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La palabra Eucaristía

Jesús S. García

Los misterios contenidos en el evangelio son inagotables, tenemos casi dos mil años escarbando y escarbando con explicaciones, pero nunca tocaremos fondo porque su riqueza es enorme. Ahora que es jueves santo, le propongo una reflexión, que me parece muy pertinente, sobre una palabra.

En la edad media y hasta la mitad del siglo veinte a la celebración eucarística se le llamó Misa. Esta palabra procede de lo que se decía al final del rito: "Ite, misa est", para expresar algo así como: "ya váyanse, pues ya hice lo que me mandaron a hacer". Con esto podemos entender que al sacerdote le encomendaron la celebración de la eucaristía en la comunidad que estaba visitando.

Esta designación de un misterio tan profundo resultó muy pobre para quienes trataban de entender lo contenido en aquella ceremonia, por ese motivo regresamos al nombre original que le fue dado en las cartas de San Pablo y en el libro de Los Hechos de Los Apóstoles: Eucaristía.

Tradicionalmente cuando varios autores hablan sobre el significado de eucaristía, traducen la palabra griega Jaris por acción de gracias, basados en el uso de autores ajenos al cristianismo, como Hipócrates, Demóstenes y Polibio, pero aquí lo desglosamos atendiendo a su significado en el Nuevo Testamento.

Al escrutar el contenido de esta palabra no encontramos el agradecimiento de parte de quien recibe un beneficio, la traducción del vocablo griego Jaris por gracia nos da una connotación de algo que se recibe sin merecimiento alguno de parte del beneficiario o receptor.

Además, si atendemos al significado del compuesto griego en la palabra eucaristía, nos encontramos con situaciones diversas a las arriba anotadas, pues según los conceptos contenidos en los libros del Nuevo Testamento podemos entender por Jaris la cercanía amorosa de Dios hacia el ser humano ya sea como ente individual o como ente colectivo. Como el lector puede notar, la acción de gracias va en un sentido: del receptor hacia quien le da el beneficio, pero éste no es el concepto que encontramos en la palabra griega Jaris, que se refiere más exactamente a la acción de quien otorga el beneficio y no al revés.

El evangelista San Juan en el prólogo a su evangelio nos dice que por la encarnación del Hijo de Dios los hombres recibimos gracia (Jaris) sobre gracia, repetidamente, porque él concibe la Jaris como el beneficio de lo bueno, así de redundante.

Lo mismo sucede con el concepto, y su correspondiente designación verbal con la eucaristía, palabra proveniente del adjetivo griego eu, cuyo significado es bueno, y el sustantivo Jaris, ya explicado someramente aquí.

La Jaris como el acercamiento de Dios hacia el hombre automáticamente tiene que ser buena, pero se le añade el prefijo como redundancia para expresar algo abundante, rebosante, cuantioso.

Entonces la eucaristía es, más que una acción de gracias de parte de los beneficiarios, una acción de la divinidad para acercarse a los humanos de manera abundante, por la redundancia ya explicada.

En este misterio cristiano, Dios se entrega al hombre en las formas de pan y vino, para que quien lo recibe lo coma, lo integre a su cuerpo totalmente, de modo que comensal y alimento se vuelven el mismo sujeto, Dios se introduce en el sujeto recipiente hasta convertirse en células de su organismo, se hace parte de él. Misterio insondable y verdaderamente bello.

Y fue un día como hoy que Nuestro Señor instituyó este sacramento, cuando llegó como un convicto, como un condenado y con toda la iniquidad de la ley a reunirse con los suyos. Los textos del Nuevo Testamento nos dicen que Jesús asume el momento como propicio para consolidar la nueva doctrina con una concreción: el cuerpo y la sangre, es decir, encuentra el símbolo eterno donde se resumirán sus enseñanzas y, sobre todo, emergerá el perdón y la entrega al prójimo en todos sentidos. Con este misterio El Redentor nos da el ejemplo, pues se entrega a la humanidad todo Él, en cuerpo y sangre, y permanece con nosotros hasta el final de los tiempos.

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