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HUGO J. CASTRO

¿Hay probabilidad de que existan los ángeles? Es uno de los cuestionamientos que han perseguido a la humanidad, pensando que más allá de saber si hay posibilidades de vida en otros planetas, saber si la existencia no solo se puede manifestar en una capacidad de cuerpo animado, sino también de un ser puramente espiritual, que no tenga la necesidad de cuerpo y que sean los intermediarios entre Dios y los seres humanos.

Este planteamiento lo resolvió Santo Tomás de Aquino en su obra la Summa Theologiae, en la cual el doctor filosófico trata de hacer todo un desarrollo de cómo se presentan estas formas de ser, creadas por Dios y que le apoyan no para intervenir en la vida de los seres humanos, sino solo para acompañarlos.

Sin embargo, y a pesar de que tienen un entendimiento superior al ser humano, podría alguno de ellos tener, no la tentación, sino la inquietud de saber qué se siente ser una persona, alguien que puede oler, saborear, llorar, sangrar, emitir voz y sonidos, pero sobre todo tener el libre albedrío para saber a quien amar y por quien vivir. 

Esta es la idea que giró en la cabeza del director alemán Wim Wenders, quien estrenaba un día como hoy su mítica película Bajo el Cielo de Berlín (que en nuestro país se estrenó como Las Alas del Deseo, solo porque aparecen unas alas para darle transición a la narrativa y por eso llegamos a ese nombre).

Para muchos es una película majestuosa porque nos reta como espectadores para entender como todo lo que hace el ser humano tiene un elemento de elevación frente al resto de lo que conocemos como realidad, que no solo es una masa inerte que se mueve solo porque tiene piernas, sino que tiene la capacidad de ir perfilando su realidad desde el amor o desamor, para darle paso a que sus sentimientos le marquen el rumbo de su quehacer. 

La aventura de esta película es que Wenders iba creando el guion en las rodillas, es decir, lo que iba a filmar lo escribía en la noche y a la mañana siguiente lo filmaba con sus actores, por lo que no había mucho tiempo para ensayar o para preparar lo que pediría el director. Si bien había secuencias que se prepararon con antelación, la mayoría del guion fue surgiendo al momento. 

Es por ello que la actuación del grande Bruno Ganz y la icónica Solveig Dommartin, dan vida a un poema fílmico capaz de mover las fibras más íntimas de los espectadores. Ganz es el ángel Damiel, quien al estar observando a las personas que viven en Berlín junto a su compañero Cassiel, interpretado por Otto Sander, se cuestionan qué se sentirá vivir con pasión o en la rutina, que curiosamente en los seres humanos es cambiante.

En este cuestionamiento que vive Damiel, se encuentra a Marion (Dommartin) que es una equilibrista de un pequeño circo ambulante, que está instalado en la capital alemana, pero que pronto tendrá que dejar. Damiel queda impactado por los cuestionamientos existenciales de Marion, que no se opone o se enfrenta a Dios, sino que entiende que la vida es una experiencia capaz de llevarnos al sitio que queramos y no solo a ser siervos obedientes. En eso aparece la figura del actor estadounidense Peter Falk, popular a nivel mundial (y más en Europa) por su personaje del detective Columbo.

Llega a Berlín para hacer una película sobre la segunda guerra mundial, tocando un tema complicado en ese momento para este país, que aun permanecía en el encierro del muro físico y mental, resultado de esta pugna. Falk solamente es el actor, quien sabe que hay una existencia que desearía vivir, lo que es ser humano, y que lo invita a lanzarse a esa aventura, ¿qué se puede perder?

Y así esta historia marcó un hito en la historia del cine alemán y mundial, tanto que luego inspiró para que se hiciera La Ciudad de Ángeles o en nuestro país Un Ángel Enamorado, con Nicolas Cage y Meg Ryan (ay, los noventa como duelen), con resultados diametralmente opuestos. 

Es bueno volver a ver la filmografía de Wenders que sigue vigente, su último trabajo fue Días Perfectos, que es un cine contemplativo a pesar de la cotidianeidad. Pero también él nos regaló otra gran obra París, Texas, la cual merece otro espacio y una reflexión digna.

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