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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
domingo 21 de julio 2019, actualizada 9:33 am


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Don Grajolindo, profesor de Gramática y Retórica, llegó a su casa inesperadamente y sorprendió a su esposa en trance de fornicación con un sujeto. Al verse descubierta la pecatriz farfulló aturrullada: "Yo. Tú. Él. Nosotros.". "Olvídate de los pronombres -la interrumpió don Grajolindo-. Explícame más bien esta conjunción copulativa". A propósito de gramatiquerías diré que el padre de Pepito era muy dado a usar en su expresión locuciones latinas, de las cuales tenía un abundante repertorio. Cierto día vio que su hijo había trepado a la más alta rama del árbol que crecía en el jardín. Temeroso de que fuera a caer le ordenó en tono perentorio: "Baja de ese árbol ipso facto, o sea inmediatamente". Retobó Pepito: "Bajaré motu proprio, o sea cuando me dé la gana". Aquel tipo solía empinar el codo a costa ajena. Sus amigos le decían "El genio": se aparecía cuando alguien abría la botella. El señor y la señora se iban a divorciar. "Nos repartiremos los hijos" -propuso él. Preguntó ella: "¿Cómo hacemos para repartirlos? Son tres". "Es cierto -reconoció el esposo-. Pero el problema tiene solución. Viviremos juntos un año más; tendremos otro hijo y así nos repartiremos dos tú y dos yo". "Tendremos otro hijo -se burló la esposa-. ¡Si me hubiera fiado de ti ni siquiera tendríamos los tres que tenemos ahora!". Doña Pasita era católica devota, de misa y comunión diarias, como antes se decía. Una de sus vecinas le contó: "Me enteré de que mi hija es lesbiana". "Sea por Dios -suspiró doña Pasita-. Esas sectas venidas del extranjero no descansan". Cierto individuo consultó a una quiromántica. La adivina le observó la palma de la mano y le auguró: "Habrá cinco mujeres en tu vida". El hombre se puso feliz al escuchar tan venturoso vaticinio. Y en efecto, la profecía su cumplió al pie de la letra. Hubo cinco mujeres en su vida: su esposa, sus tres hijas y su suegra. Un sujeto bebía su copa, solitario, en la barra de la cantina. El tabernero le preguntó: "¿Qué le sucede, amigo?". Respondió el otro: "Mi señora desapareció hace cinco días, y no la encuentro". Sugirió el cantinero: "Repórtela a la Policía". "¡No! -se asustó el tipo-. ¡Ellos sí la encuentran!". Eroticio, hombre muy dado a cosas de libídine, pensó, como el don Guido de Machado, que pensar debía en asentar la cabeza. Para tal efecto desposó a Goretina, púdica doncella que no sabía nada acerca de las realidades de la vida. La noche de bodas el sabidor galán le preguntó con ternura a su inexperta mujercita: "Dime, amor mío: ¿tu mamá te contó algo acerca de lo que hacen los casados en el lecho?". "Nada me dijo sobre eso -replicó la cándida muchacha-. Lo único que me enseñó fue a hacer sopa de arroz". "Entonces -le informó Eroticio- procederé a hacer algo que quizá te va a asustar". Y así diciendo llevó a cabo la consumación del matrimonio. Con tal pericia lo hizo, con tan acabalada técnica, que llevó a Goretina al culmen de la voluptuosidad. Extática, la joven le pidió a su maridito que la asustara otra vez. Eroticio, halagado en su vanidad de másculo, obsequió cumplidamente ese deseo. De nueva cuenta la extasiada novia alcanzó la más alta cumbre del deliquio. Con vehemencia le suplicó a su esposo que la asustara nuevamente, lo cual hizo él por vez tercera, si bien con gran esfuerzo. No se agotaron ahí las amorosas ansias de la desposada, que por no haber conocido antes los goces del connubio quería ahora disfrutarlos plenamente. Ardiendo en erótico deseo le pidió a Eroticio: "¡Asústame otra vez, mi vida!". Con dificultad se enderezó él en la cama y le hizo a Goretina. "¡Bú!". FIN.

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