¿Estábamos mejor cuando estábamos peor?, El Siglo de Torreón
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EDITORIAL

¿Estábamos mejor cuando estábamos peor?

Agenda ciuidadana

LORENZO MEYER
jueves 08 de diciembre 2011, actualizada 8:41 am


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Si por desilusión, una mayoría relativa hace posible el retorno del PRI a la Presidencia en 2012,

Eso reivindicaría nuestra

Vieja condición de súbditos

Y no de ciudadanos

Lorenzo Meyer

. La pregunta que da título a esta columna se ha formulado innumerables veces como interrogante o afirmación en conversaciones aparentemente superficiales donde se evalúa el estado que hoy guarda la situación general de nuestro país. Se plantea como una broma seria o con una seriedad bromista, y suele ser una manera de pasar un juicio negativo sobre la situación que guardan la seguridad, o el crecimiento de la economía en el México, pero igual podría también relacionarse con el estado de la educación, de la laicidad, de la política exterior, de la energética, del papel del ejército, etc.

Sin embargo, lo que hoy más se extraña del pasado inmediato -de ese al que política y moralmente le daba sentido la lucha contra el autoritarismo priista- es que entonces se mantenía y crecía la esperanza de alcanzar un futuro político digno, incluso brillante. Hasta finales del siglo pasado, el esfuerzo de los mexicanos inconformes por llegar a la democracia política estaba impulsado por un supuesto muy optimista: cuando ésta finalmente se alcanzara, México tendría otra vez vía libre para encaminarse a una etapa superior de su desarrollo, no sólo material sino también moral.

¿Volver a la época de los Dinosaurios? El sinsentido de la frase "estábamos mejor cuando estábamos peor" puede interpretarse en la coyuntura actual no como una añoranza real del pasado priista y sus virtudes intrínsecas, -que no las tuvo- sino como resultado de la desilusión de la transición política encabezada por el PAN y como una cierta resignación ante lo que hasta hoy nos dicen las encuestas de opinión: la posibilidad del retorno del PRI a la presidencia en 2012. La resignación ante la perspectiva de que la política mexicana vuelva a caer en manos de quienes la monopolizaron por 71 años, está alimentada no por alguna gran esperanza sino por una gran desilusión: por la fatiga de un largo empeño que no dio frutos. Se trata, en el mejor de los casos, de una esperanza extenuada, muy cercana al cinismo: que los corruptos, pero fogueados políticos del PRI puedan detener el actual proceso de desintegración de lo que queda de un proyecto nacional, de poner fin a una conducción política blanquiazul que resultó incapaz de cumplir con su promesa, que ni siquiera entendió la naturaleza de los procesos que desató -en particular el de la "guerra" contra el narcotráfico- que no tuvo la enjundia para confrontar a los poderes fácticos a fin de remover esos enormes obstáculos para nuestro desarrollo que significan los monopolios, el sindicalismo rémora que controla la educación o Pemex y, desde luego, que en vez de combatir la corrupción pública endémica decidió sumara a ella.

Pero ese desahogo de las frustraciones por la vía de propiciar el retorno de quien tiene -y mantiene- en el centro de su biografía el autoritarismo y la corrupción, es una insensatez. Si el PRI regresa a "Los Pinos" pudiera construir una coalición gobernante más eficaz para legislar que el PAN, pero al precio de cancelar la perspectiva de un cambio, de un futuro mejor, al menos por uno o varios sexenios. La energía política que se generó desde una parte de la ciudadanía con el neocardenismo en 1988, con el foxismo en 2000 o con el lopezobradorismo en 2006, sería muy difícil de recrear por cuarta vez para el momento en que México volviera a tener su siguiente gran cita con las urnas en 2018. Y es que la esperanza también se fatiga y se torna indiferencia cuando no cinismo.

Si en el pasado y todavía hoy algunos sectores de la sociedad mexicana, los más inquietos e imaginativos, tuvieron o tienen confianza en las posibilidades de un futuro razonablemente mejor, con el posible retorno a "Los Pinos" del partido que Plutarco Elías Calles fundó en 1929, el futuro se queda ayuno de promesas. Si el PRI vuelve, vuelve el espíritu del "Grupo Atlacomulco" que está caracterizado por muchas cosas, menos por la generosidad y la honradez. Además, retornaría con un elemento adicional: empleará lo que aprendió en su "travesía por el desierto" de los dos últimos sexenios que estuvo en la oposición -lo que aprendió en sitios como el Estado de México o Veracruz donde evitó que la ola democratizadora lo sacara de su lugar- para que no le vuelva a pasar lo de 2000, de tal manera que los 82 años de un dominio ininterrumpido en el Estado de México se convertirían en un siglo y más.

Y si las tendencias no son revertidas por la izquierda (o por la propia y desgastada derecha panista), sacudirnos después de 2012 a un PRI que sigue sin cambiar su idea de que el poder se hizo para abusar de él -el affaire Moreira es el ejemplo más reciente y claro de esa actitud- pudiera llegar a ser una tarea más difícil de lo que fue en 2000.

Hay que reconocer que la añoranza que algunos tienen del pasado priista pareciera tener ciertas bases económicas. Sin embargo, debe subrayarse que no se trata de todo el período en que dominó el PRI, sino sólo de una parte: de aquella en que la economía estaba basada en el mercado interno, pues ese panorama cambió y radicalmente a partir de 1982, es decir cuando la lógica del mercado y de la globalización sentaron sus reales.

De acuerdo con las cifras disponibles, el Producto Interno Bruto de México tuvo un crecimiento anual promedio de apenas 0.18% con Miguel de la Madrid, de 3.9% con Carlos Salinas y de 3% con Ernesto Zedillo. Es decir el PRI del neoliberalismo y la globalización presidió un crecimiento promedio anual del PIB de apenas 2.49%. En contraste, el promedio anual de crecimiento del PRI del nacionalismo revolucionario, de entre 1935 -primer año del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas- hasta 1982 -el último año del gobierno de José López Portillo- fue de 6.07%, (José Luis Calva, El Universal, 17 de junio, 2005). Sin embargo, el PRI que regresaría en 2012 sería el del fracaso económico, el de Carlos Salinas -hoy su cercanía con Enrique Peña Nieto es pública y notoria-, es decir, el del raquitismo y no el del crecimiento del 6%, que en su época fue considerado "el milagro mexicano." Hoy, cuando China crece al 9 o 10%, apenas si sería el mínimo aceptable.

Claro que si el crecimiento del PIB de las últimas tres administraciones priistas resultó raquítico fue en parte por los errores cometidos por los gobiernos también priistas que les antecedieron -los de Luis Echeverría y José López Portillo. El desempeño en este rubro de las dos administraciones panistas, las de Vicente Fox y Felipe Calderón, ha resultado peor: de apenas del 1.5% anual en promedio, (El Universal, 1° de diciembre). Es pues en el campo del crecimiento global de la economía y en su reflejo en el aumento de la pobreza y la debilidad del empleo -según cifras del Inegi del 28% de los mexicanos entre los 14 y 29 años que ya son asalariados, sólo pueden serlo parcialmente a lo largo del año, (Reforma, 12 de agosto, 2011)-, que se puede encontrar un apoyo en los datos a la idea de que el pasado pudo haber sido el de un tiempo mejor. Obviamente, también ocurre lo mismo al examinar el panorama de la violencia, pues aunque la inseguridad ciudadana viene de lejos -robos, asaltos y secuestros-, ahí también se encuentra una base numérica para justificar la nostalgia. La cifra de 11,583 muertes violentas relacionadas con el narcotráfico en 2010 ya fue superada en 2011 pues, a partir de 2007, cada año la situación en este campo es peor que en el anterior.

El régimen priista se caracterizó, entre otras cosas, por su corrupción. Es verdad que los dos últimos sexenios panistas no mejoraron en nada esta situación pues los nuevos responsables de la conducción política -y aquí debe de incluirse no sólo al PAN sino a buena parte de los gobiernos locales del PRD- simplemente decidieron nadar usando la corriente y aprovecharon en su beneficio "los usos y costumbres del PRI". La calificación que México ha sacado en los índices de Transparencia Internacional avala esta afirmación, pues nos dicen que seguimos siendo calificados como uno de los países donde la corrupción es la norma y no la excepción. En 2001 sacamos 3.7 sobre diez en este rubro, pero en el transcurso del panismo ya bajamos a 3. Vamos pues hacia atrás, (cpi.transparency.org/cpi2011/results/).

. Si finalmente una mayoría relativa de los ciudadanos mexicanos opta el año entrante por sostener que "estábamos mejor cuando estábamos peor", reivindicarían nuestra vieja condición de súbditos y no de ciudadanos. Ojalá no sea el caso.

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