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La deserción y la terna

JESÚS SILVA-HERZOG

Hay que volver a hablar de la Suprema Corte porque en su conformación se juega la sobrevivencia de los equilibrios. Esta semana se desenvolvió el último regalo que Arturo Zaldívar le entregó al presidente López Obrador. Como se ha comentado ampliamente, el ministro dio el portazo al máximo tribunal para treparse a la campaña de Claudia Sheinbaum sin siquiera esperar a que su renuncia hubiera sido aceptada por el presidente y votada por el Senado. El escándalo no podría ser mayor: un juez constitucional en funciones despachando abiertamente como asesor de partido.

La candidata morenista se retrata al incorporar a su equipo a un hombre que carece del elemental decoro institucional. Tengo la impresión de que no se ha apreciado la dimensión del insulto de Zaldívar. Me preocupa que la aberración se olvide pronto en la rutina de nuestra política de escándalos. El símil deportivo ayuda, tal vez, a darle la magnitud que merece. Sin que el partido de futbol haya acabado-estando, digamos, en el minuto 80-- el árbitro tira el silbato y corre para brincar a la porra. Ya con el uniforme de uno de los equipos del torneo hace breves declaraciones. Me he dado cuenta de que ya no sirvo mucho para ayudarle a mi club favorito. Estoy aburrido y no quiero terminar el partido. No quiero seguir simulando imparcialidad con mi uniforme negro, por lo que he decidido ponerme de inmediato los colores del club con el que siempre he simpatizado. Si tenían sospechas de que le iba al América, tenían razón. De inmediato, ese silbante que aún no recibe confirmación de su retiro por parte de la comisión arbitral, grita con furia la porra de su equipo y maldice al equipo contrario. Una abominación inconcebible.

¿Alguna persona que disfrute y respete el futbol podría aceptar una conducta de este tipo? Quien no sienta intensa repugnancia por el salto de Zaldívar exhibe su desprecio por las pautas elementales del juego democrático. Sigamos con el símil futbolero. Aún el equipo que recibiera al intempestivo porrista debería sentir algún escrúpulo. Hace cinco minutos este hombre decía que era árbitro. Lo sigue siendo formalmente, y ya agita la matraca para apoyarnos. La bienvenida de Sheinbaum a Arturo Zaldívar es prueba de una convicción antidemocrática. La justicia es acatamiento de nuestra voluntad. La separación de poderes es el truco de los conservadores para obstruir la marcha del pueblo. La acogida a Zaldívar muestra su persuasión antidemocrática porque la democracia no es solamente el poder de la mayoría sino el procesamiento de esa voluntad de acuerdo al método, a las normas, a las garantías de la ley. Lo que ha hecho la candidata morenista es premiar el ultraje de Zaldívar al poder judicial incorporándolo a su equipo. ¿Qué respeto por la división de poderes muestra una política que le da la bienvenida a quien se burla de las formas elementales de pudor constitucional?

El asesor de López Obrador se ha convertido en asesor de Sheinbaum. Y la primera contribución del consejero a la campaña de la morenista es despojarla un nombramiento crucial, si gana la presidencia. ¿Por qué premiar a quien, objetivamente, ha mermado el poder al que aspira? ¿Por qué incorporar a su campaña a quien le arrebata una carta trascendente? A la siguiente administración correspondía formular la terna para llenar la vacante judicial. La deserción de Zaldívar da al presidente saliente capacidad para seguir moldeando al tribunal como una delegación de su poder. A nadie puede sorprender el cinismo de su criterio. Quiere ministras leales, no independientes. Las quiere fieles, no experimentadas. Lo había avisado. Al presidente no le interesa tener en la Corte a una abogada competente que haya logrado innovar desde el poder judicial; no le interesa una jurista de izquierda con trayectoria académica que pudiera impulsar una renovación de la interpretación judicial. Quiere un cordón para replicar su voluntad en la Corte.

La terna para la Suprema Corte es caligulesca. Un poder que no argumenta, un poder que no pretende más justificación que su propia voluntad puede nombrar a un caballo senador o a una militante de partido como jueza constitucional. Mi capricho basta. Quiero a mis leales en la Corte y punto.

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Escrito en: Jesús Silva-Herzog Editorial Jesús Silva-Herzog

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