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EDITORIAL

Otro presidencialismo

Urbe y orbe

ARTURO GONZÁLEZ
lunes 29 de junio 2020, actualizada 6:10 am


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El actual primer mandatario de México ha revivido el presidencialismo. Pero no se trata del mismo presidencialismo que este país experimentó en buena parte del siglo XX. En el segundo cuarto de la centuria, producto de una guerra civil de más de una década, se conformó un régimen de partido hegemónico, el PNR-PRM-PRI, basado en el corporativismo sindical y el control territorial, pero centrado en la figura del presidente. El jefe de Gobierno y de Estado de la República asumía todos los poderes legales y extralegales que le permitían mantener bajo control prácticamente todas las redes políticas del país. Aunque los ayuntamientos y Gobiernos estatales eran electos en votaciones independientes, la realidad era que estos poderes subnacionales y locales terminaban subordinados o sometidos al poder central del titular del Ejecutivo federal. Si bien había partidos de oposición, estos eran marginales y con muy poco espacio de maniobra. Incluso los partidos de izquierda radical fueron proscritos. La hegemonía tricolor en los poderes legislativos era la norma. Los sindicatos, las organizaciones populares, el empresariado, los medios… prácticamente ningún organismo podía escapar al control y supervisión del aparato del presidente. Era una estructura autoritaria, vertical, de culto presidencial y de simbiosis total entre el partido y el Gobierno. Un régimen en el que el fin, el control político, "justificaba" todos los medios: la corrupción, la violencia, la censura, la represión, el fraude electoral. Un régimen de ideología mutante que a veces se cargaba a la izquierda estatista y otras a la derecha liberal, pero siempre con la marca del populismo. Pero, así como este poder presidencial era tan grande, también era temporal. Tenía una fecha de caducidad, marcada desde el inicio del sexenio. Cada seis años el régimen renovaba a su cúpula en un ritual bien establecido, dentro de un marco de cohesión en donde la diferencia la daba el estilo y los acentos en política interior, económica, exterior, etc.

Una de las cuestiones centrales sobre el régimen de partido de Estado era la simulación de la democracia, del federalismo y de la representatividad. México era una república democrática, federal y representativa solo de iure. Había elecciones, separación de poderes, estados soberanos y representantes populares y de los estados… pero solo en el papel. De facto, era una república dictatorial, centralista y corporativista. Las elecciones estaban controladas, el Poder Ejecutivo tenía injerencia en el Legislativo y el Judicial, las entidades federativas no eran soberanas y los diputados y senadores representaban a las corporaciones del PRI y no directamente a los ciudadanos. Así fue hasta fin del siglo, cuando el presidencialismo priista, y el régimen de partido de Estado que lo sustentaba, se fracturaron. La alternancia se volvió inevitable. Con el arribo del PAN al poder el presidencialismo se desdibujó. Los antiguos controles se relajaron. Los municipios y estados tuvieron que definir una nueva relación con el poder central. Las elecciones mutaron de un esquema de simulación de competencia a otro de competencia con simulación, ya que las antiguas prácticas priistas fueron adoptadas por los demás partidos. El control de los medios y la censura pasó del Gobierno federal a los estados. El populismo se conservó, así como la tendencia de desigualdad social económica acentuada a partir de la década de los 80. Uno de los problemas principales de la era de la alternancia fue que el autoritarismo priista no fue sustituido por una nueva estructura del Estado en donde los controles pasaran de estar en la presidencia a ubicarse en instituciones eficientes que impidieran los excesos del poder. Una clara prueba de la ausencia de estos controles institucionales eficientes es el desastre generalizado en las entidades federativas en cuanto a presupuesto público y seguridad. El cuadro es por todos conocido: escándalos de corrupción, deuda excesiva y opaca, discrecionalidad en el gasto y una violencia que no para de crecer. La doble alternancia (del PRI al PAN, y del PAN al PRI otra vez) fracasó estrepitosamente en este sentido con un altísimo costo para el país.

En gran medida, este cuadro fue el que contribuyó a que Andrés Manuel López Obrador llegara a la presidencia encabezando un partido, Morena, que más bien es un movimiento político reformista atrapalotodo en donde caben, incluso, figuras simbólicas y ominosas del antiguo régimen. El "partido" nació con el fin de llevar a su líder al centro del poder. Y su objetivo actual es darle soporte. He aquí la principal diferencia del presidencialismo priista, que el mandatario conoce muy bien pues se formó en el PRI, con el presidencialismo actual: si antes la figura central era el partido, hoy lo es el líder carismático. Si en el siglo XX todo se trataba del tricolor, hoy todo se trata de López Obrador en un esquema que él mismo ha alimentado porque no conoce otra forma de hacer política. Es él contra los conservadores, neoliberales y fifís. Es él contra una oposición extraviada. Es él por encima de los gobernadores, diputados y senadores. Es él y su obsesión de controlar los organismos autónomos. Es él y su intolerancia a la prensa crítica. Es él y sus proyectos polémicos. Es él obviando la corrupción denunciada dentro de su partido y su gabinete. Es él y su gestión errática de la pandemia. Es él y su promesa incumplida de seguridad y desmilitarización. Es él y su orden de liberar a un presunto capo. Es él y "el pueblo bueno". Es él y su abandono del compromiso de crecimiento económico del 6 %. Es él y su visión de combate a la pobreza basada en la austeridad y la transferencia limitada de recursos. Es él y su buena y desigual relación con un presidente de Estados Unidos que no se cansa de insultar a los mexicanos. Es él y su afición a pleitos que no son dignos de un estadista. Es él y su incomprensión de que, en una democracia, más que los políticos, lo que importan son los procesos. El presidencialismo de hoy no tiene el rostro de un partido dictatorial, sino el de una persona que, hasta ahora, no ha dado visos de fortalecer los procesos democráticos y las instituciones para dar un nuevo y mejor cauce a la República.

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