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Origen no prehispánico del Día de Muertos

En los reinos de Castilla, Aragón y León se preparaban panes y dulces con forma de huesos, cráneos y hasta esqueletos con azúcar rosada para la celebración de Todos los Santos.

Origen no prehispánico del Día de Muertos

Origen no prehispánico del Día de Muertos

DR. ENRIQUE SADA SANDOVAL

Como mexicanos, a muchos no han dicho en algún momento que la tradición de honrar y recordar a nuestros muertos —con altar, pan y hasta día específico el 1 de noviembre— es una costumbre exclusivamente nuestra, de origen prehispánico, pero no es así: el Día de Muertos tiene profundas raíces cristianas y está relacionado con la tradición católica europea.

Según la doctora Elsa Malvido, fallecida en 2011, investigadora de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el altar de muertos, los panes con formas de hueso y las calaveras de azúcar son tradiciones profundamente cristianas de la Europa medieval: “De ninguna manera, como se nos quiere hacer creer, representan resabios de la cultura indígena mexicana", afirmó en un boletín difundido por el INAH.

De hecho, los mexicas recordaban a sus muertos en el Xócotl Huetzi, del 24 de agosto al 13 de septiembre, cortando un árbol de xócotl al que quitaban su corteza para adornarlo con flores: alrededor de éste desollaban mujeres, decapitaban niños, sacrificaban prisioneros con animales, realizaban danzas frente al fuego toda la noche y llamaban a sus muertos desde los techos de las casas.

En cambio, el altar y el pan de muertos son de origen europeo medieval. El pan proviene de Europa, y el pan de muerto es representación de la Eucaristía, agregada por los evangelizadores novohispanos a las celebraciones entre 1530 y 1600.

Fue el papa San Gregorio III en el año 741 quien oficializa como Fiesta el Día de todos los Santos y todas las Almas el 1 y 2 de Noviembre, en memoria de los mártires macabeos del Antiguo Testamento, siendo popularizada por el abad de Cluny en Francia con un enorme altar para exhibir varias reliquias de santos como huesos, cráneos, ropa o tierra donde fueron sepultados.

Durante esta fiesta se realizaba una peregrinación de templo a templo, llegando hasta la Catedral para ganar indulgencias visitando reliquias, mientras en el camino se compraban pan o dulces de azúcar con forma de reliquia que al final eran bendecidos por el sacerdote para que los feligreses los colocaran junto al santo familiar, en la mesa de su hogar.

En los reinos de Castilla, Aragón y León se preparaban panes y dulces con forma de huesos, cráneos y hasta esqueletos con azúcar rosada para la celebración de Todos los Santos, a los que llamaban alfeñiques, y esta costumbre se exportó de la Vieja a la Nueva España.

Aquí en México también los cristianos recorrían la mayor cantidad de altares para ganar indulgencias ante Dios y la intercesión de sus santos y fieles difuntos ante él: antes de entrar a la Catedral Metropolitana, los feligreses compraban un pan o un dulce de azúcar con forma de reliquia, mismos que el cura bendecía y que finalmente colocaban en casa en una mesa junto con el santo familiar y varias frutas.

En cuanto al mito de su “origen indígena” que tanto se nos vende hasta hoy, la académica remata señalando como culpables al sistema político mexicano y sus “intelectuales” a sueldo bajo el régimen cardenista: “Seguir pensando que el Día de Muertos es una tradición de origen prehispánico significa que no entendimos nada, puesto que es profundamente romano”, remató la doctora Malvido, subrayando que el mito de su “origen precolombino” fue inventado por el gobierno en la década de 1930.

Por ende, de indígena no tiene nada esta fiesta más que las mentiras impuestas por el falso nacionalismo posrevolucionario en su intento de aztequizar y centralizar, mezquinamente, toda la cultura del país (lo cual no está para presumirse).

Ése es el origen del Altar de Muertos, mismo que se acostumbra en otros países. En Sicilia, Italia, se cree que los familiares visitan el hogar; tradición religiosa que proviene de una antigua tradición romana, misma que como herencia española también heredamos y que en consecuencia —y con no menos orgullo— nos pertenece a los mexicanos.

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