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SIGLOS DE HISTORIA

El Siglo
Benito Juárez, presidió el histórico festejo.

16 de Septiembre de 1864

BENITO JUÁREZ, EN UNA RANCHERÍA DENAZAS,DURANGO

El festejo presidencial del Día de la lndependencia de México, en 1864, se celebró en una pequeña localidad rural del Estado de Durango. Fue en la hacienda Guadalupe del Sobaco (hoy Santa Teresa de la Uña) cercana a la población de Nazas -entonces Villa de los Cinco Señores-, donde el presidente Benito Juárez, sus ministros, sus tropas y los vecinos del lugar, celebraron la conmemorativa fecha en improvisada ceremonia; se verificó, como lo dijera el escritor José Fuentes Mares, "cuando México se refugió en el desierto". Las contundentes y vibrátiles frases pronunciadas por el abogado-poeta Guillermo Prieto, atizaron los sentimientos patrióticos de los participantes en el informal pero relevante evento, inmarcesible noticia del pasado; corrían los azarosos días de la invasión francesa a nuestro país que apoyaba al Imperio de Maximiliano. Si Durango es tierra rica en historias y leyendas, este acontecimiento que se suscitó en un rincón de su geografía marcó un capítulo con argumento de novela histórica donde los actores estelares fueron los liberales perseguidos, drama que concluyó con la victoria republicana y que los llevó del heroísmo a la inmortalidad.

Juárez arriba a la hacienda Guadalupe del Sobaco

Después de haber pernoctado un día antes, el 15 de septiembre de 1864, en la hacienda San Juan de la Noria Pedriceña donde el presidente Benito Juárez (1806-1872), dio el "grito" de independencia frente a la capilla novohispana del lugar ante sus leales acompañantes y los lugareños, la falange que representaba a la república errabunda se dispuso durante la mañana del día siguiente a reanudar la marcha hacia la hacienda Guadalupe del Sobaco (ahora en ruinas), cercana a la población de Nazas.

Las últimas noticias que recibió el presidente Juárez sobre el avance de las tropas francesas eran alarmantes. No quedaba otra alternativa que seguir la estratégica retirada rumbo al norte del país, la institución republicana corría peligro ante el acoso del invasor y quedaría como puerta de escape -recurso final- la frontera con los Estados Unidos; fue Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez), la última de las poblaciones donde se refugiaron los liberales defensores de la Constitución de 1857. (México a Través de los Siglos. Autor: Vicente Rivapalacio. Editorial Cumbre, S. A. México, 1984).

El histórico tránsito de Juárez por las tierras de Durango -entre otras entidades- causó alborozo, curiosidad y sorpresa. Los presidentes del México del siglo XIX discurrían la mayor parte de su vida pública y privada entre las habitaciones y los patios del Palacio Nacional, porque ahí -además de gobernar- vivían acompañados de su familia, eran rarísimas las ocasiones en que salían fuera de la ciudad de México a visitar alguna población de la república; ello sucedía generalmente por situaciones de guerra o presiones políticas. Cuando se hablaba del primer mandatario en las regiones recónditas del terrtiorio nacional, era como si se citara a un personaje producto de la fantasía, un ser irreal bordado en los telares de la ficción; impensable era conocer de carne y hueso a un presidente.

Juárez, quien durante su mandato presidencial acostumbró ser acompañado por una comitiva austera y sencilla, en contraste con los presidentes de las épocas priísta y panista que siempre son seguidos de innúmeros cortesanos con cargo al erario, hizo su entrada al caserío de la hacienda Guadalupe del Sobaco a bordo de su carruaje negro entre los ladridos de los perros y la mirada inquisidora de sus habitantes. (Las Herencias Ocultas. De la Reforma Liberal del Siglo XIX. Autor: Carlos Monsiváis. Segunda edición. Impreso por Litográfica Ingrames, S.A. de C.V. México, 2006).

El ministro José María Iglesias (1823-1891), fue uno de los primeros en descender de los dos vehículos que eran custodiados por el Batallón de Guanajuato, empezaba a caer la tarde cuando se dirigió a la casa grande de la hacienda a solicitar les permitieran pasar la noche para continuar, al día siguiente, el viaje a Nazas. Venían procedentes de los áridos semidesiertos de Coahuila y Durango, donde las ígneas resolanas aguijonean la piel y el calor soporífero agota la paciencia de los viajeros, la fatiga les reclamaba descanso. Preguntó por el encargado de la finca rural, le informaron que no se encontraba y llamaron a la esposa del mismo, Guadalupe era su nombre.

Iglesias, huérfano de padre a temprana edad de su vida como lo fueron sus correligionarios Benito Juárez, Guillermo Prieto, José María Lafragua y Porfirio Díaz, fue el incorrupto y tenaz liberal que dijo "o soy representante de la legalidad o no soy ni quiero ser nada". Efímero presidente de la república por casi tres meses (del 28 de diciembre de 1876 al 15 de marzo de 1877), quien al volver del destierro rechazara los altos cargos que le ofreciera el gobierno porfirista que lo arrojó del poder y luego abriera su despacho de abogado, respetuoso se presentó ante doña Guadalupe, y le dijo:

-Dispense usted, señora, vengo a hacerle una súplica.

-Pase usted, caballero. ¿Usted es el señor Iglesias?

-Sí señora, para servir a usted.

-Siéntese usted y mande lo que guste, que para eso estoy, para servir a tan buenas personas.

-Gracias, muchas gracias.

El ministro Iglesias acompañó sus palabras con una exquisita sonrisa y una discreta reverencia.

-Conque diga usted, caballero.

-Le suplico tenga la bondad de ofrecer en persona la mejor habitación que pueda usted facilitarnos para el señor Presidente de la República.

-Con mucho gusto. Mire usted, aquella pieza que está en el rincón es la mejor, y tiene dos camas.

-Está bien; entonces esa pieza que sea para el señor Presidente y don Guillermo Prieto.

-¿Y, cómo? ¿También está aquí don Guillermo Prieto? ¿El poeta?

-Sí, señora, el poeta.

-¡Magnífico! Ya conocí a don Benito, ahora tendré el gusto de conocer a don Guillermo.

-Yo tendré el gusto de presentarle a tan buen amigo.

-Gracias, señor Iglesias.

Mientras sucedía el diálogo entre Iglesias y la anfitriona, la soldadesca había pedido permiso a sus superiores para tomar un refrescante baño en las aguas del Nazas antes que anocheciera, los militares tenían días que no se aseaban y ansiaban erradicar de sus cuerpos el terroso sudor seco de los polvorientos caminos transitados. Como escuincles juguetones los integrantes de la tropa se lanzaron al río, se zambullían y nadaban a placer entre gritos y sonrisas, era un feliz paréntesis ante el amenazante avance del ejército francés.

Doña Guadalupe, en compañía de las mujeres del lugar, dispuso organizar la cena a tan importantes huéspedes. Ardía y tronaba la leña en la rústica estufa, las humeantes cazuelas despedían el olor de los sugestivos guisos que desataron el apetito de los visitantes, la masa de maíz se transformó en infinidad de tortillas que invadieron los calientes comales, la loza y los cubiertos ya lucían dispuestos sobre la mesa vestida por un albo mantel; eran cerca de las ocho de la noche cuando Juárez, y sus principales colaboradores, iniciaron el refrigerio.

Concluido el convite, el presidente invitó a los comensales a salir al patio de la hacienda para desarrollar una ceremonia junto con la tropa y los vecinos, a fin de celebrar durante las últimas horas de aquel 16 de septiembre de 1864, la Independencia de México. Instalaron una mesa y sillas a la intemperie, se improvisó un templete con otra mesa donde subiría a pronunciar un discurso algún disertador, se requeriría la emotiva voz de un orador elocuente que exaltara a los héroes nacionales; así lo ameritaba la crítica situación de la república y sus defensores

EL VIBRANTE DISCURSO DE GUILLERMO PRIETO

El Benemérito de las Américas ocupó el asiento principal del presidium. A su lado se instalaron sus principales colaboradores como José María Iglesias, Sebastián Lerdo de Tejada, Guillermo Prieto y Manuel Ruiz.

Juárez le pidió a Guillermo Prieto que pronunciara unas palabras alusivas al movimiento libertario convocado por el cura Miguel Hidalgo y Costilla, durante la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en Dolores, Guanajuato. El erudito prosista y poeta se posicionó frente al expectante gentío que, en solemne silencio, aguardaba atento a escuchar sus palabras.

Prieto, periodista polémico que fundara junto con Ignacio Ramírez, en 1845, el periódico Don Simplicio de línea crítica y burlesca donde publicó incisivos escritos por los que fue encarcelado. Activo colaborador de los impresos de línea liberal El Siglo XIX y La Orquesta, y director del periódico oficial juarista durante la travesía peregrina hacia Paso del Norte, expresó en algunos pasajes de su discurso:

"La patria es inmortal, es grande, es divina y en estos momentos, vos señor presidente, representáis a la nación con firmeza y justicia, con vuestra fe y abnegación, con vuestros sacrificios y esperanzas… La independencia es el legado más cuantioso de nuestro padres, por eso luchamos por ella…

"Aquí tenemos al hijo predilecto de la patria, a su salvador, al gran Juárez que no desfallece porque es de bronce, porque es como la robusta encina que no tiembla ante los embates de la tempestad, como esas montañas que soportan impasibles las descargas fulmíneas de los rayos…"

Brillante predicador que tenía el don de magnetizar a las masas que lo escuchaban, Prieto hilvanó emotivas frases a la velocidad de su inteligente imaginación, si había que elevar los ánimos patrióticos de sus oyentes estaba en el día, lugar y momento precisos; supo hacer derroche de su efusivo y talentoso verbo. El espectáculo nocturno de la campiña duranguense fue el bello escenario natural de aquel popular evento iluminado por los plateados rayos del astro selene, la serpiente acuífera del río Nazas se divisaba al norte del caserío de la hacienda en su silente y milenario trayecto hacia tierras coahuilenses, las ramas de los frondosos árboles de sus riberas eran mecidas por el céfiro de la noche; parecían tributar un alegre saludo al orador y sus escuchas. Para concluir su alocución, el autor de la Musa Callejera volteó su dominante mirada hacia los miembros de la tropa y sus jefes, a quienes con tronante voz les expresó:

"Vosotros, soldados de la República, sed grandes en la prueba, estoicos en el sufrimiento, valientes en la pelea, serenos en la derrota; mañana, al lucir el nuevo sol de nuestros triunfos seréis proclamados los heroicos, los grandes, los vencedores ¡¡Vivan los chinacos!!" (Episodios Históricos de la Guerra de Intervención y del II Imperio. Autor: Victoriano D. Báez. Primera edición. Editor: Julián Soto. Talleres tipográficos de Julián Soto. Oaxaca, 1907).

Juárez, disparado se levantó de su asiento entre los desbordantes hurras y aplausos del populacho, alborozado se dirigió a Prieto a quien abrazó y felicitó por sus palabras sahumadas de patriotismo. Así los arrobó el que fuera liberal de modesto vivir, honrado funcionario, bibliófilo obsesivo y prolífico literato.

EL EVENTO, INVENTARIADO EN LAS OBRAS DE IGLESIAS

José María Iglesias, años después, escribiría sus interesantes crónicas sobre la Segunda Guerra de Intervención Francesa en México a petición del general Manuel Doblado. En uno de los capítulos de esta edición, redactó con amenidad el relato de esa histórica noche del 16 de septiembre de 1864 de la que fue coprotagonista, he aquí un fragmento de su reseña:

"La solemnidad del acto fue grandiosa por su sencillez. Las montañas que limitaban el horizonte se elevaban majestuosas, como testigos mudos de aquel imponente espectáculo. La luna, saliendo de entre unas nubes que la habían ocultado poco antes, rielaba sobre el Nazas, que corría a poca distancia. El cuadro de los concurrentes, formado junto a la puerta de la hacienda se componía del gobierno, de la escasa cuanto leal comitiva que lo ha acompañado en su tercera peregrinación, de los soldados del Batallón de Guanajuato y del cuerpo de carabineros a caballo, fiel escolta del supremo magistrado de la nación, y de los sencillos habitantes de la hacienda, que por primera vez sin duda asistían a un acto semejante…" (Revistas Históricas sobre la Intervención Francesa en México. Autor: José María Iglesias. Edición de Conaculta. México, 1991).

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SIGLOS DE HISTORIA

Benito Juárez, presidió el histórico festejo.

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GuillermoPrieto, pronunció el elocuente discurso.

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José María Iglesias, en sus obras reseñó la ceremonia.


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