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Representantes del miedo, de Trump a Milei

JUAN RUSSO

Una nueva clase política emerge en las democracias occidentales como resultado de la profunda crisis de representación post 2007-2008. Las raíces más exploradas se encuentran, al igual que sucedió en el primer trienio del siglo XX, en crisis socioeconómicas que reestructuraron el orden político mundial. Como ocurrió entonces, las alternativas de centro se esfuman, y predominan gestiones radicales, personalistas y centralizadas. En esta ocasión, líderes distanciados del control de densas organizaciones partidarias y, al mismo tiempo, simbióticos con las nuevas tecnologías, con la comunicación personalísima e inmediata de las redes. La nueva representación se convierte en una sobrerrepresentación política-teatral, con sobreactuaciones en el rechazo (o adhesión) a otros políticos o políticas. La trama inverosímil y excéntrica, típica de la opereta, es el nuevo estilo de la política occidental.

¿Qué une a estos altisonantes líderes actuales, Javier Milei y Donald Trump, que los hace ser miembros de una misma familia política? Claramente no es lo programático; Milei es proglobal, adherido a estrictas políticas neoliberales y, como tal, defiende un mix de valores tradicionalistas con libertad irrestricta de los mercados. Por el contrario, Trump es (junto con Le Pen) antiglobal, neonacionalista y favorable a un Estado proteccionista. A pesar de estos contrastes, ambos prometen la recuperación de un pasado grandioso y perdido. MAGA -Make America Great Again- es, como lo destacó el propio Trump, un lema común a ambos. Pero esta promesa, regresiva y utópica, refleja no sólo orientaciones de las nuevas élites, sino fundamentalmente cambios en las propias comunidades políticas.

Al respecto hoy se habla de policrisis, es decir una sucesión de crisis que, acumuladas, implican la agregación de sentimientos colectivos de amenazas sociales, políticas y económicas. En Estados Unidos, la crisis de seguridad del 2001 (por el atentado a las Torres Gemelas), la gran recesión económica del 2007-2008, la pandemia del Covid-19, el aumento en el consumo de estupefacientes, en particular del fentanilo; se han traducido en miedos acumulados (al terrorismo internacional, al desempleo, a la crisis sanitaria), males atribuidos por segmentos amplios de la población a actores externos. Para ello se propone protegerse levantando muros contra el terrorismo internacional y también contra los migrantes provenientes del sur del Río Grande, y presentados por Trump como criminales que destruyen lo mejor de la sociedad americana.

En Argentina, la policrisis política, social y económica, con la acumulación de crisis ocasionadas por hiper inflaciones (1989-1990-2001), crisis de gobierno (1989, 2001-2003) crisis sociales, el aumento de la pobreza a niveles inusitados en el periodo 2019-2023, y también la crisis moral de las élites, agravada por los escándalos de corrupción (inéditos en la historia argentina, por la cantidad de funcionarios involucrados y por la magnitud de los montos sustraídos) durante los gobiernos Kirchner, el aumento de la inseguridad con picos en ciudades como Rosario, y como corolario, la persistente emigración de jóvenes de clase media, expresión del pesimismo de la población sobre los nuevos horizontes en el país. El cúmulo de miedos múltiples implicó en Argentina la decepción, distancia y rechazo respecto de una clase política percibida como oligárquica, que atiende a sus propios intereses, ajena a la empatía y a la representación.

La población con miedo busca protección, y los nuevos liderazgos responden cada uno a su manera; Trump (al igual que Le Pen), con su nacionalismo promete construir fronteras seguras, Milei, en su clamorosa búsqueda de reconocimiento internacional cree encontrar un mecanismo de legitimación interna, para probar que el camino elegido (aprobado por los establishment occidentales) es un camino seguro. Ambas son formas de expresar: "yo los protejo", "conmigo están seguros".

Trump y Milei, (y también Le Pen) son miembros de la misma familia: representantes del miedo, unidos por los abismos pavorosos que se abren a los ojos de sus comunidades políticas. Los representantes del miedo constituyen una solución peligrosa para la convivencia interna y externa, y por ende, para sus democracias. En los casos de Estados Unidos y Francia, dos de las democracias liberales primigenias de Occidente, la exacerbación del miedo y (simultáneamente) la representación política de comunidades atemorizadas, realimenta el regresivo comercio de ceder libertades a cambio de seguridad, con los testigos ejemplares de El Salvador de Bukele y, a escala global, los abusos políticos durante la pandemia del Covid-19. Como muestra la historia, el miedo es una poderosa fuente de movilización política; y su persistencia, una sombra sobre el porvenir de las democracias.

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