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Un Premio Nobel

JUAN VILLORO

Nada es tan arbitrario como el reconocimiento. El protocolo exige que el galardonado diga que se trata de una distinción inmerecida. El valor del premio es precisamente ese: está por encima de quien lo recibe y el mérito que representa sigue siendo inalcanzable. Mientras más valiosa es la presea, más injusto resulta que se le dé a un mortal.

No es por presumir, pero me atribuyeron un premio de notable irrealidad. En el verano de 2023 fui a Segovia porque se presentaba mi monólogo Conferencia sobre la lluvia, protagonizado por Enrique Simón, bajo la dirección del inolvidable Guillermo Heras. Como tantos visitantes, quise comer cochinillo en el mesón más celebrado por los turistas, que, por supuesto, es repudiado por los lugareños (también en la gastronomía la reputación es un problema). El fundador de ese restaurante tiene una estatua en la ciudad, en la que se dispone a rebanar un cochinillo; no cualquiera logra eso, pero no hay nada tan discutible como el prestigio.

Reservé desde México, pero me equivoqué de hora. Nuestra función era a las seis y debíamos llegar al teatro a las cinco. Iba con Sofía, mi esposa, y Enrique Simón. Cuando el actor supo que nos darían mesa hasta las cuatro, lanzó un monólogo sobre mis supuestos logros y agregó que yo sería jurado del Premio Princesa de Asturias. Lo hizo con tal vehemencia que desató una cadena de confusiones. De pronto, algo se destrabó.

Subimos por una delgada escalera. En el entresuelo, nos recibió el hijo del fundador, que a la sazón tenía unos noventa años. Me saludó como si me conociera de toda la vida: "¿Sigue viviendo donde siempre, don Juan?". Para facilitar la conversación, mencioné mi barrio y él exclamó: "¡Ahí están los mejores lustrabotas de México!".

Nos condujeron a una mesa con vista al acueducto de la ciudad. "Aquí se sentó don Mario Vargas Llosa!", dijo el camarero, y desapareció sin otro anuncio. Detrás de nosotros había una foto de Mick Jagger; al frente, las piedras romanas. Esas reliquias clásicas enrarecían el ambiente.

Sin haberlo pedido, recibimos un plato de carnes frías y una botella de vino. Como todo mundo va al mesón a comer cochinillo, no nos preguntaron cuál sería el plato fuerte.

Entonces llegó la ceremonia. El hijo del principal bodeguero de la ciudad recitó la ordenanza que lo facultaba, por disposición real, a ofrendar cochinillos conforme a la ancestral usanza de la región. La carne era tan blanda que fue cortada con un plato. Hecha la tarea, el plato fue lanzado al piso.

Recordé una visita anterior a Segovia en la que un grupo de escritores asistimos a un asado al aire libre. El cocinero quiso que uno de nosotros arrojara el plato al suelo. La novelista Rosa Montero fue la encargada de hacerlo: lo lanzó con fuerza, pero cayó de canto, y, asombrosamente, quedó entero. "Eres tan buena que no puedes romper un plato", le dijo alguien. Desde entonces, recuerdo la escena como "El milagro de la Rosa".

En esta ocasión el plato sí se hizo astillas, pero la ceremonia no terminó ahí. Nuestro anfitrión dijo: "Quiero presentar a una persona muy modesta, tan humilde que no habla de sí misma", me señaló con la mano que había rebanado el cochinillo. Me sentí como otro platillo sacrificial cuando agregó: "Don Juan no quiere que se sepa, pero pronto va a ver a la Princesa Leonor en Asturias y además... ¡es Premio Nobel de Medicina!".

Esta frase de delirio explicó la mesa en la que nos habían puesto y las viandas que nos habían regalado. ¿Había modo de deshacer la impostura? Era tarde para eso y ya nos habíamos comido todo. Me tomaron fotos desde las mesas cercanas.

Recordando su profesión de actor, Enrique Simón improvisó un brindis sobre mis presuntos méritos médicos. La gente aplaudió, contenta de estar ante un desconocido tan famoso.

Me acordé de Rosa y del plato que no se quebró en el piso: "La vida es irreal", ella dijo entonces. Lo mismo sucedía ahora.

Había caído en una benévola conspiración que no podía arruinar. Sin embargo, todo premio entraña un castigo. Durante la siguiente hora pensé que tal vez un comensal se atragantaría con un hueso de cochinillo. ¿Podría el Premio Nobel de Medicina negarse a ayudarlo?

Por suerte, no tuve que atender a ningún paciente, pero salí de ahí con la certeza de que todo galardón existe para celebrarse a sí mismo y tiene como pretexto a un intruso que en modo alguno lo merece.

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