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Cultura

NUESTRO RECOMENDADO PARA LEER

HARKAITZ CANO - LA VOZ DEL FAQUIR

EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAH, viernes 10 de mayo 2019, actualizada 9:58 am


La novela de una revolución soñada.

Un joven militante de la canción utiliza su don para intentar cambiar el mundo.

Imanol Lurgain abraza su guitarra y pone su enorme chorro de voz al servicio de la lucha de una ETA embrionaria que nace para combatir la dictadura.

Apodado el Faquir, Imanol fue un hombre significado políticamente, amado y odiado a partes iguales cuando su conciencia y un hecho atroz le hicieron tomar partido por la vida y contra la violencia de la organización en la que una vez militó.

Esta es la novela de una revolución soñada; la historia de un artista que quiso dar voz a su época y a sus ideales, de las mujeres que conoció y los músicos que le fueron fieles; de las canciones que creó y del público que acabó dándole la espalda. Y es, ante todo, una novela sobre la libertad y el compromiso con uno mismo.

La voz del Faquir parte de hechos reales y se inspira libremente en la vida del cantante Imanol, de la que Harkaitz Cano se sirve para reflejar a través de la ficción los años previos a la democracia y la particular transición que se vivió en los años setenta y ochenta en el País Vasco, mientras explora los límites del arte y la cultura como herramienta de cambio social. Una novela que habla de las ilusiones y el desencanto de una generación.

El autor: Harkaitz Cano (San Sebastián, 1975) es escritor y traductor. Traducidas al castellano, pueden leerse las novelas Jazz y Alaska en la misma frase (Seix Barral, 2004), El filo de la hierba (2006) y Twist (Seix Barral, 2013), que fue galardonada con el Premio de la Crítica en euskera, el Premio Euskadi de Literatura, el Premio de los Libreros de Bizkaia y el Premio Beterri de los lectores. Es guionista de cómic y letrista de numerosos grupos de la escena vasca. Su obra, galardonada en tres ocasiones con el Premio Euskadi, ha sido traducida a una docena de idiomas.

Fragmento: —A lo mejor soy un embalsamador —dice Jean Pharos—. O quizá un taxidermista... Es un modo de hacer perdurar una canción: disecarla.

Quizá sea el único modo. O eso, o albergar la esperanza de que la gente la recuerde. Y ya me perdonarás, pero yo, de la gente, no me fío demasiado; la gente es olvidadiza, la gente es caprichosa y dejada; la gente no es más que un estorbo que impide al sonido llegar donde tiene que llegar: paredes, sacos de paja, espantapájaros... La gente obstaculiza la música. Donde tú ves gente, yo veo protuberancias, formas molestas que hay que traspasar.

El escritor observa a Pharos con estupor. —No me mires así. También nosotros nos consumimos en menos de lo que dura una canción...

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