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¿Probamos?

Se parte del supuesto que los hombres, sólo por nacer hombres, son capaces de gobernar. Y, por el contrario, las mujeres, sólo por nacer mujeres, no lo somos.

¿Probamos?

¿Probamos?

CECILIA LAVALLE

¿Está preparado México para que lo gobierne una mujer?, me pregunta el reportero. Le cambio la pregunta, contesté, ¿está preparado México para que lo gobierne otro hombre?

Permítame aclarar que de ninguna manera creo que el sólo hecho de ser mujer te haga mejor o peor que un hombre. El sexo con el que nacemos no determina si tendremos honestidad, respeto por los derechos humanos, empatía, inteligencia. Nada. No determina nada. Pero muchísimas personas sí lo creen.

No es algo nuevo. En la Antigüedad y en la Edad Media se sostuvo que el sexo con el que se nace viene en paquete con una serie de cualidades y aptitudes. Sin embargo, esas ideas comenzaron a cuestionarse desde el siglo XVII. Leyó bien: siglo diecisiete.

En esa época, se plantea que teníamos inteligencia, Razón (así, en mayúscula), lo cual abrió la puerta a poderosos conceptos como: igualdad, libertad, universalidad, ciudadanía y a la democracia moderna, que terminaba con la creencia de que el gobierno le correspondía a una familia (el rey y su descendencia o parentela masculina) por designio divino.

Y ahí estaban mujeres pariendo también esas ideas. Marie le Jars de Gournay, con su texto Sobre la igualdad de hombres y mujeres (1622), critica la jerarquía sexual desarrollada a partir de la falta de formación y conocimientos de las mujeres (recordemos que teníamos prohibido aprender a leer y escribir).

Años más tarde, François Poullain de la Barre, proclama que “la mente no tenía sexo” (1673) y que, salvo diferencias genitales, no había ninguna diferencia sustancial entre los sexos.

Eso abrió un debate que, por increíble que parezca, llega a nuestros días. Y aparece con toda claridad cuando una mujer, la que sea, se postula para gobernar lo mismo un municipio, un estado, un país o una empresa.

Se parte del supuesto que los hombres, sólo por nacer hombres, son capaces de gobernar. Y, por el contrario, las mujeres, sólo por nacer mujeres, no lo somos.

Por eso, nadie se preguntó si después de Hitler deberíamos dejar un gobierno en manos de un hombre. O después de Mussolini o Stalin o Trump o… piense usted en cualquier apellido de gobernantes mexicanos.

Sin embargo, basta que una mujer tenga posibilidades de llegar al poder para que surja la pregunta. Y en México ahora surge a menudo, porque obligamos legalmente a la paridad (2014) y ensanchamos el camino con la paridad en todo (2019), que obliga a los partidos políticos a postular por igual mujeres y hombres a gubernaturas.

Lo que hay de fondo en esa pregunta y en muchos cuestionamientos que se hacen a las mujeres que quieren gobernar (o que ya gobiernan), es que no se termina por reconocernos como iguales. Igualmente humanas. Igualmente personas.

Porque, si partiéramos de la idea de que somos igualmente humanas que los humanos, daríamos por supuesto que podemos ser tan buenas o tan malas, tan honestas o tan corruptas, tan capaces o tan incapaces como cualquier señor que aspire a gobernar.

Pero, si se insiste en pensar que el sexo es lo que define la capacidad para gobernar, diría que: a) la evidencia en nuestro país muestra lo contrario, y b) aunque sea para variar, a partir de ahora todos los cargos de poder deben quedar en manos de mujeres, hasta que la evidencia muestre lo contrario. ¿Probamos?

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