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EDITORIAL

Canadá| Jaque Mate

Sergio Sarmiento
jueves 14 de junio 2007, actualizada 8:23 am


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“Dios ha hecho de Canadá una nación que no puede ser destruida, excepto por sí misma.”

Norman Angell

Toronto, Canadá.- Si Canadá no existiera, alguien tendría que inventarlo. Es un país que demuestra la prosperidad que puede alcanzar una nación que ha optado por un sistema de libre empresa, pero que ha aplicado elementos de una economía social. A primera vista las ciudades y el campo de Canadá no se distinguen mucho de los Estados Unidos, pero las diferencias son enormes cuando se observa con mayor detenimiento.

Canadá es un país rico. Su Producto Interno Bruto per cápita, según el FMI, es de 38,951 dólares de Estados Unidos, el cual supera al de países europeos como Francia (35,404 dólares) o Alemania (35,204). Queda, sin embargo, por debajo de Estados Unidos (44,190), Suiza (51,771) o Irlanda (52,440).

Dentro de Canadá hay diferencias muy notables en la situación de las provincias ricas, como Alberta y Ontario, y las pobres, como Terranova y Nueva Brunswick. Pero el país registra una menor desigualdad social que Estados Unidos. Se percibe una mejor integración de etnias y culturas y, por lo tanto, una menor tensión social. La violencia y el crimen son también muy inferiores en las ciudades canadienses que en las estadounidenses de igual tamaño, aunque no deja de ser curioso que el deporte nacional sea el hockey sobre hielo, el cual se caracteriza por una violencia muy superior a la de otros deportes.

Mientras que en Estados Unidos ha habido siempre un esfuerzo para fusionar a las distintas culturas en el llamado el melting pot o crisol, Canadá ha buscado más bien crear un mosaico. Las distintas comunidades de Canadá preservan muy claramente su carácter: no solamente los francocanadienses, con raíces que se remontan a los colonos originales del siglo XVII, sino también los amerindios, los innuit (esquimales) y los inmigrantes de distintos lugares del mundo. La provincia francófona de Québec ha manifestado por generaciones una voluntad de separación; pero cuando ha llegado el momento de decidir el asunto en referéndum, los quebequenses se han pronunciado, aun cuando por escaso margen, por permanecer en la federación.

Canadá es un país de clara vocación capitalista. La producción es responsabilidad de la iniciativa privada. No sólo las manufacturas y los servicios son privados, también lo son la explotación petrolera y la minería. Las restricciones a la inversión extranjera son mínimas. De hecho, Canadá es un excelente país para invertir. Las grandes empresas canadienses, por otra parte, llevan a cabo operaciones en todo el mundo y rara vez dejan que la ideología se interponga con un buen negocio. En contraste con las empresas estadounidenses, vedadas de operar en Cuba, las canadienses han invertido fuertemente en la isla, incluso en el desarrollo de yacimientos petroleros.

La función del Estado, sin embargo, es muy importante en esta economía capitalista. Los servicios sociales proporcionados por el Gobierno son sólidos y extensos. Un amplio y costoso sistema de comunicaciones y transportes ha logrado generar un sentido de unidad nacional en un país cuyos ciudadanos tienen con frecuencia más contacto personal con los estadounidenses que viven a lo largo de la frontera que con otros canadienses dispersos en el enorme territorio nacional.

Una de las características más distintivas de la vida en Canadá es su sistema de atención médica, el cual es público y universal. Cuando algunos grupos políticos en Estados Unidos han tratado de promover la adopción de un sistema médico como el canadiense, las asociaciones de médicos y hospitales se han negado a aceptar lo que consideran como una “medicina socialista”. Los canadienses, sin embargo, se muestran muy satisfechos con su sistema de salud.

Como otros países del mundo, Canadá tuvo en los años setenta un periodo de mayor intervención del Estado en la economía. Desde la década de 1980, sin embargo, la tendencia ha sido de liberalización. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos de 1987, posteriormente ampliado a México en 1994, marcó el inicio de un proceso que llevó a Canadá a convertirse en una de las economías más abiertas del mundo. El manejo de las finanzas públicas, por otra parte, se hizo más cuidadoso, sin importar el partido político en el poder. El resultado es que en los últimos años Canadá ha tenido tasas de crecimiento que superan a la media de los países industrializados y ha disminuido de manera importante su desempleo y su pobreza.

Los canadienses no parecen obsesionados con ser el país más rico o más poderoso del mundo. Si bien otras naciones los superan en ingreso per cápita, ellos se precian de tener una mejor calidad de vida, en particular que los estadounidenses. Su sistema de salud es parcialmente responsable; pero quizá más importante es el poco crimen que registran sus ciudades. Los canadienses saben que en Canadá se vive bien. De hecho, es uno de esos países que, si no existieran, habría que inventar.

INNOVACIÓN

La mayor amenaza a Canadá no viene de fuera sino de sí misma. Su mismo alto nivel de vida hace que los canadienses se refugien en la mediocridad. Un informe del Conference Board de Canadá señala que “este país está teniendo un desempeño muy malo en el área crítica de la innovación”. Y esto significa “ausencia de creatividad y decisiones de inversión”. El conservadurismo le ha servido muy bien a Canadá en muchos aspectos. Pero en un mundo cada vez más competitivo, la innovación es una exigencia cada vez mayor.

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