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Paren la reforma del Poder Judicial

JOSÉ SANTIAGO HEALY

Como ya lo dijo Winston Churchill "la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado".

Con esta afirmación el político inglés nos recuerda que la democracia está muy lejos de la perfección y prueba de ello son los tiempos turbulentos que viven infinidad de países libres y con sistemas democráticos.

La democracia, entendida como una forma de gobierno en la que los ciudadanos eligen a las personas que habrán de gobernar, no ofrece por desgracia un éxito asegurado.

¿Cuántos presidentes, gobernadores o alcaldes que ganan una elección por amplio margen resultan a la postre pésimos gobernantes y algunos además corruptos, autoritarios e incompetentes?

No es cierto, pues, como repite una y otra vez nuestro presidente desde Palacio Nacional que el pueblo es sabio y siempre tiene la razón.

En contraste han existido gobernantes con baja popularidad que apenas ganan una elección pero que logran dirigir una país o estado con un éxito y efectividad inusitadas.

En naciones como México, cuyo sistema democrático está en pañales, se han vivido experiencias desastrosas durante algunos periodos de gobierno, pero al final del día hay que reconocer que con todo y altibajos tenemos un sistema de libertades con transiciones de poderes legales a partir del año 2000.

Pero volviendo a Churchill la democracia es por así decirlo el menos malo de los sistemas de gobierno y por ello debe aplicarse en áreas de gobierno especificas más no en cualquier actividad pública.

Esto viene a cuento porque imponer un sistema de elecciones a través de ciudadanos en la esfera del Poder Judicial mexicano es no solamente arriesgado, sino una acción disparatada e ingenua.

Lo escribió con claridad Luis Carlos Ugalde, ex director del hoy Instituto Estatal Electoral: "López Obrador ha señalado que se necesita una reforma judicial para acabar con el influyentismo y la corrupción del Poder Judicial. Pero siempre dice que la medida más importante, casi la única, es que el pueblo elija a los ministros, magistrados y jueces".

Y remata Ugalde en su reciente artículo en Reforma: "Ninguna mención a la carrera judicial, ni al funcionamiento muy deficiente de las policías investigadoras, de las fiscalías y de los ministerios públicos".

En efecto, de poco o nada servirá elegir a los funcionarios del Poder Judicial si antes no se establecen requisitos y criterios sólidos además de una capacitación integral de otros elementos claves de la justicia como los investigadores, fiscales y ministerios públicos.

La verdad es irrisorio pensar que por el hecho de elegir por la vía del voto a los jueces, ministros y magistrados, la justicia mexicana se salvará de la corrupción y la mediocridad.

La propuesta de AMLO que ha retomado la presidenta electa Claudia Sheinbaum es a todas luces política y dogmática. En el fondo los morenistas desean tener un Poder Judicial a modo como pronto ocurrirá en el Congreso con la cámara de diputados y la de senadores.

El catedrático de la Universidad de Stanford, Larry Diamond, afirma que elegir a los jueces por el voto popular representa la puerta ideal para la injerencia del crimen organizado.

El Poder Judicial -sostiene- no debe estar sujeto a las pasiones populistas de los legisladores y sus líderes y advierte que el plan presidencial es "sumamente peligroso" porque reducirá la rendición de cuentas y la capacidad del sistema para impartir justicia y combatir el delito.

López Obrador y Claudia Sheinbaum están a tiempo de suspender su proyecto suicida y analizar otras estrategias para modernizar al Poder Judicial mexicano.

Si efectivamente la elección vía el voto popular de jueces y magistrados fuera la solución, ¿por qué entonces no hacemos lo mismo para designar a los oficiales del Ejército, a los jefes de las policías y en un descuido hasta a los directores de escuelas y los rectores de universidades?

El camino, pues, no es siempre la democracia y menos cuando sabemos de sus limitaciones y desvíos.

VAYA DILEMA…

Por su ambición desmedida de poder, el presidente Joe Biden encara hoy un grave dilema: renunciar a su plan de reelección o seguir adelante con todo y su avanzada vejez. En ambos casos el triunfo de los demócratas se ve difícil porque un nuevo candidato no podrá en tres meses superar a Donald Trump. Quizás la mejor opción sea reforzar la candidatura de Biden con un compañero de fórmula sólido quién podría saltar a la Casa Blanca en caso necesario si los demócratas ganan en noviembre.

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