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El Siglo de Torreón Miércoles 11 de mar 2009, 10:35am ... Anterior 6 de 8 Siguiente ...

En memoria de don Pedro de Torre Rada

Descanse en paz. A sus 101 años de edad don Pedro de Torre Rada murió el 15 de febrero.

Sí don Pedro, aunque siempre protestaras, como buen vasco exigías que me dirigiera a ti como Pedro. Al fin de cuentas los vizcaínos ostentan nobleza universal desde que Felipe II se las otorgara en el Siglo XVI.

Pero no era tu nobleza genética lo que me admiraba, sino tu nobleza viril de un hombre de cien años que enterró sus ilusiones en las tierras laguneras, que aportó su trabajo férreo en los ranchos y en las haciendas algodoneras de principios del Siglo XX y que vivió en carne propia los acontecimientos más importantes de la joven ciudad de Torreón.

Te conocí allá por 1999 en una Covadonga. A tu hijo Pedro lo conocía desde 1987 y había algo en su mirada, un dejo de socarrona melancolía que me indicaba que escondía un tesoro. Ese día que te conocí, lo primero que me comentaste fue que eras de Bilbao, como si eso no se notara; una vez que me identifiqué me contaste que al único español de Torreón que conocías desde España era a mi abuelo Manuel Negrete con quien compartiste algunas aventuras en Bilbao de 1920 a 1927. Ambos nacieron en 1907 y tú viniste a México algunos años antes que él. Él llego en 1934 creo, y tú en 1927 ya estabas establecido en San José de la Niña rancho propiedad de la Cía. Agrícola de Lequeitio.

Ambos eran inmigrantes poco convencionales, provenían de familias "acomodadas" y con educación. Me dijiste "cuando llegué a Torreón al único que conocía de Bilbao era a Manuel" curiosamente esa noche te identifiqué con mi otro abuelo, Luis Sáenz, no sé por qué te encontré mucho parecido con él. De alguna manera te adopté en mi corazón.

Por tu edad, en ese momento más de noventa años, generabas preocupación y atención de tu hijo Pedro y de tu nuera María Ofelia así como de tus nietos Pedro, María Fernanda y María Ofelia. Me admiró notablemente la paciencia y amor con la que te atendían. Mi abuelo Luis murió de noventa y tres años y algo sabía de la atención que requiere un viejo de esa edad. Me maravilló la amable actitud de tus descendientes y la entereza y fuerza que conservabas; claro, ya sé, me dirás que al fin de cuentas eres vasco y que los vascos se manejan aparte, sí yo lo sé, pero el admirarse es un humilde homenaje.

Después de algunos años, mi tía María Negrete, la quinta de once hermanos, vino de Bilbao. Le comenté que en Torreón vivía un hijo de Quintín de Torre, y no me lo creyó. "Qué va", me dijo "cómo va a vivir en Torreón un hijo de Quintín de Torre, el escultor vasco que ha creado los pasos de la Semana Santa Bilbaína y que tiene esculturas suyas exhibiéndose en el Museo de Bellas Artes de Bilbao" bueno, le dije, si quieres lo invito a cenar para que lo conozcas. Vale, mi tía de 88 años aceptó cenar en casa para conocer a "Don Pedro".

Cecilia, mi esposa, al conjuro de todos los cocineros de la historia, preparó una cena que abriría la puerta a los sentimientos más nobles, que además fueron salpicados por delicados vinos de la Rioja.

Esa noche nos enteramos conforme avanzaba la cena que don Pedro cumplía 96 años. Él generalmente no cenaba sino un vaso de leche con chocolate instantáneo, pero esa noche cenó como cualquiera de los cuarentones con mentalidad de jovenzuelos que poblamos la mesa. María Ofelia su nuera, Pedro su hijo, Inés mi madre, Cecilia mi esposa, la tía María de 88 y yo. Don Pedro comió, bebió, y habló de política como el que más. Algún conflicto suscitó el hecho de que mi tía María que es la última franquista que queda en España defendía vehementemente sus ideas y don Pedro, a fin de cuentas liberal de Bilbao, culto e hijo de un gran artista, apoyaba las suyas con un poco de más libertad.

Sin embargo la cena transcurrió maravillosamente. Parecía una tertulia de amigos de toda la vida que se encontraban después de años de no verse. La tía María Negrete y don Pedro de Torre se enfrascaron en recordar eventos, lugares, sucesos y personajes del Bilbao de todo el Siglo XX. Cuando don Pedro le explicaba a mi tía en donde tenía su padre el taller de escultura le decía "El taller de mi padre estaba en la calle General Concha frente a un cine..." y le interrumpía mi tía "el cine Ideal"... Don Pedro suspendió por un breve instante el paso del tiempo y clavando su mirada en el recuerdo, alzó sus brazos y susurró "el ideal..." y yo le comento a Pedro su hijo, Pedro, estos viejos están haciendo arqueología Bilbaína y estamos en ¡Torreón!

A las dos de la mañana, hora inusual para que dos viejos y su camarilla se despidan después de una cena, mi tía, una señora viuda imponente, que genera el respeto que puede producir una reina, dijo con su voz autoritaria "Don Pedro, no se vaya usted sin darme un abrazo" y así en ese momento mágico, esa señora franquista le tendió los brazos a ese señor de 96 años, vasco liberal con cierto tinte republicano y se fundieron en un abrazo que hizo que el vino que todos habíamos bebido se asentara amablemente en nuestras neuronas.

Don Pedro, una anécdota que me encantó esa noche fue cuando pícaramente me susurraste aparte, mientras hablábamos de Franco, me preguntabas "oye ella ¿lo quiere?". Yo te indiqué con un gesto que sí, y tú proseguiste con tu crítica a Franco, a fin de cuentas eras muy inteligente y pícaro. Luego le platicaste que tú eras el Pichichi. ¿Cómo va a ser eso? Claro, cuando Rafael Moreno Pichichi murió, el más grande de los goleadores del Athletic de Bilbao y de España, los directivos del club encargaron a don Quintín tu padre que esculpiera el busto que ahora adorna la catedral, el estadio de San Mamés en Bilbao, y al que los equipos que no han jugado antes allí llevan flores para honrar al rompe redes universal.

Como todo mundo decía que tú te parecías a él, pues tu padre don Quintín te ordenó que te sentaras que iba a realizar un encargo. Así que la imagen de Pichichi es la tuya. Resulta que el Pichichi vive y vive en Torreón, menuda anécdota, te filmamos y enviamos a la directiva del Athletic en Bilbao el video para que se enteraran de la anécdota.

En otra ocasión cenando en casa de Pedro tu hijo y de María Ofelia tu nuera, recibí en mis manos una carta original de Miguel de Unamuno, amigo de tu padre. Era una carta que el famoso filósofo y escritor le envió días antes de morir, después del incidente en la Universidad de Salamanca donde era Rector. Y que por expresarse en un discurso más bien conciliador, los militares que ahí estaban empezaron a gritarle "muera la inteligencia" y fue sólo gracias a la intervención de Carmen Polo esposa de Franco que salió con vida de ese incidente, para posteriormente quedar detenido en su casa y morir de la pena unos meses después.

La carta que leí en tu casa fue precisamente de ese periodo y no olvido el final "Bueno ya está de lamentarme y de acongojarte, recibe un abrazo de tu amigo y cobilbaíno... Miguel de Unamuno y Jugo".

Yo tenía en mis manos, en Torreón, el original de esa carta y no daba crédito a lo que mis ojos me informaban... Así era de sorprendente tu vida, para el que la quisiera ver.

Cuando se casó tu nieta María Fernanda con Sergio Romo, tuve la fortuna de acercarme a tu mesa poco antes de que tu concuña Juana María González, esposa de Eugenio Natera Aguirre tu cuñado, para resumir, bueno, tardo cerca de hora y media, el amor que tu familia política, los Natera, te tenían. Me maravilló la sencillez y profundidad de cómo ella describía lo bien que trataste a tu esposa Margarita y de cómo te valoraban tus parientes políticos. Para mí fue una lección de humanidad que valoro sobremanera.

Cuando cumpliste cien años, nos reunieron tus hijos Pedro y María Ofelia en el Parque España y fue un contento filmarte cantando en vascuence (euskera dicen ahora). Fuiste festejado con la dignidad, la sobriedad, la sencillez y la hidalguía que corresponde a un hombre que a los cien años, no podía pedir más a la vida.

A los ciento un años regresas a la casa del padre, del aita gurea, del padre nuestro que zeruetan sagosana, que está en los cielos. Tu hijo Pedro sosteniendo tus cenizas nos dijo antes de depositarte en el columbario familiar... "Mi madre me lo encargó hace 25 años..." Gracias Pedro hijo, no es necesario más palabras, hay ocasiones en que el hidalgo silencio llena catedrales. Dios bendiga tu estirpe y nos consuele a los que te conocimos por la partida de un alma noble. (Federico Sáenz Negrete)



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