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¡Aguas!

En años anteriores, el luminoso mes de marzo despertaba mi locura dormida, pasiones y besos voladores zumbaban sobre mi cabeza, las jacarandas floridas eran para mí como la sonrisa de Dios.

¡Aguas!

¡Aguas!

ADE

El Volga, el Támesis, el Tíber, el Sena, el Houston, el Nilo, padre de la civilización occidental, y el dulce Danubio que fluye del oeste a este de Europa y humedece con constancia y generosidad sus riberas, aseguran la vida y el desarrollo de los pueblos que tocan a su paso.

Tenochtitlán, ciudad de aguas, flotaba sobre diez mil hectáreas del lago de Texcoco. Al ver tantas ciudades y pueblos construidos en el agua, nos quedamos admirados. Hubo quienes pensaron que se trataba de un hechizo como los que se narran en el libro de Amadis de Gaula, pues había grandes torres, pirámides y templos erigidos en el agua —crónica que se atribuye a Bernal Díaz del Castillo—.

Sobre el lago, los mexicas construyeron islas artificiales; son las chinampas que sobreviven en Xochimilco. No sólo los nobles, sino toda la población, seguía las mismas normas de higiene: se bañaban a diario en los temazcales. Toda civilización flota sobre el agua.

Campo bien regado, campo bien preñado. El agua es un milagro que por cotidiano damos por sentado: jugar guerritas con globos de agua, encontrarla seguro en los bebederos de la escuela, mojarnos a cubetazos el día de San Juan, regar jardines, lavar los coches y las banquetas con el abundante chorro de la manguera, nadar entre gardenias… hoy al recordarlo me parece un lujo impensable, pero lo viví.

Los primeros días de marzo cumplo con mi vieja tradición de poner las semillas en la tierra bien mojada y espero con ilusión los primeros brotes. Ahora debo regarlos con gotero y, sedientos como están, dudo que llegado el momento me obsequien los rojos y perfectos jitomates a los que me tenían acostumbrada.

Adela sufre. Ahora, con muchos años de retraso, tomo consciencia de que el agua, como la vida, es un bien escaso que se escapa gota a gota. Muy tarde vengo a darme cuenta de los abusos que con toda naturalidad infligimos a la naturaleza que hoy nos pasa la cuenta. “Allá en la fuente / había un chorrito / se hacía grandote / se hizo chiquito”. Las llaves de mi casa padecen insuficiencia urinaria; apenitas un goteo. La capital del país sufre una severa restricción y el futuro inmediato parece aterrador.

El Valle de México se encuentra en una situación alarmante: el día cero marca el momento en que el Sistema Cutzamala, fuente vital de suministro de agua para la región, llegará a su nivel mínimo de operación. Será el 26 de junio de 2024 cuando se agoten las reservas del sistema Cutzamala. Un escenario en el que la disponibilidad de agua potable para los veinte millones de habitantes podría alcanzar niveles críticos. ¡Dios, qué terror!

Y nada que llueve. Tengo pesadillas en las que millones de inodoros rebosan de excrementos entre secadales y árboles muertos. Despierto y repito como un mantra: San Francisco labrador, quita el sol y pon el agua. Y no es por traicionar a San Francisco, pero a como están las cosas también intento llamar la atención de Tláloc: dios de la lluvia, deidad del agua, si haces que llueva pronto —de preferencia esta misma noche— te prometo una gran jícara de pulque y deliciosos tamales de chile, de dulce y de manteca. Según fuentes históricas, parece que también te gusta la sangre humana; prometo buscar donadores. Todo te ofrezco y ni gota; tengo la impresión de que andas baboseando.

En años anteriores, el luminoso mes de marzo despertaba mi locura dormida. Pasiones y besos voladores zumbaban sobre mi cabeza, las jacarandas floridas eran para mí como la sonrisa de Dios. Hoy, con amenaza tan sombría, la primavera no me inspira nada.

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