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Reportaje

El amor en tiempos de desconexión

Voz contemporánea de los afectos

El amor en tiempos de desconexión

El amor en tiempos de desconexión

ABRAHAM ESPARZA Y ANA SOFÍA MENDOZA

El amor nos interesa, y mucho. Basta con ver la cultura fanática alrededor de figuras como Taylor Swift. El melodrama impreso en sus canciones es impulsado por sus seguidores, quienes tratan de descifrar para qué expareja de la cantante va dirigido el reclamo en turno. Ella sabe el alcance de este tipo de conjeturas y prefiere mantener cautivo a su público sin revelar el misterio y, tal vez, sin sentir realmente el despecho que parece mostrar en sus letras.

Para muchos, el amor de pareja es un objetivo sin el que la vida no está completa. Es entendible que se quiera vivir una relación de este tipo, porque si se lleva a cabo de forma sana puede ser una de las experiencias vitales más gratificantes. Por otro lado, si el amor arriba de forma tortuosa, no nos dejará indiferentes; se convertirá en una de las etapas que más recordaremos o que tomaremos como referencia para no repetir errores.

El psicoanálisis malentendido de la cultura popular estipula que nuestra mente forja patrones a partir de traumas del pasado, lo que determina nuestras relaciones presentes. No es un completo error; sin embargo, es una manera en que la responsabilidad por un vínculo insano recae únicamente en quien lo padece, porque no estuvo lo suficientemente atento para reconocer los signos de alerta.

Hoy en día se han puesto de moda en Internet varios conceptos ligados a las relaciones de pareja. De hecho, cada vez parece haber uno nuevo, lo que implica que existen bastantes preocupaciones respecto al tema. Las redes sociales permiten perpetuar las representaciones del amor propias de una cultura.

En México, por ejemplo, un amplio sector de la población todavía tiene valores conservadores y en muchos casos machistas, mientras que otra parte se opone a los roles de género tradicionales. Así, en este país vemos memes quejándose de los hombres que “no resuelven”, es decir, que no tienen la iniciativa de solucionar problemas que atañen a la pareja; al mismo tiempo, hay otros memes burlándose de las mujeres que no saben atender un hogar o que esperan todo en una relación sin poner nada de su parte.

Tampoco faltan las publicaciones que enlistan red flags en una pareja. El término se traduce como “banderas rojas” y hace referencia a las señales que indican que una persona puede ser incompetente o hasta abusiva en una relación. La intención es noble, pero suele caer en sobre simplificaciones o, incluso, en meros caprichos personales. No nos sorprenda que alguien considere como una red flag no recibir suficientes regalos del ser amado, siendo que estos no siempre se dan con una intención sana, como cuando se utilizan para encubrir carencias o manipular al otro.

La llamada “responsabilidad afectiva” es otro término de moda que, en sí, engloba conceptos abordados por la psicología, como la empatía, el compromiso y la asertividad, clave para la comunicación y resolución de problemas. Esta práctica invita a tener en cuenta los sentimientos del otro para evitar afectarlo innecesariamente.

Pero, ¿cómo es posible que algo tan básico deba repasarse con un término rimbombante? Se trata de una marca ineludible de los tiempos que corren, en que el individualismo y el Internet han supuesto una distancia física y psicológica en las relaciones humanas de cualquier tipo. Con el rechazo a los valores tradicionales como el matrimonio o la obligación de formar una familia, vino una libertad que terminó por ejercerse irresponsablemente, pasando por encima de los demás. Al notar las consecuencias de esto, pasamos a necesitar más que nunca los vínculos afectivos, sobre todo después del confinamiento pandémico.

Reaprendimos la importancia del afecto, pero la balanza está lejos de equilibrarse, porque ahora se exige que los demás estén dispuestos a un fuerte compromiso con la relación desde el principio. Ejemplo de ello es el tan popular hashtag #goals (#metas), que usualmente se emplea al compartir alguna imagen o video en que alguien muestra un gran gesto de afecto a su pareja o en que ambos hacen algo lindo juntos. Esta búsqueda de la persona ideal se complementa con podcasts de influencers que, cual si fueran expertos, comparten sus puntos de vista sobre las relaciones interpersonales, dando pautas dudosas a sus seguidores sobre qué exigir de un vínculo amoroso para que sea exitoso.

El deseo de tener una relación perfecta hizo que en los últimos años fuera tendencia difundir en redes sociales el comportamiento de los narcisistas, quienes envuelven a sus parejas aislándolas y desestabilizándolas emocionalmente para controlar su comportamiento. Esta moda hizo que los usuarios concluyeran que su pareja era narcisista al notar unas cuantas señales de ello, en una simplificación enorme de las características del narcisismo patológico de los manuales de psiquiatría.

Pero esta divulgación puede funcionar para que un individuo evite este tipo de relaciones abusivas, ¿no? El problema de que este tipo de temas esté disponible de forma digerible en redes sociales no es, en sí, que se difunda información, sino que esta no alcanza la complejidad real que podría encontrarse con una investigación más a fondo.

Por ejemplo, el artículo Los narcisistas no cazan a los débiles (2023), del sitio web Medium, aborda cómo es que este tipo de personas sienten atracción por quienes son independientes. Según el texto, la razón por la que buscan este perfil es que es un reto inconsciente para ellos doblegar a quienes tienen una personalidad fuerte y funcional. Esto desbanca el tan arraigado mito de que las víctimas de abuso narcisista siempre son personas vulnerables psicológicamente.

En resumidas cuentas, el balance al vincularse con alguien recae en la comunicación efectiva, señalando detalles de la relación que pueden ser incómodos, ya sea para llegar a acuerdos y avanzar o, simplemente, lograr una separación sana.

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PERPETUACIÓN DE LA ESPECIE

La mujer embarazada pasa por antojos de alimentos que difícilmente le parecerían apetitosos sin estar esperando un hijo. De esta misma manera, creemos necesitar un amor que nos quiera incondicionalmente, que sea único y, sobre todo, definitivo; una persona con la que todo (vida, pertenencias, familia, entre muchas otras cosas) sea seguro.

Este “antojo” es algo que creemos nuestro, pero en realidad es justo lo que necesita la sociedad para sobrevivir; al igual que la mujer embarazada cree suyos los antojos poco comunes, pero que en realidad alimentan a su bebé con lo que necesita. Es esta la analogía que plantea el filósofo Arthur Schopenhauer en El amor, las mujeres y la muerte (1819), donde advertía que tiene más poder el interés biológico de nuestra especie como conjunto, para multiplicarse y perpetuarse, que lo que decidamos individualmente.

Así también, los textos base para describir la formación de la familia, como es Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) de Friedrich Engels, señalan que la manera en que la configuramos y, por supuesto, la forma en que vivimos en pareja, está fuertemente relacionada con la procreación y el aseguramiento de un patrimonio que pase de generación en generación. Básicamente, las relaciones de este tipo existen para saber de quién son los hijos y quién tiene derecho a heredar nuestras pertenencias al morir.

El francés Michel Foucault admite que la sexualidad puede tener por objetivo la reproducción y el mantener una estructura social funcional. Sin embargo, las sociedades han avanzado su tecnología y organización, de manera que se ha vuelto más fácil que esa estabilidad prevalezca y, por lo tanto, la sexualidad puede permitirse su diversificación. En el caso de la pareja, existen distintas formas en que el afecto sea suficiente factor para mantener la unión, más allá de la procreación.

Lo social y lo histórico determinan en gran medida si el vínculo que nos espera es sano o insano, así que es posible que nuestras ideas sobre el amor no sean tan nuestras como queremos creer.

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ORÍGENES DEL AMOR ROMÁNTICO

El amor romántico es un modelo occidental que describe la manera en que una pareja se relaciona. Lo interesante y poderoso de esta idea es su bajo perfil. No nos guía a modo de normas morales, sino que simplemente se toma como algo natural. Está en los cuentos de hadas y en los chismes o relatos de quienes nos rodean. Pone en un pedestal al amor o a la otra persona. Es difícil de desenraizar porque de él depende parte de nuestra felicidad, de nuestro yo ideal, del placer que sentimos al seguir con sus narrativas.

La antropóloga y politóloga mexicana María Lagarde, señala en Claves feministas para la negociación del amor (2001), que el amor romántico surge de ideas del pasado que han sobrevivido hasta ahora, como la del amor burgués, que se desarrolló en Europa en los siglos XIV, XV y XVI. En él, el afecto y el matrimonio no pueden existir separados, por lo que están marcados por reglas que se siguen hoy en la generalidad, como son la monogamia y la heterosexualidad. Según Lagarte, la mujer está sujeta a este ideal, entregada totalmente al vínculo, por lo que pierde su subjetividad.

El amor cortés es una figura incluso anterior al burgués, pero que se relaciona bastante con la manera en que el hombre debe “ganarse” a una dama perteneciente a una clase social más elevada. El amor cortés es público, se declara ante todos como si el caballero tuviera que llevar a la preparatoria un pellón con la inscripción “¿Quieres ser mi novia?”. Tenía que ser valiente, hacerse notar mostrando hazañas de carácter heróico. La mujer, al estar más acomodada económicamente, respondía al estereotipo de frágil y sin señal de haber trabajado nunca; sin defectos, como influencer de Instagram.

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MITOS QUE ILUSIONAN

El amor romántico se alimenta de una serie de mitos presentes en la cultura popular. Tanto los cuentos de hadas y las novelas británicas del siglo XIX como las historias relatadas por el Hollywood clásico y las novelas adolescentes del presente, están relacionadas con estas narrativas. Es comprensible porque pueden ser bastante emocionantes. La creencia de que una relación puede sobrevivir a innumerables sucesos y al paso del tiempo, como en Diario de una pasión (2004), o a demonios interdimensionales como en Hellboy (2004), es bastante seductora.

La entrega total y la omnipotencia del amor son otros mitos que no toman en cuenta lo cambiantes que somos los seres humanos ni el respeto que debe haber hacia los propósitos y el desarrollo personal del otro.

“Podrá nublarse el sol eternamente, podrá secarse en un instante el mar… pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor”, dice Gustavo Adolfo Bécquer. Para las personas del romanticismo y posromanticismo estas sensaciones tal vez eran reales, pero revivirlas ahora, sin la ingenuidad de épocas anteriores, sería forzar sentimientos y hacer que continuáramos con fantasías postizas.

Los mitos del amor romántico configuran a la pareja más común con elementos como la exclusividad sexual o, incluso, los celos, que suelen verse como las mayores demostraciones de afecto. Cada relación puede elegir sus normas a seguir, pero pocas veces fuera de esos parámetros que impiden la exploración de otro tipo de vínculos.

“Voy a poner cadenas en ti, para que no me engañes”, dice una de las letras de José José. En las canciones románticas se muere de tristeza, no hay vida después de la pareja, y se abordan sentimientos de manera intensa. Su labor es emocionar a la audiencia, no necesariamente analizar lo que se siente de forma realista.

Creencias como “la media naranja” o el amor a primera vista envuelven al amor en un halo de idoneidad y de poco análisis de la realidad que la pareja vive. En esta concepción inmadura todo debe ser perfecto y sentirse con gran intensidad. Según estas narrativas, el amor debe sobrevivir, pese a la salud y bienestar de las personas implicadas.

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FANTASÍA EN PANTALLA

El cine y la televisión han alimentado las fantasías del amor desde el siglo pasado, reflejando los valores de su época hasta la actualidad. Hoy siguen teniendo una amplia injerencia en cómo el público percibe las relaciones interpersonales, aunque de forma diferente a la de décadas pasadas, pues las narrativas se han adaptado a movimientos sociales y económicos, como el feminismo y el surgimiento de plataformas de streaming, respectivamente.

Es preciso hacer un repaso breve del papel del género romántico en el séptimo arte. Durante la era dorada de Hollywood, el romance dominaba la industria con grandes producciones como Lo que el viento se llevó (1939) o Casablanca (1942), hoy clásicos del cine. Cabe destacar que estos filmes estaban sujetos al código Hayes, una serie de normas sobre lo que era apropiado o no mostrar en pantalla, con el fin de no inducir a la audiencia a las malas costumbres y los vicios. Es decir, solo había cabida para afectos que se adaptaran a la norma: parejas heterosexuales, protagonistas blancos y tramas que giraban en torno a amores tortuosos o imposibles (algo con lo que la mayoría puede relacionarse), donde generalmente los hombres eran quienes luchaban por conquistar (y a veces hasta salvar) a su amada. Esto no las convierte en malas películas; de hecho, algunas todavía están en las listas de las mejores de todos los tiempos. Simplemente significa que las narrativas estaban limitadas por la censura.

En México la dinámica era parecida, con una tendencia fuerte al arquetipo de galán, papel en que destacaron actores como Pedro Infante y Jorge Negrete. Por otra parte, en Europa había mayor libertad creativa y las relaciones interpersonales podían explorarse desde perspectivas más variadas. La nouvelle vague (nueva ola) francesa, movimiento que desafiaba las reglas canónicas del cine, dio a luz a historias mucho menos idealizadas del amor, como Vivir su vida (1962) de Jean-Luc Godard, cuya trama gira en torno a una joven que deja a su hijo y a su marido para seguir su sueño de ser actriz. En esta historia la protagonista no es una mujer abnegada, no tiene como objetivo ser amada y, cuando lo es, el amor no es suficiente para salvarla.

Dejando de lado estos filmes, por lo general el romance en la gran pantalla siguió la tendencia de la idealización incluso después de la época dorada del cine. A partir de los setenta y hasta los inicios del siglo XXI, las comedias románticas se convirtieron en uno de los géneros más exitosos en taquilla, con hitos como Mujer bonita (1990) o Alguien tiene que ceder (2003). El drama amoroso también fue bastante apreciado en ese periodo. Ejemplo de ello son El paciente inglés (1996), Titanic (1997) y Shakespeare enamorado (1998), películas famosísimas que además obtuvieron numerosos premios.

Sin embargo, la cuarta ola del feminismo, los movimientos antirraciales y la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ+ fueron un golpe para las narrativas clásicas en el nuevo milenio, pues las audiencias comenzaron a exigir personajes femeninos fuertes que no dependieran de una pareja para tener plenitud, que hubiera manifestaciones afectivas diferentes a la heteronormatividad y, en general, que el amor romántico dejara de presentarse como el fin último del ser humano.

Así, surgieron nuevas formas de presentar los vínculos emocionales, como el anti-romance o el cine queer. La la land (2016), por ejemplo, muestra el progreso de una relación entre un músico y una actriz, cuyo amor no surge a primera vista, sino después de varios encuentros. A lo largo de la película se ve cómo hacen planes juntos a la par de seguir sus sueños individuales. Posteriormente, los problemas comienzan a surgir en la pareja, hasta que finalmente se separan. El tercer acto destaca porque ambos se encuentran tiempo después y, a modo de flashback, se muestran escenas de cómo hubiera sido la relación idealmente. Retrato de una mujer en llamas (2019), por su parte, sigue el amor entre dos mujeres en una época donde era imposible que permanecieran juntas.

Ella (2013) es una historia futurista donde un hombre solitario parece no superar una separación, hasta que se enamora de un sistema operativo inteligente. Este tipo de tramas plantean cómo la tecnología podría moldear las relaciones humanas, conectando y aislando por igual a las personas.

El motivo por el que los romances (o anti-romances) de la última década no han alcanzado tanta fama como los dramas noventeros tiene mucho que ver con el surgimiento de las plataformas de streaming, que despojaron a las salas de cine de bastante público. Como consecuencia, las películas de alto presupuesto van a lo seguro: sagas de acción y superhéroes.

Quizá por ello las formas más tradicionales del romance tienen mayor presencia en series televisivas, como el drama Grey’s Anatomy o la comedia The Office, donde el público tiene la oportunidad de conocer más detalles de los personajes y sus relaciones amorosas, desarrollando a veces un gran apego hacia ellos. Los actores John Krasinski y Jenna Fischer, que interpretan a una pareja en The Office, han sido blanco de reclamos de los aficionados de la serie por no haber tenido una relación en la vida real, lo que refleja el deseo de que la agradable ficción trascienda más allá de la pantalla.

Internet ha permitido que esto suceda en cierta medida. Foros y redes sociales se llenan de fanáticos que alaban o critican a los personajes, rememoran los mejores momentos de una serie y discuten sobre qué debieron hacer los guionistas. Entre los “hubieras” destacan los referentes a las relaciones amorosas.

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FANFICS VS EL MUNDO REAL

Algunos espectadores van más allá de hacer comentarios sobre el contenido que consumen: escriben historias enteras como alternativa a la trama original de la obra. Estos textos llevan por nombre fan fiction (ficción de fanáticos), mejor conocidos como fanfic, y se publican en sitios web de código abierto como Wattpad o AO3, donde se forman comunidades cuyos miembros que se retroalimentan entre sí. El romance es tema común en estos textos.

Los guionistas profesionales se preocupan por introducir conflicto para mantener la verosimilitud en la ficción, pero ver a sus personajes favoritos sufrir puede llevar a los fans a inventarse mundos alternativos donde el objeto de su admiración es feliz. De ahí surge, por ejemplo, el coffee shop AU, un subgénero del fanfic que se enfoca en los encuentros de sus protagonistas en cafeterías. Así, las parejas soñadas pueden simplemente encontrarse en citas y conversar sin sobresaltos.

La psicóloga Lynn Zubernist, en una entrevista para Vox, indica que el fenómeno del fanfic es una forma de escapismo, un mecanismo de defensa que consiste en evadirse de la realidad. Destaca que esta práctica amateur se popularizó durante la pandemia de covid-19 ante el aislamiento y la incertidumbre. Muchas personas encontraron consuelo en contenido que les era reconfortantemente familiar. La experta añade que al saber que alguien más tiene los mismos gustos y deseos, se adquiere un sentido de pertenencia, sobre todo si se trata de temas tabú, como ciertas preferencias sexuales y parafilias que se ven satisfechas a través de fanfics eróticos.

Al parecer son muchos los espectadores que se resisten a la tendencia de dejar de idealizar el amor. Por el contrario, se aferran a la idea romántica para sobrellevar las vicisitudes de una realidad atemorizante en que todos están conectados a través de Internet pero, al mismo tiempo, se encuentran dolorosamente aislados en un mundo incierto.

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NARRATIVA AMOROSA EN REDES SOCIALES

Las historias de parejas destinadas al público ya no están solamente en manos de escritores, compositores, intérpretes o cineastas, sino que cada individio con acceso a Internet puede, en cualquier momento, crear su propia narrativa respecto a sus relaciones. Basta con una historia de Instagram, un video de TikTok o un hilo de Twitter para dejar claro a los seguidores cuál es el rol que tenemos en el mundo de los vínculos afectivos: el que tiene un romance ideal, el que está felizmente soltero, al que le han roto el corazón, el que busca a alguien digno de tener algo serio, etcétera. Todos ellos son, en mayor o menor medida, personajes sospechosamente unidimensionales, a veces incluso más que los protagonistas de alguna película palomera, pese a que se trata de personas reales que en muchos casos forman parte de nuestra vida cotidiana. Esa paradoja es la que vuelve a las redes sociales tan potencialmente impactantes en lo que respecta a las vivencias afectivas.

Uno podría sentir la frustración de no tener un romance de telenovela, pero siempre se puede consolar pensando en que eso solo pasa en la televisión. Sin embargo, el consuelo se vuelve más inaccesible cuando el protagonista de la relación perfecta es el colega de trabajo incompetente, la ex compañera de secundaria engreída o algún pariente incómodo.

Un estudio del Pew Research Center, realizado en 2019, reportó que el 28 por ciento de los hombres y hasta el 40 por ciento de las mujeres que desean tener citas se sienten mal consigo mismos al ver publicaciones referentes al éxito amoroso de sus contactos. Incluso los adultos con pareja pueden caer en comparaciones dañinas: el nueve por ciento llega a sentir insatisfacción con su propia relación al ver las de los demás en redes sociales.

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INTERACCIONES NO INOFENSIVAS

Sin embargo, comparar la situación propia con la ajena no es la única forma en que estas plataformas digitales pueden amenazar el vínculo entre dos personas. De hecho, un problema más recurrente son los celos que despierta la interacción de la pareja con sus contactos en redes sociales. Un “me encanta” en la foto de una mujer o un hombre atractivos, una historia en que alguien está preocupantemente cerca del ser amado, etcétera, pueden detonar discusiones.

A veces no es una acción específica lo que provoca los celos, sino el tiempo que pasa la pareja en pantalla, ya que la sospecha de infidelidad surge cuando el celular es una distracción constante al estar juntos. Alrededor del 40 por ciento de los estadounidenses en relaciones comprometidas ha sentido molestia por este motivo, de acuerdo al Pew Research Center.

Pero, si bien cada individuo es responsable de su actuar, lo cierto es que hay productos diseñados para ser especialmente adictivos, como los cigarros, los casinos y, también, las redes sociales; su algoritmo está programado para mostrar a cada usuario el contenido con el que es más probable que interactúe, no importa si es de forma positiva o negativa. De este modo, una persona puede llegar a pasar horas frente a la pantalla cada día.

De acuerdo a un reporte de GWI de 2023, en Latinoamérica la generación Z pasa en promedio casi cuatro horas diarias en redes sociales, los millennials lo hacen alrededor de tres horas y media, mientras que la generación X y los baby boomers rondan las tres horas. No es de extrañar que ese tiempo se interponga a los momentos en pareja o, incluso, que de ese tiempo en línea surja un romance paralelo al actual. La realidad es que la adicción a redes sociales está asociada con una mayor incidencia en comportamientos de infidelidad, según una investigación de 2019 publicada en el American Journal of Family, aunque cabe mencionar que la posibilidad de engaño disminuyó conforme la edad de los participantes del estudio era más avanzada.

Pero esto no quiere decir que la mayoría de los que disfrutan largamente de las redes sociales estén traicionando a sus parejas. Muchas veces se trata únicamente de la adicción al contenido, lo cual también es un problema, pero no significa que ya no haya respeto y cariño en la relación. Por otra parte, esta puede tambalearse si en esos casos (o incluso en aquellos de uso moderado) la otra persona padece de celopatía o ciertas inseguridades interiorizadas.

Las personas que tienen un estilo de apego ansioso (es decir, que temen profundamente al abandono) son más propensas a vigilar constantemente la actividad en línea de su pareja, causando tensiones en la relación. De este comportamiento solo se benefician las empresas de redes sociales, ya que obtienen mayores ganancias entre más tiempo se pase en ellas, no importa si para ello es necesario explotar las inseguridades humanas.

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CATÁLOGO INFINITO DE PAREJAS

Es cierto que la infidelidad siempre ha existido, pero las redes sociales propician un fenómeno que no era posible antes: la sensación de tener opciones infinitas de pareja y, por lo tanto, la constante insatisfacción con la relación propia porque se “podría estar con alguien mejor”. Antes las probabilidades de enamorarse estaban limitadas a los espacios físicos que se frecuentaban, como la escuela, el trabajo o algún café; pero ahora se puede entablar conversación con quien sea en prácticamente cualquier lugar del mundo. Basta con tener un dispositivo móvil y conexión a Internet.

Los algoritmos de las plataformas digitales, incluyendo las apps de citas, alimentan esa búsqueda de la persona perfecta porque facilitan la conexión con aquellos que tienen intereses en común. El espacio cibernético se convierte entonces en un catálogo para eligir a la pareja ideal, permitiendo rastrear a hombres y mujeres con todas las características deseadas, como si se tratara de un individuo a la medida propia. En ese mercado de vínculos afectivos cada quien hace lo propio para “venderse” y resultar atractivo.

Uno podría pensar que conocer gente en línea ahorra tiempo y esfuerzo, pero no es raro que pase justo lo contrario, considerando que al menos el 80 por ciento de los usuarios no se representa objetivamente en sus perfiles, de acuerdo al artículo Love, Lies and What They Learned (Amor, mentiras y lo que aprendieron) publicado en The New York Times.

Es de esperarse que haya muchas decepciones en las primeras citas cuando lo que se conoció por Internet no era más que una fachada detrás de la cual hay un ser humano como todos: con defectos, una apariencia que no es tan perfecta sin filtros, y una personalidad u opiniones que pueden chocar con las propias.

No siempre es fácil darse cuenta de que no hay nadie que encaje a la perfección con uno mismo. Después de todo, si se tiene acceso a millones de personas, alguna de ellas debe ser todo lo que se había soñado, ¿no? Pero la verdad es que insistir en ello cobra factura a la salud mental, pues después de todo los demás no llenarán nunca todas nuestras expectativas, ni tienen la obligación de hacerlo.

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IDEALIZACIÓN DEL AMOR

La idealización es un mecanismo por medio del cual se elevan a la perfección las cualidades y valores del otro, define el Diccionario psicoanalítico de Jean Laplanche y Jean Bertrand Pontalis. Es decir, las carencias que tenemos se expresan en la pareja, que aparece engrandecida por virtudes y características que en realidad son impuestas por uno mismo. Si el ser amado no cumple estas expectativas, cae por completo del pedestal en el que se le ha puesto.

De la idealización pueden surgir la posesividad, la celopatía o el control de las acciones de la pareja, así como un rechazo profundo cuando no satisface nuestras necesidades. Lo que se vive intensamente en el amor idealizado, se devuelve entonces en forma de algunos tipos de agresión ante la decepción vivida.

Actualmente el papel del amor romántico es el de una especie de “amor ideal”, un modelo que estipula los sentimientos que se deben tener y la conducta que debemos llevar en una relación. No es que haya algo escrito, pero creemos esta narrativa y, cuando resulta diferente a como lo esperábamos, creemos que no es un amor real.

Se ha desencadenado una liberación femenina y una visión menos estricta de la sexualidad, pero el ideal del amor existe para todos. Cualquier persona busca y tiene necesidad de ser amado por otro. Lo que marca hoy esta realidad es que no todos buscan lo mismo y no todos saben comunicar efectivamente lo que quieren. Es aceptable buscar únicamente sexo, sin un vínculo emocional, y hay que ser sinceros en este tema, pero sin demeritar algo tan importante para el ser humano como es el amor.

Lo que ocurre en nuestra contemporaneidad es una renovación de roles de género en la que se pretende llegar a la igualdad, aunque, según Lagarde, el terreno de los afectos sigue estando desbalanceado. Hombres y mujeres, sea cual sea su orientación sexual, han descubierto nuevas partes de sí mismos. La parte más emocional, atribuida históricamente al sexo femenino, contrasta con el gusto por las relaciones sexuales sin vínculo afectivo; al mismo tiempo, los varones se permiten buscar lazos amorosos y comprometerse con ellos. ¿Cómo es posible, entonces, que aún así no encuentren lo que desean?

La respuesta está, tal vez, en que las sociedades actuales están centradas en búsquedas personales y no tanto en la comunicación efectiva de las mismas. Según la narrativa actual, debemos explorar lo que realmente queremos porque solo hace falta ponerle el empeño necesario para lograrlo. De hecho, el amor se ve muchas veces como una meta supeditada al logro social y la estabilidad, al estatus con el que queremos mostrarnos ante los demás. Estamos desconectados entre nosotros cuando el amor es, por definición, una conexión con el otro.

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Escrito en: Amor Día del Amor y la Amistad reportaje

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