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Gertrudis Blues, canto femenino en el pueblo mascogo

En este documental, Mamá Guechu habla en pasado de ciertas tradiciones, dejando claro que ya no se llevan a cabo. Recuerda con añoranza que anteriormente cada semana había bailes en los que se cantaba, tomaba y preparaba pan de mortero.

Gertrudis Blues, canto femenino en el pueblo mascogo

Gertrudis Blues, canto femenino en el pueblo mascogo

ANA SOFÍA MENDOZA DÍAZ

La voz profunda de Gertrudis Vázquez emite una melodía alegre, no sin ciertas reminiscencias de melancolía, o tal vez nostalgia, mientras el sol se oculta en Múzquiz, Coahuila, y tiñe el cielo de tonos rosados. La canción continúa, tejiendo imágenes del poblado de negros mascogos del que la mujer de 85 años llegó a ser matriarca. Cabras, hombres a caballo, niños jugando, casas de adobe y estufas de leña sintetizan la vida cotidiana de la comunidad. Una puerta se abre y la anciana da un paso hacia el exterior. “Soy negra, fea, pero claridosa”, dice, y con esas palabras da inicio a su historia, inmortalizada en el documental Gertrudis Blues (2003), dirigido por la saltillense Patricia Carrillo.

El cortometraje, ganador de 15 premios nacionales e internacionales (incluida una prenominación al Premio Oscar), se encauza hacia la inminente pérdida de los tradicionales cantos mascogos. En el momento en que fue filmado, sólo unas cuantas mujeres conservaban en su memoria las letras y las melodías que habían pasado de generación en generación.

“Sí va a ser muy difícil pa’ que lo canten porque tiene que tener uno su tonada, su voz, que suene y que dos la levanten y dos o uno la baje”, expresa la matriarca en el documental.

Además de las dificultades técnicas de vocalización, en aquel entonces Patricia Carrillo atestiguó la falta de interés por los más jóvenes hacia esta y otras manifestaciones culturales de la población afrodescendiente.

“Sentían algo de vergüenza por su cultura, por su origen, algo que no debería ser; pero, debido al racismo que vivieron por muchísimo tiempo, creo que era algo natural”, detalla para Siglo Nuevo la cineasta, a quien le llegaron a compartir anécdotas de burlas racistas por parte de personas externas a la comunidad.

El racismo al que se refiere la documentalista es aquel que han padecido por siglos todas las poblaciones que fueron sometidas y esclavizadas en el continente americano, ya fuera debido a la Conquista española o a la expansión norteamericana liderada por los colonos ingleses. En el caso de los mascogos, se trata de una combinación de ambas. Conocer su pasado remoto arroja luz sobre el pasado reciente que muestra el cortometraje.

DIÁSPORA AFRICANA DE FLORIDA A COAHUILA

El surgimiento de este pueblo originario se remonta al siglo XVIII en Florida, que entonces estaba ocupado tanto por ingleses como por españoles. La esclavitud no estaba extendida en esa zona, por lo que durante un tiempo fue refugio de los seminolas, una tribu de nativos rebeldes, así como de los africanos que escapaban de la plantaciones aledañas. Estos grupos se mezclaron, dando lugar a la población mestiza conocida como “seminolas negros”, quienes al llegar a México fueron nombrados mascogos.

En 1818 los esclavistas ocuparon el territorio, y un centenar de seminolas, africanos y mestizos se dieron a la fuga. Treinta años después alcanzaron la frontera mexicana. Todavía del lado estadounidense, los granjeros del lugar les ofrecieron comida y refugio a cambio de asesinar a los miembros de la tribu kikapú. Sin embargo, estos los convencieron de unirse a ellos y huir a México, donde la esclavitud ya había sido abolida.

En Gertrudis Blues, una mujer del pueblo lo resume así: “Ellos (los mascogos) fueron esclavos de los gringos, y los gringos les daban órdenes a ellos para que mataran a los kikapú. [...] En la orilla de la frontera hubo un niño kikapú que vio al jefe de los negros y les dijo ‘ya no nos maten’. Entonces este negro fue conmovido y es como huyen juntos”. Desde entonces, ambos grupos tienen una relación estrecha que se refleja en que, por ejemplo, Gertrudis conocía palabras de la tribu nativa, como kechikeha (harina) o macatena (negro).

Precisamente es gracias a ese vínculo que Patricia Carrillo supo de la existencia de los negros mascogos cuando era niña. Su abuelo era amigo de Papicuano, líder de los kikapús, con quien había trabajado en Estados Unidos. Un día la llevó a visitar a la comunidad, y el contacto sería recurrente a partir de entonces. Más adelante, la joven entabló amistad con Chakoka Anico, el nuevo jefe de la tribu, quien a su vez era cercano a Mamá Guechu, como era llamada cariñosamente doña Gertrudis. Cuando la conoció, la joven supo de inmediato que la historia de esa mujer y su pueblo debía ser contada por alguien. Una vez que la cámara se convirtió en su herramienta principal, volvió a esas tierras para que la propia matriarca, unos años antes de su muerte, narrara aquello que había cautivado a Patricia desde un inicio.

PRESERVACIÓN DE LA MEMORIA MASCOGA

De forma sutil, el documental entrelaza la vida de Gertrudis con la de la comunidad entera. De la misma manera en que ella se acerca a la muerte sin haber dejado descendencia y con una hermana como única familia, la cultura mascoga se acerca progresivamente a la desaparición y, además, se enfrenta a las arrasadoras sequías de la zona.

Mamá Guechu habla en pasado de ciertas tradiciones, dejando claro que ya no se llevan a cabo. Recuerda con añoranza que anteriormente cada semana había bailes en los que se cantaba, tomaba y preparaba pan de mortero.

Patricia Carrillo Carrera. Imagen: Festival Internacional Cervantino
Patricia Carrillo Carrera. Imagen: Festival Internacional Cervantino

También rememora prácticas espirituales como la lectura de sueños en la iglesia. Las personas iban ahí a contar lo que habían soñado la noche anterior, para que las hermanas interpretaran lo que Dios les había enseñado mientras estaban dormidas. Esta tradición deja de manifiesto la herencia africana aun tras haber adoptado las costumbres y creencias de los europeos que los esclavizaron en el pasado.

Dejar morir ese patrimonio cultural sería la última batalla perdida contra la invisibilización a la que este pueblo ha estado sometido por siglos. Afortunadamente, después de que el cortometraje fuera grabado, hubo ciertos cambios que, aunque tardíos y (hasta ahora) insuficientes, han permitido a los negros mascogos conservar y revalorar sus tradiciones, tanto de forma interna como ante los externos.

En 2012 por fin fueron oficialmente reconocidos como pueblo originario, lo que les permite proteger su territorio y cultura. Esto tal vez no hubiera sido posible si, como señala el periodista Pedro Cardoso, en las nuevas generaciones no hubiera despertado el interés por preservar su identidad, históricamente estigmatizada.

“A mí no deja de sorprenderme la vigencia que tiene (el documental), pues aún hoy anda de gira por muestras y festivales; ahora mucho más que ya se ha dado un reconocimiento más abierto a las comunidades afrodescendientes, más respeto, más programas para conocer su cultura”, expresa Patricia Carrillo.

Todavía falta mucho camino por recorrer, pero el hecho de que las palabras de Mamá Guechu sigan siendo escuchadas en diferentes partes del mundo, es un avance contra una de las mayores preocupaciones que tuvo hacia el final de su vida: que los cantos mascogos fueran a desaparecer.

Lo que antes eran vocalizaciones de las que ni siquiera había registro escrito, ahora están preservadas en las grabaciones que el equipo de la cineasta realizó. Aunque no todas ellas fueron utilizadas en el cortometraje, el sonido de nueve cantos quedó guardado para la posteridad. Hoy la voz de Gertrudis persiste más allá de su existencia física y llega a oídos de todo el mundo gracias a la cámara de la documentalista coahuilense.

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