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De Política y Cosas Peores

ARMANDO CAMORRA 

Ya he hablado aquí de doña Josefina, pero aún queda mucho qué decir de ella, pues era mujer robusta y de estatura aventajada. Dueña del restorán “Guadalajara”, uno de los más populares de mi ciudad, Saltillo, ofrecía a su clientela un caldo de cocido -así se llama por acá el puchero de res- que no tenía parigual, porque al recaudo usual de papa, repollo, zanahoria, betabel y elote añadía trozos de manzana o membrillo, a más de ubre de vaca y abundancia de huesos tutaneros, que así nombraba a los de rico tuétano que en una tortilla y con una pizca de sal constituía manjar paradisíaco en tiempos en que las palabras “triglicéridos” y “colesterol” eran desconocidas incluso por los médicos. Dos hijos tenía doña Josefina. El uno era abogado, cosa no rara en una ciudad en la que en cada esquina había uno, como ahora Oxxos. El otro, éste sí caso extraordinario, era bailarín de ballet, y formaba parte del Nacional en la Capital de la República. Los amigos del bailarín le afeaban a doña Josefina el hecho de tener un hijo licenciado, y los colegas del jurisconsulto hacían burla solapada de la buena señora por tener un hijo danzarín. A nadie le das gusto nunca. “Pon tu nombre en juego; unos dirán que es blanco y otros que es negro”. En alguna ocasión escribí de cómo el Municipio determinó ampliar la calle de Aldama, en la cual se hallaba la fonda de doña Josefina. Para el efecto ella debía ceder a la comuna tres metros del frente de su restorán, cuyo fondo tenía no más de seis. Se negó entonces a hacer la tal dación, y su hijo el licenciado - no el bailarín- le tramitó un amparo que detuvo en su finca la piqueta que había ya demolido los frentes de las otras propiedades. Así, sólo quedó integérrima, incólume e impávida la de doña Josefina, por virtud de aquel inviolable recurso en que brillaba la majestad de la justicia. Sucedió por esos días que en Saltillo se abatió una tromba. Tres días seguidos con sus noches estuvo llueve y llueve. En ese entonces todas las casas de la ciudad eran de adobe, o sea de tierra, el mismo material de que estamos hechos los humanos, y muchas se vinieron abajo, reblandecidos sus muros y sus techos por la lluvia, entre ellas las dos situadas a un lado y otro del restorán Guadalajara, que quedó en pie integérrimo, incólume e impávido, como ya tuve el honor de decir líneas arriba. Evoco el comentario que con triunfal acento hizo don Antonio Guerra y Castellanos, maestro mío en la Escuela de Leyes. “¡Aprendan! -clamó, sonoro, desde su sitial de catedrático-. ¡Hasta la naturaleza respeta el amparo!”. Ningún respeto por él, en cambio, muestra ahora López Obrador. El amparo es una institución jurídica nuestra, aportación de México al campo del Derecho tan valiosa como las más importantes hechas por juristas del más elevado rango: Kelsen, Planiol, Calamandrei u Oliver Wendell Holmes. A López, sin embargo, no se le debe ir con el cuento de que la ley es la ley. Él se ha pasado siempre el orden jurídico por donde Petra se pasa el peine, con perdón por el bajo vulgarismo, y sistemáticamente ha mandado al diablo las instituciones. Ahora pretende lesionar los derechos que del amparo derivan para defensa y protección de las personas contra la fuerza del Estado. Una rabiada más del caprichoso autócrata, que mira cerca el final de su malhadado régimen y tira sus últimas patadas a la legalidad. Pediré a San Ivo, patrono celeste de los abogados -hasta los abogados tienen patrono celestial-, que llegue pronto el día en que el admirador y émulo de Chávez, Maduro, Ortega y Díaz-Canel deba irse a su rancho de expresiva y adecuada denominación . FIN.

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