Siglo Nuevo

Entrevista

Anabel Hernández, la periodista ante el hampa

“Creo que soy afortunada de haber sobrevivido a un poder que era mucho más grande que yo. Yo sólo era una simple periodista con una libreta y una pluma”.

Anabel Hernández, la periodista ante el hampa

Anabel Hernández, la periodista ante el hampa

SAÚL RODRÍGUEZ

El elevador del hotel Westin de Guadalajara detiene su ascenso en el piso 19. Las puertas abren cual telón al iniciar una obra de teatro. Hay un pasillo. Lo recorro hasta el final. Dos escoltas trajeados custodian la última de las habitaciones. “Buenas tardes”. El ventanal detrás de ellos parece una pintura de René Magritte, una ciudad que respira, aglomeración de edificios y nubes.

La primera vez que entrevisté a Anabel Hernández (Ciudad de México, 1971) fue en 2022. Hablamos sobre la publicación de Emma y las otras señoras del narco (Grijalbo, 2021), libro que generó polémica debido a que la periodista relacionó a personajes de la farándula con el crimen organizado. Enmarcada en la videollamada, recalcó que los 350 mil mexicanos asesinados por la fallida guerra contra el narcotráfico y los más de 90 mil desaparecidos “son de realidad y no de una serie de televisión”. A raíz del secuestro y asesinato de su padre en diciembre de 2000, comprendió que la corrupción y la impunidad no son cuestión de números, sino de víctimas que portan nombre y apellido.

Tiene valía, pero Hernández se reconoce minúscula ante el monstruo del hampa. Datos de Artículo 19 indican que 163 periodistas han sido asesinados en México desde el año 2000, 43 de ellos en el actual sexenio. ¿Qué puede hacer la pluma ante la furia de las balas? En diciembre de 2013 once sujetos armados irrumpieron en su domicilio. Ella no se encontraba, sólo los escoltas que le asignó el gobierno de la Ciudad de México tras ser amenazada. Uno de ellos fue golpeado, levantado y dejado en un sitio lejano. Los atacantes también hostigaron a sus vecinos. Aquello la sobrepasó, abandonó el país en 2014. Sus investigaciones sobre los nexos de Genaro García Luna —entonces secretario de Seguridad Pública— con el crimen organizado, la expusieron tanto que se le puso precio a su cabeza.

Me adentro en la habitación. Hernández está sentada en el sofá. Tiene a un costado un ejemplar de Las señoras del narco. Amar en el infierno (Grijalbo, 2023), la publicación que presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) y que es motivo de esta entrevista. El libro incluye las conversaciones que sostuvo en Estados Unidos con Celeste V., expareja del fallecido narcotraficante Arturo Beltrán Leyva.

El día anterior tomó un vuelo en algún lugar de Europa, donde ha tenido que exiliarse. Antes de partir se despidió de su familia y le preguntó a su esposo si recordaba dónde había dejado los papeles de su hijo. El ritual es semejante en cada despedida; no reencontrarse con los suyos se marca como posibilidad en su agenda. “¿Por qué lo hago?”, se pregunta cada que viaja a México. ¿Por qué lo hace? Su voz intenta alumbrar cuando el día de Guadalajara se apaga a sus espaldas.

En un documental de la agencia Deutsche Welle, le comentas al periodista turco Can Dündar que cuando viajas a México siempre te preguntas por qué lo haces y te despides de tu familia como si fuese la última vez. ¿Sucedió lo mismo ahora que tomaste el vuelo para venir a Guadalajara?

...Salí de Europa, donde vivo, el día de ayer a las siete de la tarde. Justamente antes de salir, me volteé con mi esposo y le pregunté: “¿Te acuerdas que te di los papeles de mi hijo? ¿Te acuerdas dónde están?”. Le dije: “En la editorial me pidieron, por medidas de seguridad, mi tipo de sangre y un número de seguridad para emergencias. Di tu contacto”. Es totalmente aberrante que un periodista en el mundo tenga que hacer este tipo de cosas sólo porque va a ir a una ciudad a trabajar y a presentar un libro. Por desgracia se ha vuelto una normalidad en mi vida desde hace muchos años, como en la vida de muchos periodistas de México.

Al inicio de Los señores del narco (Grijalbo, 2010) narras el viaje que realizaste en autobús el 11 de julio de 2005 hacia la comunidad chihuahuense de Guadalupe y Calvo, en pleno corazón del llamado Triángulo Dorado. Ibas a reportear la explotación infantil en los campos de amapola. Eso fue el inicio de tu investigación sobre el narcotráfico en México. ¿Te imaginaste que tu vida fuese a cambiar tanto?

Fíjate que también es una pregunta muy interesante. Yo diría que ese viaje, en ese autobús, en esa carretera serpenteada, donde había muchas curvas y todo este bosque cuando uno va llegando a Guadalupe y Calvo, cambió mi vida para siempre. Hasta antes de ese día no me había dedicado, ni entendía este mundo del crimen organizado, de los carteles de la droga, ni qué impacto tenían en la vida cotidiana de nosotros los mexicanos. Fue hasta que estuve ahí, hasta que entrevisté a esos niños, hasta que fui a las escuelas, hasta que entrevisté a esa comunidad, que entendí que esto es un problema gravísimo. Desde ese día hasta ahora, nunca más he dejado de investigar, particularmente sobre el Cártel de Sinaloa.

En ese mismo libro, cuando en 1993 los guatemaltecos entregaron a Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán al ejército mexicano, describes que el clima era tenso como una cuerda de violín”. ¿Consideras que una tensión similar te ha acompañado debido a tus investigaciones?

Creo que hay áreas del periodismo donde realmente nos adentramos a mundos muy oscuros, mundos que nos sobrepasan por completo. Los mundos, los intereses que trastocamos, son mucho más grandes que nosotros. Tenemos que reconocer que somos minúsculos en comparación a ese inmenso poder. En mi rol minúsculo, he tratado de hacer mi propia lucha de desnudar a este sistema criminal y exponerlo ante los ojos de los ciudadanos. Porque yo soy nadie, pero si los ciudadanos colectivamente entienden que este sistema criminal se puede combatir, podemos hacer mucho. Yo sí entiendo la peligrosidad del trabajo que realizo. No lo hago como deporte ni porque me guste la adrenalina. Yo podría dedicarme a hacer pasteles o poner un puesto de flores sin ningún problema. No soy una persona que ambicione la fama o el like, no me interesa eso. Pero sí soy una persona que no puede ser indiferente a lo que sucede. Sé que justo estoy en esa cuerda de violín que puede reventarse en cualquier momento, entonces todo se convierte en un caos. Imaginemos en un concierto una cuerda de violín que es tan tensa, tan delicada, pero que si se revienta es el caos. Creo que ese es el mundo donde vivimos tantos periodistas.

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Presentación de Las señoras del narco. Amar en el infierno (Grijalbo, 2023) en la FIL Guadalajara. / Universidad de Guadalajara

DUDAR DEL DOGMA

Anabel bordea el silencio antes de contestar las primeras preguntas, quizá para buscar las palabras en el fondo de sí misma. En ocasiones mira hacia la nada, como si se fuese lejos, hacia otra parte. Los ojos cristalinos, yerto el rostro. Se le entrecorta la voz al hablar de su familia, pero recupera firmeza al denunciar la corrupción de las autoridades ante el crimen organizado.

El periodista Julio Scherer, cuando en 2010 entrevistó a Ismael ‘El Mayo’ Zambada, líder del Cártel de Sinaloa, escribió: “Si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos”. Hernández parece seguir el mismo principio: ha conversado con narcotraficantes del calibre de Rafel Caro Quintero o Dámaso López Serrano, alías ‘El Mini Lic’, incluso con Emma Coronel Aispuro, última pareja de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, además de Celeste V., la protagonista de su reciente libro.

Ignora por qué la buscan estas personas. Asegura no tenerles consideración ni simpatía, tampoco las pinta como mártires. Sabe que cada uno de estos encuentros puede ser una trampa, pero acepta el riesgo. Por eso va a la sierra o cita a sus fuentes en hoteles, en restaurantes, en baños públicos. Deja que ellas mismas se desnuden en palabras, apunta, subraya, toma la información y luego hace contrapeso. La duda es fundamental en sus investigaciones. Si el poeta francés Emile Verhaeren escribió que la inteligencia nos fue concedida para dudar, Hernández sabe que la duda es su derecho; hay que dudar de todo.

¿Por qué crees que al discurso oficial le molesta tanto que dudemos de él?

Todas las revoluciones científicas, humanas, sociológicas, religiosas, que han habido en la humanidad, han nacido de la duda, de la pregunta: “¿Por qué esto es así?”. No como el dogma, no como “la tierra es plana y hasta ahí”, imaginémoslo, ¡nunca hubiéramos salido de ahí! La Iglesia católica nos ha dicho que esta tierra es plana y es un dogma que nadie puede dudar de ello. Y Galileo Galilei ha dicho: “Pero parece redonda, no parece plana. En el horizonte aparecen algunas formas y no es plana”. ¡Hay que dudar! ¡Hay que dudar del dogma! Y me parece que el dogma es parte de esta cultura, particularmente de México y otros países latinos, donde la Iglesia católica nos ha retorcido y bloqueado un poco esa capacidad y derecho a dudar. Es ese dogma de la Iglesia católica tomado a comodidad por el sistema político, de “lo que yo digo es lo que es y nadie puede preguntar”. No importa si son gobiernos del PRI, del PAN o de la supuesta izquierda, nadie quiere que uno pregunte. ¿Por qué? Porque la duda genera la búsqueda de respuestas y la búsqueda de respuestas genera realidades que no coinciden con el dogma. Por eso no quieren que preguntemos.

Emma Coronel, las mujeres de la farándula relacionadas con el narco, la propia Celeste que protagoniza tu última publicación, ¿son cómplices o víctimas de este mundo?

Estas mujeres están justo en este doble error que hace esta figura todavía mucho más compleja. Cuando hablamos de mujeres, cuando hablamos de las señoras del narco, cuando hablamos de Emma Coronel, no son estas caricaturas que a veces los medios de comunicación nos quieren contar; son cosas mucho más complejas. Estas mujeres a su vez fueron criadas en un sistema patriarcal. Estas mujeres fueron encontrando que a través de su belleza, del sexo, de diversos instrumentos, pueden lograr injerirse, controlar algo de este mundo patriarcal que se las quiere comer. Entonces, por un lado son víctimas, pero por otro lado son victimarias. Cuando ellas mismas procrean hijos, replican ese sistema criminal. Cuando ellas mismas piden a sus amantes más joyas, más dinero, están pidiendo matar más; delinque más, sé más corrupto, sé más narco, trafica más cosas, porque yo quiero más bolsas, quiero más operaciones físicas, estéticas, etcétera. Por un lado son víctimas del sistema patriarcal y por el otro son victimarias, porque son las principales máquinas que replican y multiplican el sistema.

La anterior ocasión hablamos de tu entrevista con Emma Coronel, hace poco entrevistaste a El Mini Licen Estados Unidos, en su tiempo te buscó Caro Quintero. Le comentaste a Can Dündar que es como si ellos buscaran expiar sus culpas al hablar contigo.

A mí me tomará todavía tiempo entender por qué estas personas hablan conmigo, por qué necesitan que cuenten sus historias, porque en la inmensa mayoría de los casos ninguna de estas historias las cuento como si ellos fueran héroes, ninguna, ni siquiera la de Celeste; en ninguna terminan como héroes. Yo los pinto tal y como son, porque justo tomo su historia, pero hago contrapeso, tomo información de otras partes, entonces héroes nunca son, ni Caro Quintero, nadie, ni la propia Emma. ¿Por qué lo hacen? No sé. Yo pienso que cuando hablo con ellos, cuando me miran, cuando se abren —porque llega un momento donde estos personajes se ponen a llorar, a gritar o se ponen realmente en silencio como diciendo: “Es que eso nunca lo había pensado. Me obligas a pensar cosas que nunca había pensado”—, creo que incluso en ese mundo tan retorcido del crimen organizado, esta gente necesita hablar con alguien que pueda entender ese mundo. Y creo que después de casi veinte años investigando a la delincuencia organizada, de los libros que he escrito, creo que ese mundo sabe, entiende que mi lectura es real, que no inflo las historias, que no busco culpables, que busco la verdad.

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La periodista Anabel Hernández entrevistada por Siglo Nuevo durante su estancia en la FIL Guadalajara 2023 / Diana López

Sobre Las señoras del narco, ¿qué análisis social te genera que Celeste te diga: Estuve con Arturo (Beltrán Leyva) porque fue la única persona en el mundo que nunca me juzgó, que me quiso por lo que soy”?

Esa es una de las frases que no sólo debe responder Anabel Hernández. Es una cosa que debe responder el gobierno de México, el gobierno de Estados Unidos y nosotros como sociedad. Incluso la propia Celeste al final del libro dice: “Bueno, ¿qué tenía en el cerebro? Estaba como idiota. No puede ser posible”. Porque además Celeste entró a ese juego criminal y lo perdió todo. Todo lo que más amaba lo perdió. Me parece que justo es la provocación que quiere hacer este libro, de preguntarnos de nueva cuenta. Nosotros pensamos que el mundo del crimen organizado es como estas series de Netflix, donde están los buenos, los malos y nosotros comiendo palomitas. Los que estamos comiendo palomitas como espectadores somos cómplices de ese sistema. Cuando compramos productos piratas, cuando consumimos pornografía infantil, cuando la gente consume drogas, cuando los hombres van a una casa de prostitutas y se van con una mujer traficada, cuando van a estos clubes de strippers y también muchas de estas mujeres son traficadas, etcétera; es decir, cuando como sociedad consumimos todas estas cosas del mundo criminal, somos cómplices directos. En realidad, ese sistema criminal, ¿de qué está hecho? ¿Quiénes lo alimentan? Sí, están los García Luna, los presidentes corruptos… pero vive del mercado que les compra sus mercancías. Y el mercado que les compra sus mercancías —sean mujeres, niños, droga, productos pirata, gasolina robada, etcétera— es gente que se levanta en la mañana y va al trabajo, o que va a la farmacia o al supermercado. El mercado que alimenta a ese sistema criminal está hecho de todos nosotros que somos gente común. ¿Cuál es nuestro papel? No sólo como consumidores de ese mercado. “¡Ay, qué malos son los narcos! ¡Ay, cuánto mal nos hacen!”. Pero, ¿cuántos no abonan a la economía del narco todos los días? Tenemos que hacer conciencia. ¿Y cuántos no arrojan a este tipo de mujeres u hombres a ese mundo criminal sin darles otra opción? A mí me gusta mucho este libro de Las señoras del narco porque creo que nos hace asumir, entender que cualquiera de nosotros podría caer en esas circunstancias, pero además muestra que todos somos cómplices de ese sistema criminal. Nos obliga a preguntarnos qué estoy haciendo a favor, alimentando, y qué estoy haciendo, como ciudadano responsable, para combatir eso.

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El Universal.

EL JUICIO

En diciembre de 2019, Genaro García Luna fue detenido en Texas. El gobierno estadounidense lo acusó de colaborar con ‘El Chapo’ Guzmán y otros socios del Cártel de Sinaloa y del Cártel de los Beltrán Leyva. El exfuncionario aceptó sobornos y traficó droga cuando se suponía que velaba por la seguridad de los mexicanos al encabezar la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) y luego la Secretaría de Seguridad Pública. Anabel Hernández fue una de las principales periodistas en denunciarlo.

El 17 de enero de 2023 una promesa de justicia comenzó a asomarse en el frío amanecer de Nueva York. Hernández viajó hasta la Corte de Distrito Este para presenciar el juicio de quien pudo ser su verdugo. Esa mañana comenzó la selección del jurado en la sala 8D. La periodista observó todo desde un monitor instalado en una sala contigua. De pronto, García Luna, el hombre que intentó asesinarla, apareció vistiendo un traje oscuro.

El juicio duró casi seis semanas. Testificaron narcotraficantes como Sergio Valdéz Villarreal, Vicente Zambada Niebla y Jesús Reynaldo ‘El Rey’ Zambada, estos últimos hijo y hermano de Ismael ‘El Mayo’ Zambada. Hernández decidió no testificar y sólo acudir con su presencia, misma que irritó a Linda Cristina Pereyra, esposa del exfuncioinario. El 21 de febrero se dio el veredicto: García Luna era culpable de todos los cargos. La periodista quedó atónita. Se recuerda en la sala vacía, sola, junto a sus sentimientos encontrados. Había ganado una batalla, pero no la guerra contra la corrupción.

Durante la primera presentación de Las señoras del narco. Amar en el infierno, realizada en septiembre pasado en la Biblioteca Vasconcelos de Ciudad de México, una mujer se acercó a la autora.

—Bueno, ¿y para usted cuál es el cártel más importante?

—El cártel del Gobierno, ese es el cártel más importante, y el que nunca pierde.

Además de Celeste V., existe otra mujer que protagoniza este y el resto de tus libros: tú misma. Al final narras tu experiencia en el juicio de García Luna. ¿Qué pasaba por tu mente al momento de estar ante el hombre que intentó asesinarte?

Durante muchos años, cuando estuve haciendo esta investigación sobre García Luna, había mucho escepticismo y dudas. Creo que las dudas, repito, son bastantes positivas y razonables, pero yo despejé esas dudas con bastantes pruebas que publiqué sobre García Luna, sobre sus riquezas, sobre su patrimonio, que no tenía cómo justificar con su ingreso de policía, a la par de todas las denuncias que tenía de estar recibiendo sobornos del Cártel de Sinaloa. Aun así el gobierno de Felpe Calderón, y en su momento el de Enrique Peña Nieto, lo protegieron. Habría que decir que mucha de la gente de Genaro García Luna siguió en el gobierno de Peña Nieto, tan es así que Ramón Pequeño es quien permitió, de alguna u otra manera, la fuga de ‘El Chapo’ Guzmán en 2015. Entonces, cuando estuve en Nueva York... y lo vi... durante muchos días estaba pensando: “¿Qué voy a sentir cuando lo vea? ¿Qué voy a hacer”. Incluso le pedí a una amiga periodista que me acompañara, que estuviera conmigo, porque yo no sabía cómo iba a reaccionar. Cuando vi la cara que puso su esposa cuando me vio, cuando vi la cara que pusieron los abogados y cuando vi la cara que puso Genaro García Luna, me di cuenta de una cosa, por más irónica que parezca, me di cuenta que ese hombre que había querido matarme, que había sido todopoderoso en México, tenía más miedo de mí, de mi libreta y de mi pluma, que yo de él y todo su ejército de asesinos.

Otro aspecto que mencionas es que no quisiste declarar en el juicio, pero que con tu sola presencia, al estar ahí en silencio, expresabas algo más allá de las palabras. 

Pienso que…. soy una mujer, soy una mexicana, soy una periodista afortunada de haber tenido, de alguna u otra manera, justicia a través de ese juicio. Y creo que soy afortunada de haber sobrevivido a un poder que era mucho más grande que yo. Yo sólo era una simple periodista con una libreta y una pluma. Pero creo que eso simboliza algo mucho más fuerte: el valor de la persistencia. Estar ahí, en silencio, era ese valor de la persistencia, ese valor de: “Yo sobreviví. Tú tenías un ejército de narcos y de policías para matarme. Tú fuiste el hombre más poderoso de México (hay quienes dicen que incluso más que Felipe Calderón). Hoy tú estás en el banquillo de los acusados y yo estoy aquí. Creo que ese mensaje, mientras yo asistí al juicio, estaba claro. La gente de la fiscalía me miraba, los compañeros periodistas me miraban y lo sabían, la esposa, los hijos de García Luna, me miraban y lo sabían. Y creo que era una especie —al menos para mí, con todo mi pequeño ser y lo que poco que puedo significar— de esperanza: si alguien como yo, tan pequeño, puede retar a este sistema criminal, imaginemos lo que podemos hacer todos los mexicanos juntos.

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