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EDITORIAL

El grito y el argumento

JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ
lunes 14 de mayo 2012, actualizada 9:22 am


El grito cabe en la democracia como cabe el aplauso. Sólo los defensores más ilusos de la democracia deliberativa pueden imaginar una ciudadanía que sólo participa en los asuntos públicos escuchando imparcialmente argumentos, ponderando científicamente razones, hilvanando juicios para la persuasión de un auditorio ecuánime. El diálogo democrático no es una conversación con café y galletitas: es un encuentro y muchas veces un encontronazo de valores, ideas, intereses y pasiones. Más que el hallazgo de la conciliación a través del coloquio, es una enemistad a duras penas amaestrada: rivalidad contenida.

Si tachamos las consignas como acto antidemocrático, deberíamos hacer lo mismo con las porras. El repetir alabanzas al candidato es tan democráticamente cuestionable como corearle maldiciones. Ambas cantilenas son vehemencia hermética que se hace oír por los decibeles que alcanza y no por los razonamientos que construye. Repetición irreflexiva e impetuosa de una simpleza. Que las porras y las consignas sean boberías, una violenta agresión al juicio literario no significa que sean irrelevantes o, peor aún, peligrosas. Que no alcancen estatura de argumento, que se satisfagan en la reiteración y en el ruido no quiere decir que sean ajenas a la vida democrática. El debate en democracia nunca será un pulcro intercambio de razones porque la política no es un territorio esterilizado donde rivalizan los silogismos en busca de la verdad. Toda política enciende entusiasmos y remueve abominaciones, genera esperanza y provoca temor. Al lado de los argumentos hay gritos; las razones no suprimen los prejuicios; la reflexión individual y las obsesiones colectivas se entrelazan y se confunden.

Que un acto político encuentre la hostilidad de un grupo organizado es tan preocupante como el escenario contrario: que encuentre el júbilo organizado. Nadie se indigna cuando un candidato es recibido en la plaza con un coro de entusiastas que repiten hasta el cansancio que ha llegado el salvador de la nación. "Anselmo, amigo, el pueblo está contigo", gritan todos en la plaza uniformados con la camiseta del licenciado Anselmo. ¿Son intolerantes los adeptos porque antes de escucharlo ya lo celebran? ¿Son fanáticos porque han sido coordinados por quien reparte carteles y camisetas y porque sus gritos siguen el ritmo de un director de porra? ¿Son borregos manipulados que actúan solamente porque otro mueve los hilos de su voluntad? Lo mismo puede decirse de quienes organizan la hostilidad-con la condición, por supuesto, de que permitan la expresión de los otros, con la condición de que admitan la presencia de aquel a quien abominan. La festividad organizada es parte de la vida política ordinaria, es materia común de una campaña electoral. La protesta organizada lo es también. Evidentemente, no se trata de expresiones espontáneas, de ponderaciones reflexivas, expresiones de ciudadanos meditabundos: son un ruido que expresa, son teatros que algo muestran: actos políticos que nadie, en su sano juicio pensaría reprimir.

La protesta no suele levantar el dedo meñique. Es estruendosa y pendenciera pero no busca ingreso a la cena de gala: quiere hacerse oír-aunque sea a la mala. La protesta es testimonio que valdría escuchar. Ubicar en su sentido y medida, sin sacralizaciones ni demonizaciones. Quiero decir con esto que resulta absurdo pensar que la organización de una protesta ruidosa, vehemente, hostil-pero pacífica, es peligrosa para la vida democrática de México, como se ha escuchado tenuemente en estos días. La protesta es parte de la vitalidad de un sistema abierto donde debe haber sitio para la adhesión y sitio para el reproche. Sitio para el argumento y también (aunque lo rechacen los bienpensantes) sitio para el insulto; sitio para la concordia y sitio para el odio. Si la casa es humana ha de alojar todo lo nuestro. La idea de una democracia desapasionada y sin conflicto, una democracia elegante y armoniosa es el cuadro de una democracia muerta. Si no pedimos certificado de racionalidad, de independencia, de espontaneidad a quien elogia, tampoco lo exijamos a quien censura.

La democracia se alimenta de razones-pero no sólo de razones. Protestar es otra forma de ejercer ciudadanía.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Twitter: @jshm00

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