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Verdad amarga

Un mito contra otro

ENRIQUE SADA SANDOVAL

Por sugerencia de mi primo acudí a leer parte de un ejemplar de la cada mes menos creíble y cotizada revista National Geographic que antaño se ostentaba orgullosamente como marca exclusiva de la Real Sociedad Geográfica del Reino Unido.

La revista como bien sabemos obedece de manera muy directa a cierto credo en particular y a un corolario político que le ha llevado a desinformar de manera inexcusable en varias ocasiones bochornosas a lo largo de su muy abultada historia ya sea avalando fraudes antropológicos como el del "Hombre de Pekín" y los dislates del tristemente célebre Theilhard de Chardin, el de Stonehenge como ejemplo de "superioridad antigua anglosajona", omitiendo dolosamente sus intervenciones artificiales a partir del siglo XX, hasta caer en Alienígenas ancestrales.

Sin embargo, en este caso alguien desde la revista quiso jugar al erudito criticando a Riddley Scott, no desde la técnica del Séptimo Arte o el saber sino desde el prejuicio en un artículo titulado La verdadera Historia detrás de 1492: La Conquista del Paraíso:

"La película muestra una cruda escena en la que el explorador Adrián de Mújica corta la mano de uno de los indígenas que no ha pagado el tributo en oro, mientras que Cristóbal Colón contempla horrorizado la escena, ordenando posteriormente el arresto y la ejecución de Mújica. Sin embargo, las crónicas y los documentos de la época, apoyados por algunos testimonios recogidos por fray Bartolomé de las Casas o el enviado de los Reyes Católicos, Francisco de Bobadilla, afirman que esta era una práctica común en La Española bajo la autoridad del propio Cristóbal Colón".

La candidez en este caso sería enternecedora de suceder en un salón de clase dado que recurrir como fuente y autoridad al mitómano de Las Casas es como acudir a Joseph Goebbels para justificar el Nacional-Socialismo.

Que los españoles cortaban las manos de los trabajadores porque no cumplían con lo estipulado no solo es falso sino que va en contra de toda lógica, ya que a nadie le convenía tener trabajadores mancos para empezar.

Es bien sabido que Scott, a cuyo genio debemos clásicos como Blade Runner y Los Duelistas, es alguien que confiesa su desprecio por la Historia académica a grado de tomarse licencias propias como hizo con su entrega fallida de Napoleon. Sin embargo, al menos tiene la honradez de manifestarlo abiertamente a diferencia de otros como Guillermo del Toro, Almodóvar o Amenabár quienes si incurren en la impostura del fraude antihistórico a la hora de vender propaganda política como cierta en películas como Agora, El laberinto del fauno o Mientras dure la guerra, por citar algunas.

Por otra parte, resulta que el autor de este libelo periodístico no es un inglés, ni holandés ni norteamericano sino un comunicólogo español que imbuido muy seguramente de ideología política-"educado" por TVE-queda en efecto descartado para poder publicar sobre la Historia como ciencia, por lo que de haber quedado suscrito a su cotidianidad podría pasar libremente desapercibido con todo su desconocimiento.

Sin embargo, para desgracia suya, la cosa cambia en tanto tiene en contra dos condiciones que por naturaleza misma le califican como inexcusable a la hora de escribir desde el confort de su ignorancia dolosa: primero, por ser periodista y estar obligado a escribir no lo que se le ocurre o lo que le guste sino a investigar fuentes primarias tanto como académicas para poder hacer una entrega pública, si no es que digna, cuando menos ética y profesional; y segunda, que siendo español peninsular que se limita solo a copiar lo más burdo, rancio y archirrefutado de la "Leyenda negra" (aunque sus jefes y pagadores sean ingleses) equivale tanto como escupir sobre su propia sangre y la de sus ancestros, porque se presta a calumniarlos.

El problema en realidad radica en que cuando se tiene la pretensión insulsa de querer "enseñar Historia" vendiendo algo tan sobajado como lo es un discurso político o propaganda, es cuando la verdad suele salir a flote por sí sola -apuntalada por la réplica crítica del ciudadano culto o el académico honrado- evidenciando que la mentira suele tener siempre las patas cortas tanto como los días contados.

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Escrito en: Verdad amarga Columnas Editorial Enrique Sada Sandova

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