EDITORIAL
Roberto Orozco Melo Jueves 14 de jun 2007, actualizada 8:21am ... Anterior El Siglo 3 de 8 Siguiente ... El Siglo

Mi Buenos Aires querido...| Hora Cero

El Siglo

Una sección de espectáculos de un diario nacional informó ayer del arribo a México de un grupo de cantantes argentinos. No conozco el tipo de música y de mensaje que dichos músicos transmiten al público, pero como tengo una buena impresión sobre los artistas de aquel país, tan lejano en la geografía, pero tan cercano a México en lo espiritual, trataré de escucharlos...

A los septuagenarios se nos dispara la caja de los recuerdos al conjuro de una palabra, un verso, una canción o una circunstancia. Al leer el nombre propio geográfico “Argentina” me pareció escuchar la música entrañable de “Mi Buenos Aires Querido…”. Luego recordé las geniales sextinas que escribió José Hernández con la épica gaucha de Martín Fierro y después evoqué el estilo único de Carlos Gardel, gran compositor e intérprete del tango, quien tanta fama y prestigio conquistó para la música argentina en todo el mundo.

Resonancia memoriosa del puerto fue más tarde la reflexión de que las familias Madero de México y de Argentina comparten un mismo origen genealógico por ser descendientes de don Alejo de Bernabé Madero y Pradillo, quien a principios del siglo XVIII salió de Villanueva del Cardete, en Castilla, con destino a Buenos Aires, atraído por la ilusión de todo europeo de “hacer la América”. Lo que don Alejo hizo, sin duda, fue tomar mano; es decir casarse con la señorita Francisca Laviada y engendrar a quien sería hijo único con su pareja: Juan José de Bernabé Madero y Laviada, quien, a su vez, contrajo nupcias con Micaela San Martín, de alguna manera emparentada con el libertador argentino del mismo apellido. De la familia Madero San Martín descendían los otros dos personajes Madero que nacieron en México.

Pienso que un Madero pudo quedarse en Argentina, pues en el siglo XIX tuvo notoriedad un ingeniero Eduardo Madero por ser el proyectista y constructor de las obras del Puerto de Buenos Aires en la desembocadura del Río de la Plata. La dicha rúa que corre por el litoral argentino se llama todavía Eduardo Madero.

Otros recuerdos provocó Argentina...

Quizá no igual de trascendentes, pero muy humanos: los nombres y apellidos de tres artistas nativos de aquel país, a quienes tuve la satisfacción de conocer en mis días de reportero de espectáculos en “Claridades” un vespertino dominical de la capital mexicana: Luis Aldás, actor y cantante cuyas películas sobreviven enlatadas en la cineteca nacional y pueden conseguirse con facilidad; la virtuosa acordeonista Ana Morena, cuya estancia en el país fue relativamente breve y el periodista Carmelo Santiago, un “petizo” que escribía una larguísima columna en “El Redondel”.

Luis Aldás llegó a nuestro país contratado por Grovas o por Clasa Films las dos importantes compañías de filmación que entonces hubo en México, no recuerdo cuál con precisión; pero aquí hizo mucho cine y tenía un séquito de admiradoras que le seguían a los sitios públicos que solía frecuentar en el deseo de solicitarle fotos y firmas, lo cual obsequiaba con paciencia y bonhomía. Una noche, mientras tomábamos café en el Kiko’s de Juárez, llegó hasta la parvada de veinteañeras. El actor notó que una chica pedía un autógrafo, lo obtenía y poco después retornaba por otro y más tarde otro y otro más. Todos los firmó Aldás y finalmente cuestionó a la muchacha: “Oye pebeta: vos habéis venido como seis veces. ¿Qué hacés? ¿Comerciás con mi firma? La interpelada se ruborizó y tartajeó una disculpa. “No señor, se lo juro, lo que pasa es que mi amiga, aquella de allá, ofrece un autógrafo de Pedro Infante a cambio de cinco suyos, y por eso yo... El cantante volteó a decirme: “Oyés eso tal: ¡Mirá que está muy bien el tipo de cambio!...

Leonora Amar, bellísima actriz argentina, a quien los chismógrafos de camerino atribuían relaciones con el presidente Miguel Alemán, conoció a Luis Aldás, se enamoraron y se casaron. Fue una boda en secreto, pero en los medios artísticos se aseguraba que el matrimonio había sido fingido por ambos para desvanecer los rumores que perjudicaban a la familia del señor presidente. Ellos, Leonora y Luis, se mostraban noche tras noche en teatros y cabarets, acaso para dar visos de veracidad a su enlace. Carmelo Santiago impulsaba en aquel momento la carrera de Ana Morena en México. Una mañana llegó ésta a la redacción de Claridades con cara de espanto: Aldás tenía una cita para comer con ella ocho días antes. Nunca llegó y su teléfono estaba suspendido. Al día siguiente el semanario Presente! de Jorge Piñó Sandoval escribía sobre la expulsión de Luis Aldás de nuestro país. Ésa fue su última edición: Piñó Sandoval ya no publicó su periódico ni escribió su columna. Un reportero del aeropuerto aseguró en los mentideros del café Olimpia que lo había visto abordar el avión con destino a Buenos Aires...


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