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Jorge Volpi y la violencia coral que desmorona realidades

El escritor habló en un enlace virtual con El Siglo de Torreón

Jorge Volpi y la violencia coral que desmorona realidades

Jorge Volpi y la violencia coral que desmorona realidades

SAÚL RODRÍGUEZ

Cuando Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) ganó el Premio Biblioteca Breve, en 1999, por su novela En busca de Klingsor, la crítica comenzó a describirlo como “un escritor mexicano famoso por no escribir sobre mexicanos”. Volpi pertenece a la llamada Generación del Crack, un movimiento literario que nació en México a fines del siglo XX, como un manifiesto de ruptura con el postboom latinoamericano.

Esta narrativa se caracterizó por dislocarse o desubicarse del espacio y tiempo nacional. No obstante, la cruda realidad del país comenzó a desmoronarse sobre el escritorio del también ganador del Premio Alfaguara 2018. Ante sus ojos asomó lo inminente. Se encontró en una nación convertida en cementerio. Le resultó imposible no girar su narrativa hacia el territorio mexicano.

El efecto del 2006 (cuando Felipe Calderón declaró la Guerra Contra el Narcotráfico) es como si se nos hubiera venido la realidad encima a todos los mexicanos, a los escritores, a los artistas. Antes había otros niveles de violencia, pero estos eran niveles de violencia explícita: asesinatos, desapariciones, tortura y desplazamientos que no habíamos visto. Es muy difícil vivir en un país que se ha convertido en un cementerio y no hablar de estos temas. Si la situación no hubiera sido esa, tal vez hubiera seguido escribiendo como lo hacía al principio, sobre otros lugares, sobre otros tiempos, pero de pronto no, yo tampoco pude escapar de México”.

Jorge Volpi aparece en la pantalla, en un enlace virtual con El Siglo de Torreón desde Ciudad de México. En unos días volverá a Madrid, urbe donde actualmente reside. Sus palabras responden a las cuestiones sobre Partes de Guerra (Alfaguara, 2022), su reciente novela escrita durante el confinamiento de la pandemia, en cuyas páginas continúa la búsqueda de las raíces que dan pie a la violencia en el país.

Es una novela que escribí en un tirón, como una especie de torbellino, en los primeros meses de la pandemia, a partir de abril o mayo de 2020 y hasta terminar el año […] Hace mucho que no tenía tanto tiempo para escribir, eso es lo más notable. Normalmente, en los trabajos que había tenido, sobre todo en los últimos años, escribía cuando mucho dos horas por la mañana y esta vez pude escribir durante muchísimas horas, tal vez seis horas diarias y en un solo impulso. Yo creo que eso también es lo que le da ese ritmo y ese carácter a esta novela, muy diferente de muchas”.

La narrativa

En Partes de Guerra, un par de migrantes descubre el cadáver de una joven de 14 años. El hallazgo ocurre en Frontera Corozal, en el estado de Chiapas, a orillas del Río Usumacinta que divide a México y Guatemala. En el pueblo, comienza a correr la voz de que el asesinato fue perpetrado por la prima de la víctima en compañía de su pareja. Los únicos testigos del suceso son dos niños de 8 y 10 años.

El asesinato llama la atención de Luis Roth, fundador del Centro de Estudios de Neurociencias Aplicadas. El científico se obsesiona. Decide convencer a un grupo de amigos y colaboradores para averiguar qué sucede en los cerebros de los niños que se convierten en criminales. Roth viaja a Chiapas junto a Lucía Spinosi, su alumna más cercana. No obstante, el científico sufre un accidente y Lucía será la encargada de continuar con el trabajo de su maestro, además de descubrir algunas de sus vidas ocultas.

Llama la atención que, como escenario, el autor eligió a la frontera sur de México. Una zona que no posee tantos reflectores como la línea divisoria del norte y cuya geografía llena de montañas, ríos y espeso follaje, expone un sitio donde el mexicano, en ocasiones, ha pasado de ser víctima a convertirse en victimario.

En el imaginario mexicano, el norte siempre se asocia con la violencia y luego con la frontera, con ser víctimas de Estados Unidos, en este tránsito de migrantes mexicanos durante tantos años. A mí me interesaba ver la frontera sur, que sobre todo en estas últimas épocas nos ha convertido, ya no solamente en víctimas, sino en victimarios. Nosotros, en la frontera sur, hacemos lo que durante mucho tiempo nos hizo Estados Unidos en la frontera norte. Y ese era también el interés de trasladar la acción ahí. Muchos de los casos que leí en torno a esta violencia entre niños y adolescentes, en efecto, ocurrían en el norte, algunos directamente en Coahuila, pero lo que quería era explorar cómo uno se vuelve víctima y victimario”.

En ese sentido, la frontera sur le dio a Volpi una capacidad metafórica, pues su geografía ha sido dominada por la violencia hacia los migrantes y la violencia del estado, con el narcotráfico y corporaciones como la Guardia Nacional haciendo acto de presencia. ¿Cuál es el origen de la violencia? Volpi muestra esta búsqueda y descubre que la respuesta es coral.

Este grupo de neurocientíficos intenta encontrar esos orígenes y son múltiples. Son orígenes que tienen que ver con sus propias profesiones y que son internos, que tienen que ver también con cierta genética nuestra, con ciertas predisposiciones neurológicas, con la parte del carácter y con la parte psicológica. A eso hay que sumar, no solamente la naturaleza, sino también la parte de la educación, de la vida familiar y del entorno, donde en esas zonas está toda la violencia a la que me referí anteriormente, la violencia intrafamiliar, la violencia de género, la violencia a la que están expuestos niños y adolescentes todo el tiempo en los medios de comunicación, en las redes sociales y en los juegos de video”.

Estas violencias múltiples darían una explicación de cómo nacen las víctimas se pueden convertir en agresores. En el asesinato de la joven adolescente, dos niños participan como espectadores. Ellos no actúan activamente, pero son testigos de cómo dos personas mayores acaban con la vida de un ser humano. Los niños viven violencias y relaciones muy complejas con sus padres y su entorno. En cambio, la madre de la victimaria es todo un ejemplo de progenitora, pero su aun así su hija se convierte en criminal a causa de las otras violencias que la rodea, incluida la que ejerce sobre ella, quien a la postre será su víctima.

“Quería, a través de la ciencia, del mundo científico, unirlo con el mundo de los niños. Lo curioso es cómo de pronto se vuelven espejo uno del otro, cómo encontramos que estos investigadores, no solo modélicos, internacionales e involutos, sino que también están llenos de secretos, de mentiras, de violencias, lo mismo que estos niños que al mismo tiempo tienen sentimientos de amor, de compasión, pero también de miedo, de odio, de rencor, pero también tenemos un panorama más complejo de como funciona el país”.

El autor, quien ha abordado otros temas violentos en el país como el tráfico de mujeres en Tlaxcala, cita a Susan Sontag, de sobre la complicación de mirar el dolor ajeno. Falta empatía, pero tampoco se debe sobrevalorarla. “Hay que tener compasión racional hacia el dolor de los otros”.

Escrito en: Literatura Jorge Volpi violencia, niños, Volpi, frontera

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