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El colapso del PRIAN

Gerardo Hernández

A la oposición y a sus mecenas nada le funcionó el 2 de junio. La alianza PRI-PAN-PRD, promovida por intelectuales, escritores del statu quo y el empresario Claudio X. Gonzalez -condiscípulo del expresidente Felipe Calderón y Margarita Zavala en la Escuela Libre de Derecho-, perdió la mayoría de los cargos (diputaciones, senadurías, gubernaturas y alcaldías). La candidatura de Xóchitl Gálvez no entusiasmó. Tampoco dieron resultado la campaña de miedo y el bombardeo mediático contra el presidente López Obrador. La mayoría de los ciudadanos cerró los oídos a la estridencia y emitió su voto en la intimidad de las urnas.

El PAN, PRI y PRD -citados en orden de registro y de cargos obtenidos- no habían tenido un fracaso más rotundo desde su fundación. Pues esta vez ni juntos pudieron acercarse al bloque ganador Morena, PT y Partido Verde. Compuesta en el pasado por fuerzas antagónicas, la vieja partidocracia no le sumó ideas, compromisos ni votos a Gálvez; al contrario, lastró su campaña con escándalos, venalidad y estrechez de miras. El único líder salvable de la oposición es quizá Jesús Zambrano por su trayectoria y sus luchas democráticas. Cabeza de un partido sin cuerpo ni espíritu, Alejandro Moreno abusó del poder como gobernador de Campeche igual que Rubén Moreira en Coahuila. El PRI debe a ellos la humillación del 2 de junio. Marko Cortés (PAN) es tan necio y cínico que exhibió el acuerdo con el PRI de Coahuila donde negociaba el voto ciudadano a cambio de alcaldías, diputaciones, notarías y prebendas.

Nadie con dos dedos de frente pensaría que los partidos con mayor rechazo entre la población captarían más votos que en la elección presidencial previa solo por ir juntos. El batiburrillo provocó el efecto bumerán. Si la apuesta era por la desmemoria de un país agraviado por la injusticia, la corrupción en las altas esferas del poder (político y económico) y los privilegios, el castigo en las urnas fue mayúsculo. Los mexicanos no olvidan los años de explotación, represión e injusticia. López Obrador está lejos de ser el estadista que fueron sus admirados Juárez, Madero y Cárdenas, pero concitó el apoyo mayoritario y a muchos les abrió los ojos. El país avanza, así sea a tumbos, con nuevas políticas sociales y económicas.

Mientras sus detractores lo crucificaban y clamaban regresar al «orden» previo, se aferraban a los dogmas del mercado y desde sus pedestales profetizaban la ruina de México y el fin de las libertades, AMLO mantuvo el timón y defendió la 4T contra viento y marea. El «ignorante» leyó mejor la realidad del mundo y del país que los tecnócratas y neoliberales, quienes, a partir del Gobierno de Salinas de Gortari, empobrecieron a millones de mexicanos y postraron al Estado frente a las élites nacionales y extranjeras. El triunfo de Claudia Sheinbaum y de Morena no es fortuito. Responde a las nuevas circunstancias políticas. Las grandes mayorías ya no están dispuestas a soportar más sacrificios mientras la riqueza se concentra cada vez en menos manos. El fenómeno es mundial.

Comprender la situación actual sin orejeras, en vez de mirar hacia otro lado o de aislarse en burbujas que tarde o temprano estallarán; prestar atención a los jóvenes, cuyo futuro es hoy más incierto por falta de trabajo y de una movilidad social limitada; ver la democracia como lo que es, un sistema imperfecto, pero el más estable; y aceptar que las cosas no pueden continuar como hasta ahora, puede ahorrar crisis y conflictos. En una sociedad global alienada por la tecnología, entregada al consumo e insolidaria, el humanismo y la justicia se abren paso.

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