indicadores que advierten una mayor competencia de la aparente.

El otro factor que sugiere una mayor competitividad en la contienda en marcha es el activismo del presidente. Ante todo, es notoria su preocupación: sus mañaneras han dejado de ser ejercicios épicos de convencimiento narrativo, para lo cual no había límite ni escrúpulo alguno, para convertirse en actos de flagrante activismo proselitista. El cambio podría parecer nimio, pero revela un estado de ánimo y, sobre todo, un desprecio por los cánones que el propio presidente estableció al inicio de su mandato. No hay mejor ejemplo de esto que los riesgos que, en materia financiera, decidió correr al mero final de su sexenio, el momento más vulnerable para cualquier presidente, justo el periodo en que la mayoría de sus predecesores se abocaba a cerrar capítulos, evitar conflictos innecesarios o resolver los posibles y confiar que las cosas terminarían bien.

El proselitismo presidencial insinúa lo que los griegos llamaban hubris o hybris: la sensación de que todo es posible, que no hay límite a lo que quien ostenta el poder puede lograr con sólo proponérselo. Por cinco años, fue cuidadoso con las cuentas fiscales porque le preocupaba ser acusado de una devaluación; dado que el peso parece desconectado del devenir político-económico interno, el gobierno optó por jugársela en grande con un extraordinario crecimiento del gasto (y, por lo tanto, del endeudamiento) en el último año del gobierno. Lo mismo se puede decir de sus veinte iniciativas de reforma constitucional que no son otra cosa sino un intento por apuntalar, en el documento jurídico fundacional, todo lo que hizo de facto a lo largo del sexenio como si él fuese la única persona relevante, merecedora de inmenso poder para alterar el orden interno, de por sí siempre frágil. Para un presidente que dice gustar de la historia, su lectura del final de los sexenios de las últimas décadas es pobre. Las apuestas que ha asumido (valga decir, a nombre de toda la sociedad) igual le salen bien que mal, pero las cuentas siempre se pagan. Lo único que queda por dilucidarse es quién las pagará: él o su sucesora, quien sea que ésta sea.

Más allá de lo que el presidente haga, el momento de la sucesión dispara toda clase de fuerzas, intereses y circunstancias que, en el ocaso del sexenio, nadie puede controlar. La aparición de acusaciones sobre el financiamiento de campañas previas, la evidencia de corrupción en el núcleo familiar, los conflictos dentro de Morena y las incongruencias en que la candidata presidencial tiene que incurrir para evitar desatar la ira presidencial son todos ejemplos del tipo de imponderables que comienzan a hacer ruido y que, con facilidad, podrían convertirse en un caudal.

Desde mucho antes de que cobrara forma la contienda actual, la narrativa gubernamental argumentaba que ya todo estaba resuelto, que lo único que faltaba por esclarecer la sucesión era el nombramiento de quien encabezaría la candidatura. La aparición de Xóchitl Gálvez en el panorama, en no poca medida producto de la arrogancia presidencial, cambió la realidad política, si bien no la narrativa matutina. El intento por desacreditar a la candidata de la oposición, recurriendo a información confidencial y manipulándola sin resquemor alguno como es usual en este gobierno, tuvo el impacto inmediato de confundir, pero el efecto en el tiempo ha sido el opuesto: hoy hay claramente dos candidaturas fuertes y vibrantes.

A su llegada a la presidencia, López Obrador contaba con un amplio apoyo popular y la expectativa de que sería un presidente para todos los mexicanos. Hoy es claro que sólo trabaja para sí mismo. Otro presidente apostador: el anterior, en 1982, quebró al país.

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