EDITORIAL

Urbe y orbe

Los límites del poder

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

La coacción de un poder político no es signo de fortaleza, sino de debilidad. Cuando un gobierno tiene que echar mano de métodos coactivos para impulsar su proyecto y agenda evidencia sus carencias persuasivas. A un gobierno débil, la razón no le alcanza y el diálogo le resulta inútil, por lo que debe usar la fuerza para imponer su voluntad. Y esa fuerza puede tener forma de brutal represión o velada persecución. Entre más frágil se perciba un poder político más represivo se mostrará. Es la lógica de quien, incapaz de convencer, quiere vencer a toda costa. Y este fenómeno se puede apreciar tanto en el concierto internacional como dentro de los estados nacionales.

En la teoría de los sistemas políticos, la diferencia entre coacción y persuasión define la distinción entre dominación y hegemonía. Un poder hegemónico es aquel que, tras un periodo de tensión y caos logra establecerse como el más conveniente y capaz para poner orden a un sistema o estado. Sus acciones se revisten de la legitimidad que le otorgan todas o la mayoría de las fuerzas que actúan internacional o nacionalmente, según sea el caso. Una potencia hegemónica consigue posicionar la idea de que sus intereses están en sintonía con los intereses del conjunto del sistema mundial. Del mismo modo, un partido, fuerza o coalición hegemónica dentro de un país construye a través de la política el acuerdo de que su proyecto es benéfico para todo el cuerpo del Estado.

Ahora bien, es cierto que toda hegemonía se construye desde una posición de fuerza, pero no es ésta la única variable en juego. Es decir, una hegemonía no se erige sólo bajo la lógica del más fuerte, debe haber una estructura que aporte confianza y certezas a todos los jugadores y que legitime el proceder del hegemón dentro del sistema. Cuando existe esta legitimidad, incluso las acciones de fuerza aparecen justificadas por el conjunto del sistema o estado. Y esas acciones de fuerzas tenderán a ser contenidas y proporcionales, en la dinámica de lo mínimo indispensable para que el interés común prevalezca. Pero cuando la confianza se pierde por acciones contradictorias, discrecionales o unilaterales de parte de quien ejerce la hegemonía, la legitimidad se desgasta. Si los líderes del poder hegemónico no logran detectar este desgaste, su posición es cuestionada y su capacidad de convencer se complica. En este punto, el hegemón se enfrenta a una disyuntiva: ceder espacios con el afán de negociar nuevos acuerdos y mantener la estabilidad, o usar la fuerza para someter e imponer. Cuando ocurre lo segundo la hegemonía se convierte en dominación.

Contrario al hegemónico, un poder dominante no negocia, doblega; no dialoga, impone; no convence, vence. Y esa acción coactiva es el signo principal de su decadencia, su debilidad. De ser aquel garante de los intereses comunes del sistema o estado, se convierte en una tiranía que busca hacer prevalecer sus intereses a cualquier precio. El ejercicio de su poder ya no es legítimo y en esa realidad encuentra sus límites. Como se asume incapaz de persuadir, recurre a la estigmatización, la persecución y, en el peor de los casos, a la violencia incontenida y desproporcionada. Entre más débil se asuma el antiguo hegemón, más desmedida será su violencia.

La historia está llena de ejemplos de hegemones que se han convertido en dominadores antes de sucumbir como poder. Atenas y Roma en la antigüedad encabezaron sistemas internacionales como poderes hegemónicos que luego se tiranizaron al perder legitimidad. Lo mismo les ha ocurrido a las potencias hegemónicas de la era moderna. Tal es el caso de Estados Unidos, que tras las Segunda Guerra Mundial logró colocarse como líder de un sistema global que alcanzó su cúspide en la década de los 90 del siglo XX. Un ejemplo claro de la decadencia de la hegemonía estadounidense lo ofrecen las dos guerras de Irak. Mientras que la de 1990 gozó de un amplio respaldo internacional para liberar exitosamente a Kuwait de la invasión de Sadam Husein, la de 2003 no sólo fue ilegítima y sin fundamentos, sino que derivó en un desastre. A partir de Irak y Afganistán, Washington entró en un periodo de dominación global que ha aumentado su intervencionismo a la par de que ha desgastado su liderazgo frente al surgimiento de nuevos poderes que cuestionan la primacía americana, como China y Rusia, quienes se erigen como el polo opuesto a Occidente.

También hay ejemplos de esta transición de hegemonía a dominación dentro de los estados. En México, tras la guerra civil de 1910 a 1929, el PNR-PRM-PRI se constituyó como una fuerza hegemónica aglutinante que gobernó con cierta estabilidad durante cuatro décadas. A fines de los 60 se percibe un endurecimiento del régimen frente al creciente disgusto de diversos sectores de la sociedad. Incapaz de asimilar los disensos o establecer canales de negociación, la dictadura de partido se decantó por la represión y persecución. Con cada acto de violencia el régimen mostraba su fragilidad. El PRI, de ser un partido hegemónico, se convirtió en un partido dominante cada vez más dependiente de la represión y el fraude… hasta que el modelo ya no dio más. Pero la alternancia no trajo de inmediato un nuevo orden nacional bajo una nueva hegemonía. Lo que vivió México en las dos primeras décadas del siglo XXI fue una lucha encarnizada por el poder en medio de la descomposición social y política y el creciente desprestigio de las instituciones. Durante dos sexenios se gestó un movimiento político con aires de nueva fuerza hegemónica: el obradorismo. En su seno aglutinó tanto sectores de la izquierda histórica y clases medias inconformes, como conservadores desencantados de la derecha partidista y desertores del más rancio oficialismo priista. Ese movimiento no ha logrado consolidarse como partido político -Morena es un membrete- y depende excesivamente de su líder, el actual presidente.

El apoyo avasallador que obtuvo AMLO en las urnas en 2018 anunciaba el posible surgimiento de una nueva hegemonía que reorganizara al estado mexicano bajo la perspectiva de un interés común y con el apoyo negociado y dialogado de todos los integrantes del sistema político. Pero el impulso inicial duró muy poco y las facciones oficialista y opositora han entrado en una dinámica polarizante que cancela cualquier posibilidad de acuerdo, y que en 2022 refleja los límites del poder obradorista. Hay que decir que la mayor responsabilidad recae en el presidente, quien no ha querido superar el discurso polarizante para tender puentes, pero la oposición también ha alimentado esa visión obtusa al no construir una narrativa distinta. ¿La retórica criminalizadora usada por el obradorismo en las últimas semanas contra los opositores significa un paso hacia el endurecimiento de un régimen débil que en vez de hegemonizar pretende ahora dominar? Tras la elección de junio lo sabremos con mayor certeza.

@Artgonzaga

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