Niños con armas: postales de un México olvidado

Nacional / INT AP

Cuidar de las cabras o las vacas es la actividad diaria de muchos niños indígenas de las montañas de Guerrero, en el sur de México. Pero los días que llega prensa a la comunidad de Ayahualtempa rápido se ultiman los preparativos para un quehacer añadido: el desfile de niños armados.

Niños con armas: postales de un México olvidado

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Juan Martín Pérez, director de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), lo resume en una frase: “Son la postal de un país en guerra que no habla de la guerra”.

Cuando se les pregunta por su formación como incipientes policías comunitarios, el mayor de los primos, Valentín Toribio, de 12 años, asegura que ahora solo entrenan “cuando van a venir periodistas y nos van a entrevistar”.

A Valentín le gusta aprender a disparar. De mayor quiere ser policía. “Ya he tirado, me enseñó mi hermano en el campo”. En su casa, sólo toma el arma para los desfiles. “Cuando sea más grande la voy a ocupar porque (ahora) puede ser peligroso”.

Geovanni Martínez, su primo, de 11 años, está menos interesado en los entrenamientos porque tiene mucho trabajo. “Cuido los chivos, terminando voy con mis marranos y luego a dar agua a Filomena”, su burra. Si queda tiempo, juega al básquet. Quiere regresar a la escuela -paralizada por la pandemia del coronavirus- y cuando le preguntan si dispararía a un enemigo contesta contundente: “¡Noo!”

Poco después de la conversación, más de una docena de niños están listos para empezar la exhibición: marchar, posición de tiro rodilla al suelo, sentados, cuerpo a tierra.

La impactante imagen es un grito desesperado desde una zona que acumula una larga historia de violencia, asedios y abandono: si el gobierno no nos ayuda, nos defenderemos, incluso armando a los niños.

Clemente Martínez, de 10 años, es el único de los cuatro primos que no participa porque su madre le regaña “no me vaya a pasar algo”. Sus armas son dos resorteras colgadas al cuello.

El ambiente es festivo en esta comunidad de casas de adobe y unos 2,000 habitantes, 600 de ellos niños, custodiada en sus entradas por su propia policía. Las únicas armas visibles son rudimentarias escopetas.

Guerrero, donde en 2014 desaparecieron 43 estudiantes de magisterio a manos de policías vinculados con el crimen organizado y con la complicidad de autoridades locales, estatales y federales, siempre ha sido un estado pobre y marcado por la violencia.

Las autoridades no habían atendido las llamadas de emergencia durante la balacera pero sí llegaron después a preguntar el porqué de la exhibición. “¡Pues porque no nos miraban!”, argumenta Sánchez Luna. Lograron algo de material para casas de los desplazados pero la violencia continuó.

Cuatro pequeños cuidan a sus chivos y juegan con unos perritos antes de sentarse en una ladera desde la que los cerros se pierden en el horizonte para desgranar una planta comestible.

La última exhibición de menores armados fue el 10 de abril en Ayahualtempa, a menos de dos meses de las elecciones de medio mandato, comicios clave para que el presidente Andrés Manuel López Obrador mantenga una mayoría parlamentaria cómoda.

Todos los niños que participan en los entrenamientos son familiares de comunitarios pero Luis Gustavo es el único que acompaña a su padre en a las guardias cada 16 días en los retenes de las entradas al pueblo.

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