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De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

El hecho de vivir fuera de la Ciudad de México me libra de conocer en forma personal a especímenes tales como el tal Alito y el tal Fernández Noroña. Bajunos ejemplares son los dos, pedestres individuos sin barniz alguno de civilidad. La riña tabernaria que protagonizaron en el recinto del Senado no añade nada a su desprestigio, lleno ya hasta los bordes, pero es un motivo más para que nuestro país sea objeto de desdén y burlas en el exterior. Culpables son ambos de este vergonzoso episodio que los denigra y rebaja por igual. Noroña es responsable de lo sucedido por su manejo parcial y prepotente del debate camaral. Y a Moreno se le ha de reprochar su conducta agresiva, propia más de un ebrio que de un legislador. ¿Políticos los que participaron en ese pleito de cantina? No. Son politicastros de la más baja estofa. Vergüenza es para México que individuos así figuren en el escenario público. La llamada “Cámara Alta” ha descendido a su nivel más bajo. Jamás sentiré vergüenza de ser mexicano. A todas partes del extranjero a donde voy declaro con orgullo mi nacionalidad. Pero esta gentuza -no vacilo en emplear el calificativo- nos avergüenza y nos hace temer por el futuro de nuestro país, desdichado país en manos de individuos que más son para servir de coimes en una taberna o lupanar que para actuar en política, aun en la política a la mexicana. Entre hampones y bribones México va camino de la ruina.

Fuerte y claro has hablado, escribidor. Tus palabras tendrán eco, siquiera sea en las cuatro paredes de tu casa. Cumplido por hoy tu deber de orientar a la República dirige ahora tus pasos a sendas de solaz y esparcimiento, como antes se decía, y da salida a algunas historietas que nos aligeren el ánimo y el ánima después de la gravedumbre de tu peroración. Concluido el erótico trance en la habitación número 210 del Motel Kamawa le dijo Dulcibel a Libidiano: “Deberíamos casarnos”. “Pero, chula -acotó el salaz sujeto-. ¿Quién va a querer casarse con nosotros?”. El inconsolable viudo visitó la tumba de su esposa. Con gemebundo acento exclamó: “¡Cómo quisiera oír de nuevo el sonido de tu voz!”. En eso estalló un fragoroso trueno. “Ay, Gorgolota -se asustó el marido-. A ti no puede uno decirte nada, porque luego luego tomas las cosas al pie de la letra”. En la agencia de viajes el señor hojeaba los folletos de propaganda. Le preguntó la encargada: “¿Puedo ayudarle?”. Respondió el sujeto: “No sé a dónde ir.

He tenido problemas al viajar. En el viaje a España mi señora salió embarazada. En el viaje a Grecia también, y lo mismo en el viaje a Italia. Tres hijos en tres años”.

Sugirió, cautelosa, la empleada: “Debería usted usar alguna protección”. “La usaré -replicó el tipo-. En el próximo viaje llevaré conmigo a mi mujer”. La linda Susiflor regresó a casa después de la cita con su novio.

Le preguntó, inquieta, su mamá: “¿No se propasó contigo ese muchacho?”. “No, mami -le aseguró Susiflor-.

Lo único que hizo fue besarme mucho, incluso en la boca”. En el lecho conyugal el marido empezó a pasar la mano sobre el cuerpo de su esposa. Al principio ella se sorprendió, pues hacía tiempo -14 meses, para ser exactos- que el señor no le hacía ninguna demostración, no ya de pasional deseo, pero ni siquiera de afectuosidad. Decidió dejarlo hacer y disfrutar de aquellos roces, anuncio seguramente de lo que vendría luego.

Poco después, sin embargo, él suspendió los tocamientos. “¿Por qué quitas la mano?” -preguntó ella, que empezaba a excitarse y a respirar con marcada agitación.

Explicó el hombre: “Es que ya hallé el control remoto de la tele”... FIN.

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