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Entrevista

Aura García-Junco y el legado de H. Pascal

"Mi investigación era para conocer a un muerto que amaba profundamente la literatura. Me interesaba mucho imaginar, no tratar de entender, cómo se había acercado a esos libros”.

Aura García-Junco y el legado de H. Pascal

Aura García-Junco y el legado de H. Pascal

SAÚL RODRÍGUEZ

Nunca consideró ser escritora, pues este oficio ejercido por su padre, el autor mexicano H. Pascal, para ella sólo representaba precariedad. Aura García-Junco (Ciudad de México, 1988), nombrada en 2021 por la revista británica Granta como una de las 25 mejores narradoras jóvenes en español, ha escrito Dios fulmine a la que escriba sobre mí (Sexto Piso, 2023), después de un luto de diez meses y un recorrido por la biblioteca de su progenitor. Fue una andanza por ese bosque de árboles muertos, cuyo follaje revive sólo con el rocío de la lectura.

Juan Manuel García-Junco Machado falleció en su departamento de la Ciudad de México el 2 de julio de 2019. Lo encontraron tirado, con un libro de poesía sobre su estómago, “cerrado como tumba”. Se había bautizado a sí mismo como H. Pascal cuando era un adolescente. Dedicó su existencia a la gestión cultural y la promoción de la lectura. Fundó el colectivo y el proyecto editorial Goliardos. Escribió poemas y ficción (muchas veces de tinte erótico). Podría decirse que era un “shandy”, uno de esos escritores que integran la sociedad secreta en la novela Historia abreviada de la literatura portátil (1985), del catalán Enrique Vila-Matas.

—No creo que la vida aguante para ser portátil por siempre. Quizá sólo a veces, por momentos.

Aura García-Junco habla ante la grabadora en el estand de su editorial. Es el último miércoles de noviembre y el día avanza en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, caótico, sin tregua, como la multitud que invade los pasillos. En unas horas, la autora presentará Dios fulmine a la que escriba sobre mí en el salón E del Área Internacional. La acompañarán Yásnaya Aguilar y Gabriela Jáuregui. Allí establecerá un diálogo sobre este libro, porque quizá la mayor influencia viva de H. Pascal radica en su propia hija.

Un día hay vida y de repente aparece la muerte, tal como escribe el estadounidense Paul Auster en La invención de la soledad (1982). ¿Un escritor inerte, solitario, rodeado por sus libros y con otro libro de poesía encima? ¿Por qué morir así? ¿Qué significa morir así?, se preguntó su hija. La imagen la obsesionó, le pareció el punto de partida idóneo para su búsqueda, pues significaba también un contraste radical con el final de la vida. Ambos se habían distanciado. Al realizar el retrato de un hombre invisible, surge un delicado balance entre querer saberlo todo y no querer saber nada.

—Fue muy duro, fueron cosas que yo no sabía y quizá no quería saber, pero me eran absolutamente necesarias para la estructura del libro.

Híbrido entre el ensayo y la narrativa personal, Dios fulmine a la que escriba sobre mí muestra que existen testamentos que no se redactan. H. Pascal le heredó una biblioteca a su hija, pero también un enigma. Había pasado un año del deceso y Aura no se atrevía a tocar esos libros aromatizados con el humo del cigarro. Los observaba, se cuestionaba si reflejaban un momento vital de su dueño. Para descubrirlo necesitaba una llave, construir un puente que le permitiese transitar el luto. Esa llave, ese puente fue el lenguaje mismo.

La ensayista francesa Marguerite Yourcenar indica que una de las mejores maneras de conocer a alguien es a través de sus libros. Los libros son objetos y los objetos viejos se asemejan a los recuerdos: en ocasiones resultan una maravilla, en otras sólo estorban. Aura García-Junco escribe que cuando los objetos pertenecen a alguien que ha partido, se parecen a la utilería de una película ya concluida. Despedirse de un ser querido también es realizar una especie de mudanza dentro de uno mismo. Esta es una investigación para “conocer la vida de un muerto que amaba profundamente la literatura”.

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¿Qué te enseñó tu padre, voluntaria e involuntariamente, sobre el oficio de escribir?

Me enseñó cosas muy buenas y cosas muy malas. Yo de inicio nunca consideré ser escritora, porque para mí ser escritora, de acuerdo a lo que veía en él, era vivir en una precariedad muy extrema: siempre estar batallando por dinero y por otras cosas. Eso era un poco el lado malo, pero también había otro lado, difícil de dimensionar cuando no creces cerca de gente que se dedica a escribir: los y las escritoras son personas absolutamente normales, que hacen una vida normal, mejor o peor. Obviamente se ha hablado mucho sobre que tienen características muy particulares, como un egoísmo muy desmesurado hacia la familia. Rosa Montero lo aborda en algunos de sus libros. Eso fue lo primero, que la escritura es una parte muy importante de la vida, pero no es la vida en sí. Y que para escribir hay que trabajar mucho; también eso lo aprendí, porque veía a mi padre hacerlo, era una parte muy grande de sus rutinas. Entonces, eso fue un gran aprendizaje. Si tú sólo te imaginas qué es escribir, quizá no te imaginas todo el trabajo que hay detrás y todo lo que dejas por hacerlo.

Dentro de la historia, ¿el personaje de tu padre cómo se relaciona con el sueño y la derrota?

El personaje de mi padre dentro del libro es un personaje que empezó teniendo una serie de sueños muy convencionales dentro del mundo literario, hace periodismo cultural y publica novelas. Él empezó desde muy joven a escribir y le fue muy bien. Creo que su aspiración de inicio era una muy convencional, pero conforme fue pasando el tiempo y se dio cuenta de que los géneros que él escribía, o le interesaba escribir, no eran del todo apreciados, porque eran géneros muy marginales; tuvo que empezar a reescribir sus sueños y hacer que fuesen sueños de contracultura. No creo que de inicio, al menos desde mi percepción, haya pensado que ese era el camino que quería seguir, pero al final fue lo que tuvo que tomar. Y la idea de derrota es muy compleja, porque creo que hay cosas que se pueden apreciar como una derrota desde afuera que no necesariamente se sienten así desde adentro, y viceversa. Él, en muchos momentos dentro de su aspiración inicial, sintió una derrota que lo hizo pasar a otro tipo de aspiraciones y buscar otro tipo de logros, pero no sé cuál es la mejor manera de sintetizarlo. Creo que las relaciones entre el deseo y la pérdida —que es, en resumen, lo que tiene que ver con el sueño y la derrota— siempre se retroalimentan de un extremo al otro, de uno surge la otra.

En el libro hablas de que, cuando una persona muere, sus objetos dejan tener utilidad, son como utilería de una película que ha terminado. ¿Qué sucede cuando estos objetos son sus libros?

Creo que los libros son objetos únicos en muchos sentidos. Por un lado, tienen la materialidad que cualquier otro objeto y por lo tanto son un coñazo de acomodar, de transportar, pero también tienen una forma atemporal. Además tienen la peculiaridad de que si tienes una licuadora y te regalan otra, tienes una licuadora de más, pero si tienes un libro y te regalan otro, no tienes un libro de más, a menos que se repita el título, pero no es el caso cuando te heredan una biblioteca. Entonces, se vuelven una herencia muy peculiar, porque, aunque hayan sido parte de la biblioteca de alguien más, son objetos que tienen la posibilidad de trascender en el tiempo. Tienen una tecnología que, a diferencia de otras tecnologías, no ha cambiado en muchísimo tiempo, es muy estable. Incluso aunque el libro digital exista, no ha logrado desbancar a los libros físicos porque tienen otras características. Y eso también influye en la manera que significa la herencia de un libro.

Cuando perdemos a alguien, solemos acudir a los sitios donde esa persona estuvo. Nos preguntamos qué pensó, qué observó en determinado entorno, qué significó ese espacio para su vida. En este caso, tú acudes a los libros de tu padre, ¿te ocurrió algo similar? A fin de cuentas, esos libros fueron territorios leídos por él.

Sí, y además es muy peculiar la manera en que te puedes relacionar con un libro. Peculiar en el sentido de que nos relacionamos con cada libro dependiendo de nuestro estado de ánimo, nuestra experiencia vital, las lecturas previas. Nadie lee igual un libro que otra persona y ni siquiera nosotros mismos leemos igual un libro en dos momentos de la vida, ni siquiera en dos momentos del día. Mientras leía los libros de mi papá, me preguntaba cómo él había leído esos libros. Mi investigación era para conocer a un muerto que amaba profundamente la literatura. Me interesaba mucho imaginar, no tratar de entender, cómo se había acercado a esos libros, especialmente a algunos que menciono. Hay un capítulo dedicado a Alexis o el tratado del inútil combate (1929), de Marguerite Yourcenar. Ese libro lo empezó a leer en 1984, si no me equivoco, y está firmado así como tal. Ese es un momento en la vida de mi papá donde yo no lo conocía, yo ni siquiera existía, no estaba ni en planes. Y es un documento que me hace conjeturar cosas: ¿qué significó para él haber leído eso?, ¿por qué hay ciertas cosas subrayadas?, ¿quién era esa persona joven que tenía un proyecto literario de cierto tipo? En fin, como que hay muchas cosas que se pueden leer en los libros más allá de lo que está escrito en ellos. Lo digo ahí, se me hace como una forma de libromancia literaria interesante.

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¿Despedirse de una persona también es hacer una especie de mudanza dentro de uno mismo?

Sí, es un reacomodo total de muchas cosas. Es el reacomodo de una vida previa y también la enunciación de una vida nueva que no sabes cómo va a ser, porque nunca has estado en la circunstancia de vivir sin un padre o una madre. Cuando son personas tan cercanas hay que volver a pensarse en el mundo. Yo lo descubrí cuando él murió, nunca lo había tenido que reflexionar así. Es una mudanza de tu lugar vital tal cual.

¿Por qué crees que para hablar de la muerte hay que tocar base en la infancia?

Es muy difícil no hablar de infancia cuando se habla de la muerte de alguien más, porque la infancia es un lugar que se tiende a glorificar mucho, creo que es natural que sea así. Gabor Maté, un terapeuta al que admiro mucho, habla de cómo sus pacientes que son adictos, cuando normalmente les pregunta de inicio si tuvieron malas infancias, todos dicen que no, que no hubo ningún problema, que todo estuvo bien. Sin embargo, cuando empieza a escarbar en eso, hay un montón de momentos en sus infancias que fueron terroríficos, en muchos casos. Entonces es muy curioso, porque hay una necesidad de negar que la infancia sea un lugar lleno de complejidades. Y creo que cuando recurrimos a ese espacio, como una especie de panacea, necesariamente nos habla de cuándo se rompió. Normalmente la conciencia de la muerte es el lugar donde se rompe la infancia. Eso es muy común, también Rosa Montero lo habla en su penúltimo libro. Y creo que también, con la cercanía de la muerte, empieza a haber una revisión de la vida, la vida como esta serie de momentos. La infancia como este lugar feliz, que en general carece de obligaciones, siempre termina siendo parte importante de ese discurso cercano a la muerte.

Cuando un ser querido parte, existen cosas que no se alcanzan a decir, secretos que no se revelan. Imaginamos aquello que no nos dijo, su reacción con aquello que le dijimos. ¿De qué manera tus secretos han convivido con los de H. Pascal?

Es difícil, porque es un delicado balance entre querer saberlo todo y no querer saber nada, porque luego además está también lo segundo que preguntas, el hecho de que tú eres parte de esos secretos si eres parte de la vida de alguien de manera tan intensa. En algún punto me topé con cosas que no sabía, porque ciertos eventos importantes tenían que ver conmigo —de hecho en el libro hablo de unas tres ocasiones en las que me enteré de eso—. Fue muy duro, fueron cosas que yo no sabía y quizá no quería saber, pero me eran absolutamente necesarias para la estructura del libro. Luego, por otro lado, el tema de los secretos sí tiene que ver con mesurar el flujo de información, porque si no, te vuelves loca: nadie tiene que saber todos los secretos de su padre. Muchas personas han enloquecido, precisamente, por querer saber demasiado o porque sus padres les hacen saber demasiado, como en el caso de Pilar Donoso, quien se vio enfrentada a todos los diarios de José Donoso. Eso es para mí el extremo negativo de saber tantos secretos.

¿Qué cierras con la publicación de este libro?

Para mí este libro, primero que nada, es una cápsula del tiempo. No es un libro definitivo, es un libro de un momento vital, un libro de diez meses de duelo, principalmente nueve, en los que yo pensaba y sentía ciertas cosas que me parecía hilvanar y articular como un libro, y tratar de hacerlas a manera casi de novela, a pesar de que es una novela muy poco ortodoxa y muy híbrida. Y lo que cierro con ese libro fue un duelo; sí tuve que hacer un proceso muy arduo en el que afronté cosas que no había afrontado previamente. Y el hecho de pensar de manera intensiva en algo que no quería pensar, fue en realidad muy útil. Fue como diez años de terapia, era escribir, pensar, ir una y otra vez; terminé en un lugar bien diferente a donde empecé a escribir.

Por último, quería citar una frase de tu libro y preguntarte qué reflexión te genera: “La vida es un deseo y no un significado”.

¡Guau! ¡Es una gran frase! Sí lo he pensado mucho, porque comparto algo de eso. El significado de la vida es buscar una especie de existencialismo un poco más teocrático. Y buscar el deseo creo que es una actividad diaria, en este mundo donde ya no hay tantas identidades totémicas a la cuales rendir reverencias. A mí me parece que es una frase muy vigente, hay que seguir buscando ese deseo, pero también hay que seguir buscando ese sentido. Por ejemplo, no sé, nombrar una cosa que es cursi pero verdadera: las relaciones de amistar fuertes y sostenibles, o las relaciones de animales cercanos o no cercanos. Esos son para mí sentidos diversos de vida, pero incluso para tener esos sentidos diversos de vida tienes que tener un deseo y el deseo no lo doy por hecho, creo que es algo que se trabaja.

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Escrito en: Aura García-Junco Dios fulmine FIL Guadalajara Sexto Piso

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