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Cultura

La fe que emerge de los cerros

La peregrinación del Señor de los Rayos se efectúa cada año en el Poniente

SAÚL RODRÍGUEZ / EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAH, domingo 09 de junio 2019, actualizada 11:14 am

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Suena el andar de los carrizos que armonizan las rojas nahuillas y el de los cascabeles que abrazan los tobillos de algunos danzantes.

Ante las ruinas de la hilandera La Fe, antigua fábrica demolida por el olvido, una decena de grupos de danza (entre matachines, aztecas y de pluma) hacen fila en la segunda mañana de junio. El cielo nublado contrasta con los penachos coloridos. Feligreses y vecinos del sector Poniente portan sus rezos impresos en papel. Es la festividad del Señor de los Rayos en Torreón, la fe que emerge de los cerros y que no se ha derrumbado.

Las percusiones de las tamboras comienzan a comunicarse con los guajes y los arcos de madera. El pavimento de la calzada Gustavo A. Madero es como el camino que Jesús recorrió antes de ser crucificado sobre el Gólgota. La misión es peregrinar por uno de los cañones que se forman en la Sierra de las Noas; iniciar en la Jabonera La Unión hasta llegar al santuario del Señor de los Rayos, en lo alto de la colonia Mijares.

Jesús Ríos, vecino del barrio de La Polvorera, comenta que la tradición fue traída de Temastián, Jalisco, y profesada, en un principio, por comerciantes del mercado Juárez. Se le conoce así porque la leyenda cuenta que el Cristo soportó la caída de un rayo.

Durante los años setenta, se empezó a venerar una imagen del Señor de los Rayos ubicada en una vivienda de la colonia Compresora. Fue hasta la gestión del párroco Jesús Genaro Santillán (†2009), sacerdote del templo de la Sagrada Familia, que dicha devoción se expandió por los vecindarios del Poniente, al grado que el padre Santillán fundó una asociación y, con la ayuda económica de la comerciante Socorro Samaniego, compró un terreno al pie de un cerro de la colonia Mijares, donde se edificó una nueva iglesia en 1983.

Cuando el padre Santillán se marchó de la comunidad, Socorro Samaniego se encargó de mantener viva la devoción. Así, se organizó una peregrinación que cruza el Poniente rumbo al santuario del Señor de los Rayos, tradición que lleva ya más de 25 años vigente.

CAMINO DEVOTO

A las diez de la mañana marchan los peregrinos por el carril derecho, con la confianza divina que el diccionario otorga a la fe. Tamboras, guajes, arcos, nahuillas y rezos emiten su sinfonía, la cual por lapsos hace olvidar el estruendo de la violencia vivida en estos barrios. Entre los cerros, la fe también anda en los pasos dados por los huaraches de los matachines.

En el número 332 de la calzada Gustavo A. Madero, metros después de la plaza principal de la colonia Morelos, doña Hortensia Zapata de 82 años, atiende su pequeño puesto de fayuca y ve pasar la peregrinación como cada fin de primavera. Con diálogo reservado, afirma que desde 1965 habita su hogar, ha visto al tiempo deambular por la barriada y es testigo de la fidelidad al Señor de los Rayos. "Siempre ha sido en domingo. Antes la hacían en la tarde y ahora nomás es en la mañana".

Con la imagen del santo enmarcada en oraciones, los peregrinos cruzan la colonia Morelos y luego La Polvorera. Los matachines se detienen, danzan frente al blanco templo de la Divina Providencia (otra iglesia edificada por el padre Santillán), y luego siguen su camino. Autobuses, taxis y automóviles particulares moderan su velocidad ante el paso aletargado de los feligreses; no hay prisa alguna, aquí se respeta a la fe.

Calle arriba, don Bernardo Villarreal, proveniente de la colonia Caleras Solares, lleva a cuestas sus recién cumplidos 75 años y recarga su devoción en el bastón que le auxilia al andar. Se ha quitado la gorra en reverencia a su santo patrono, camina sobre el asfalto, cierra los ojos, apunta el rostro al cielo y canta como si se le escapara el alma. "Tengo que enseñarles a cantar porque no saben", dice. El Señor de los Rayos es "su luz y consuelo".

Tras 40 minutos de recorrido, la peregrinación llega al santuario rodeado de barandales con coloridos moños de papel china.

Don Bernardo sube los escalones del atrio, recibe el rocío del agua bendita y entra al templo. El sonido de las danzas rebota en las paredes del recinto y la reverberación cobija al devoto. Don Bernardo se persigna y se sienta en una banca frente al altar; allí descansa, el sudor escurre por su frente (como la sangre a Jesús cuando le colocaron la corona de espinas) y, en un lenguaje que sólo traduce la fe, comienza a dialogar en silencio con el Señor de los Rayos.

Mientras espera a su esposa, don Bernardo se confiesa: durante 50 años fue un danzante que anualmente peregrinaba a Temastián. Nostálgico, recuerda los viejos tiempos cuando portaba su nahuilla y su cuerpo se movía al son de la devoción, ahora se lamenta porque este año no pudo viajar a Jalisco. "Era una cosa muy hermosa para mí, porque allí descargaba todos mis pecados... pero ya no puedo danzar".

La figura del Señor de los Rayos permanece rodeada de luces sobre la pared, en un círculo que representa una hostia. Dicha escultura es un réplica de la que existe en Temastián y está bendecida por abades de la localidad jalisciense.

En Torreón, la peregrinación generalmente se realiza en mayo, en el marco de la fiesta de la Ascensión, celebrada 40 días después de Semana Santa. Este año se efectuó el 2 de junio.

COMUNIDAD

Antes de la misa, los vecinos comienzan a instalar sus puestos en el atrio para la kermés, allí ofrecerán tacos, tamales y demás platillos tradicionales.

Jesús Ríos, quien ha terminado de preparar unas jarras de aguas frescas, platica sobre la importancia que tiene la tradición del Señor de los Rayos para la comunidad del Poniente. Orgulloso, enfatiza en el legado del padre Santillán y la identidad cultural que se ha adquirido gracias a él; además, aclara que no todo es violencia en los barrios que brotan entre los cerros.

"El Poniente, desde tiempos de Villa, siempre fue lugar de conflicto. La gente siempre le ha echado que hay mucha inseguridad, y puede que la haya, pero como en todos lados. Aquí vivimos igual o mejor que en otros lugares. Aquí somos una familia. En el barrio todos nos conocemos y es distinto, en el Oriente no te conoce nadie".

Con la devoción en sus ojos, Ríos reflexiona sobre la similitud que tiene la peregrinación del Poniente con algunos pasajes de la Biblia, donde Abraham y Moisés también subieron a una montaña para probar su fe.

"El Señor de los Rayos también tiene eso, porque estamos a las orillas de un cerro, al pie de la montaña y estamos en subida, casi al punto donde termina nuestro barrio", finalizó.

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