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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
martes 14 de enero 2020, actualizada 8:14 am


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Plaza de almas. Ni un San Antonio fui, ni un San Francisco. Esto significa, Armando, que la pureza y la humildad le han sido ajenas a tu tío Felipe. No me lo reproches. "Nadie es perfecto", dijo Joe Brown en el mejor final de película de todos los tiempos, el de "Some like it hot". Es cierto. La carne propia es débil, y la ajena fuerte. Su llamado es irresistible. No hay quien lo pueda desoír. En ese renglón, el de la carnalidad, pude hacer todo con las tentaciones, menos resistirlas. Sigo pensando que si se te presenta una tentación tu deber es caer en ella. Por lo que hace a la soberbia, esa mala señora me visitaba con frecuencia, y a pesar de todo lo aprendido, que no ha sido mucho, me visita todavía. Nunca llega sola: viene acompañada por sus hijos, pues la soberbia es madre -madrota- de todos los pecados. Tú me conoces bien, eres mi sobrino, y sabes que mi vida ha sido tan desordenada como mi biblioteca. En tratándose de mis libros, sin embargo, cuando busco alguno siempre lo hallo, del mismo modo que en tratándose de mi vida cuando busco un recuerdo lo hallo siempre. Anoche, en la hora de la duermevela, me vino uno muy bello. No recuerdo su nombre ni su rostro, porque nunca supe aquél ni miré éste, pero a ella sí la recuerdo. ¿Me creerás si te digo que nunca escuché el sonido de su voz? Fue una noche en que un grupo de amigos y amigas fuimos al campo y encendimos una fogata. La idea era simplemente cantar, beber por turno de la botella de tequila que apareció nadie supo cómo. De pronto volví la vista y la miré. Estaba sola, alejada del grupo, inmóvil. Apenas se adivinaba su silueta entre las sombras, revelada a instantes por alguna llama de mayor intensidad. Sin ser notado fui hacia ella. Algo hubo que hizo innecesario que hubiera algo. Nada se dijo, lo cual obvió que se dijera algo. No vi quién era, y ella tampoco vio quién fue el que la tomó de la mano y la llevó entre las sombras a donde no llegaba ya el resplandor de la fogata. En silencio nos besamos vorazmente, enormemente, caudalosamente. Todos los besos que aquella noche había en el mundo se los di y me los dio. Juntos compartimos todas las caricias existentes y otras que no existían aún. Hicimos el amor sobre la hierba, que al empezar olía a hierba y al terminar olía a nosotros. Luego ella regresó en silencio al grupo y se confundió en él. Yo no. Esperé a que el corro se disolviera y me mezclé entre los que se marchaban. No supe, pues, con quién estuve. Pero lo importante, sobrino, es que estuve. Estuve con una sombra, sí, pero piensa que a fin de cuentas todos somos sombras, aunque tengamos nombre y rostro. Estemos con quien estemos estamos con sombras, y todos regresaremos a la sombra. Si en ella hicimos el amor, qué bueno. Si no, las sombras serán para nosotros más sombrías. Pero no me hagas mucho caso. Parece que esta noche bebí tristeza en vez de beber vino. Lo que quiero decirte es que aquel amor en medio de la oscuridad fue más amor. Otros los he olvidado, ése no. Nunca traté de averiguar con quién lo hice. Intentarlo habría sido una profanación. Dejé que la sombra permaneciera ahí, en la sombra. Así, supuse, me daría más luz. Y no me equivoqué. Hasta este día el recuerdo de aquella noche me sigue iluminando. No cualquiera puede jactarse de haber hecho el amor con un espectro. ¿Lo ves, Armando? Lujuria y soberbia. Ni San Antonio soy, ni San Francisco. Es una pena. Y aun así espero que el amor me salvará. El Amor. Conservo la esperanza en él. Si la perdiera me perdería yo también. Ya te lo dije: aquel amor en medio de la oscuridad fue más amor. Y estoy seguro de que en medio de mis oscuridades el Amor será todavía más Amor. FIN.

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