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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
miércoles 11 de diciembre 2019, actualizada 8:36 am


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Libidiano, hombre perito en lides de colchón, desposó a Querubina, doncella cándida, púdica y angélica que nada sabía y lo ignoraba todo acerca de las cosas de la vida. La noche de bodas, después de acomodar sus ropas en el clóset de la suite nupcial, la inocente desposada le preguntó a su sabidor marido: "¿Qué hacemos ahora, Libi? ¿Vemos la tele?". "No -respondió él, sonriendo-. Vamos a hacer lo que hacen los casados". "¿Qué es lo que dices? -se afligió Querubina-. ¿Vamos a pelear?"... Estoy empezando a sospechar que tengo más de cuatro lectores. Lo digo por el alud de mensajes que recibí, más de un centenar (107, para ser exacto, y todos en contra, para ser más exacto aún), con motivo del artículo en el cual expresé mi reconocimiento a la secretaria de Gobernación por su labor tendiente a conseguir que se suprima la penalización del aborto en los Estados que todavía la conservan. Acerca de ese asunto debo ser preciso. Estoy en contra del aborto. Creo que desde el momento mismo de la concepción existe una nueva persona, y que el aborto constituye la supresión de un ser humano, la extinción de una vida. Pienso que la mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo, pero que en el caso del aborto la decisión se toma sobre otro cuerpo distinto al de ella. Aun así sostengo que no se debe castigar a la mujer que aborta, pues esa penalidad, y la necesidad de evitarla, conducen a males mayores, como el de los abortos clandestinos que tantos riesgos acarrean a las mujeres -incluso el de la muerte-, sobre todo a las más pobres. Resulta paradójico que muchas veces los partidarios de llevar a la cárcel a la mujer que aborta se han opuesto, generalmente por motivos religiosos, a emplear recursos que podrían disminuir el número de abortos, por ejemplo la educación sexual en las escuelas, o el uso del condón y otros métodos anticonceptivos. A la conciencia de cada mujer debe dejarse decidir, libremente y sin amenazas, entre abortar o no. Solamente su conciencia y sus circunstancias personales han de dictarle la forma de resolver esa opción. A juicio del creyente la mujer que aborta comete un pecado, pero la sociedad no ha de convertir esa falta moral en delito que conlleve la privación de la libertad. Promuévase una mayor instrucción que evite los embarazos no deseados; apóyese a las instituciones que fomentan la adopción como medio útil -y bello- para salvaguardar la vida de los no nacidos, pero no se ponga tras las rejas a la mujer que de por sí ha sufrido ya el intenso drama que siempre está presente en el hecho de abortar. Quienes me enviaron los mensajes que digo -todos respetuosos, lo cual agradezco- perdonarán que mantenga la opinión que en aquel artículo expresé. Mi deber con mis lectores es escribir lo que pienso. No hacerlo sería incumplir tal obligación y ofender a esa señora llamada mi conciencia, que a más de ser en extremo metiche y estorbosa es muy gritona. Narraré ahora un cuentecillo final para aliviar la gravedumbre de la anterior peroración. El jefe del laboratorio de genética animal mostró a las socias del Club de Damas las últimas criaturas resultantes de los experimentos que se hacían ahí. "Ésta es Pepa -presentó a la primera criatura-. Se llama así porque nació de la cruza de un perico con una paloma. Usamos la primera sílaba del nombre de cada uno". Les enseñó un segundo animal: "Éste se llama Pule. Proviene de la cruza de un puma con una leona". Condujo a las señoras a otra jaula: "Éste otro animal se llama Kerolinsky". "¿Por qué se llama así?" -preguntó una de las señoras, intrigada. "Algún nombre teníamos que ponerle -respondió el científico-. Es el resultado de la cruza de una culebra con un lobo". FIN.

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