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Impera la tozudez en materia de seguridad

JOSÉ SANTIAGO HEALY.-

Pocos presidentes mexicanos han sido tan obcecados, negligentes y negadores como es el caso de Andrés López Obrador.

En sus cinco años de gobierno son muy escasas las ocasiones en las que el mandatario ha reconocido errores, fracasos o tropiezos de su régimen.

Pero es en el caso de la inseguridad y la violencia donde más se agudiza este terrible defecto del político tabasqueño.

En cuestión de días el conteo de homicidios dolosos en el actual sexenio llegará a los 180,000 casos, cuando en el gobierno de Peña Nieto ascendieron a 150 mil y con Felipe Calderón a los 122 mil homicidios.

En este sexenio se habrían superado los 200 mil homicidios, pero como concluirá dos meses antes de lo acostumbrado, es decir el próximo 30 de septiembre, la cifra rondará los 190 mil asesinatos lo que de todas formas significará un nuevo récord sexenal.

A decir del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal siete ciudades mexicanas se colocaron entre las diez a nivel mundial con mayores homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes.

La ciudad de Colima, Colima -antes ultra apacible-ocupa el primer lugar en este ranking con una tasa de 140.32 homicidios mientras Ciudad Obregón, Sonora, se ubicó en el segundo puesto y le siguen Puerto Príncipe, Haití; Zamora, Michoacán; Manzanillo, Colima; Tijuana, Baja California; y Zacatecas, Zacatecas.

La lista concluye con Guayaquil, Ecuador; Mandela Bay Sudáfrica; y Ciudad Juárez, Chihuahua, la séptima ciudad mexicana de esta clasificación.

Estos dos datos -la cantidad de homicidios dolosos en el sexenio y la alta criminalidad en siete ciudades mexicanas-serían suficientes para que un gobierno emprendiera una nueva y efectiva estrategia para contener este gravísimo fenómeno que agobia a los mexicanos desde hace muchos años.

La negación constante y tozuda de López Obrador es inexplicable además de inaceptable a estas alturas del sexenio cuando está de sobra comprobado el fracaso del régimen en este rubro.

Es verdad que este gobierno no es el culpable de la violencia que data de varios sexenios atrás, pero si es responsable de no hacer lo suficiente y necesario para combatirla.

El diagnóstico del régimen está equivocado desde su origen. La violencia en México no se debe a la desigualdad social, si así fuera se habrían registrado peores índices en décadas anteriores.

Desde luego afecta la pobreza, pero no es la principal causa. Los expertos apuntan a los siguientes elementos: la impunidad, la corrupción, la violencia intrafamiliar, presencia de pandillas y delincuencia, el tráfico de drogas y armas, cultura de ilegalidad y ausencia de autoridad, entre las principales.

En México ocurrió lo siguiente: el crimen organizado que manejaba drogas como la mariguana y la heroína para exportar se empoderó en los años 80 cuando la cocaína se convirtió en el producto de moda.

Estados Unidos combatió las rutas de exportación del Caribe, pero descuidó a México de tal manera que los cárteles locales tomaron el control, el poder y la riqueza del contrabando de cocaína.

Desde entonces lo dominan en el país y en buena parte del hemisferio, además agregaron otros negocios como el fentanilo, el cobro de piso, el tráfico humano, venta de armas y los secuestros.

Estamos ante grupos poderosos que se dividieron el control de estados y regiones del país por lo que resulta por demás ingenuo combatirlos con abrazos en lugar de una estrategia integral e inteligente elaborada por el único ente capaz de enfrentarlos: el Estado mexicano.

Pero no ocurrió así en este sexenio gracias a la desidia de López Obrador lo que ocasionó simple y sencillamente que los cárteles mexicanos incrementaran su poderío. ¿Hasta cuándo?

NOTICIAS, NOTICIAS…

Ahora si que Morena se voló la barda, de las encuestas controvertidas se pasó a una tómbola para seleccionar a sus candidatos plurinominales para el Senado y la Cámara de Diputados donde curiosamente los ganadores fueron personajes influyentes como Américo Villarreal, hijo del gobernador de Tamaulipas, y José Ramiro López Obrador, nada más y nada menos que el hermano del principal huésped de Palacio Nacional. ¡Que viva la democracia!

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