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El mito de la 'revolución triunfante' en México

Entre 1880 y 1910, México se encontraba en una situación tan favorable como única en su historia

El mito de la 'revolución triunfante' en México

El mito de la 'revolución triunfante' en México

DR. ENRIQUE SADA SANDOVAL

Desde las páginas postreras de La jaula de la melancolía, Roger Bartra se anticipaba un par de años a los festejos oficiales de la Revolución mexicana, definiéndola como: “Un estallido de mitos, el más importante de los cuales es precisamente el de la propia Revolución [...] El mito de la Revolución es un inmenso espacio unificado, repleto de símbolos que entrechocan y que aparentemente se contradicen; pero a fin de cuentas son identificados por la uniformidad de la cultura nacional”.

Y en efecto, el año 2009 y 2010 fueron el escenario teatral que sirvió para la conmemoración del inicio de la guerra de Independencia y de la Revolución de 1910 como si ambos sucesos fueran los “actos fundacionales de la mexicanidad”, según el discurso con que el Gobierno promovía sus eventos y ceremonias apoteósicas.

Cabe señalar que no se había visto algo similar desde los festejos del llamado “Primer Centenario” durante el Porfiriato; ni siquiera durante las celebraciones del Centenario real de la Independencia en 1921 bajo el régimen de Obregón.

El investigador Macario Schettino en Cien años de confusión, brinda un recuento cronológico además de un análisis profundo sobre el estado del país en el marco de las primeras celebraciones realizadas a principios del siglo pasado. Entre 1880 y 1910, México se encontraba en una situación tan favorable como única en su historia, luego de un siglo de convulsiones políticas e intervenciones extranjeras perniciosas que estuvieron a punto de aniquilar cualquier tentativa de consolidación encaminada al establecimiento orgánico y duradero de un proyecto de nación.

Para entonces, el desarrollo económico se había incrementado más de un 50 por ciento: el establecimiento de líneas de ferrocarril a lo largo y ancho del territorio además de la conexión del Ferrocarril Central con la línea del Ferrocarril Internacional —que aumentaron mil por ciento, pasando de dos mil hasta más 20 mil kilómetros— duplicaron la producción y el comercio de manera contrastante al de “la gran década nacional” en que la economía del país se contrajo mientras la pobreza se incrementó con la aparición del latifundio, a costa del robo sistematizado de tierras comunales contra indígenas y campesinos, entre 1857 y 1867.

Para 1910 México se había constituido en una nación desarrollada que no distaba mucho de naciones hermanas como Argentina y Chile; e incluso sus rezagos sociales estaban a no más de un lustro de erradicarse por si solos conforme el ámbito internacional (para entonces, el único país que consagraba el derecho a la huelga era el Reino Unido de la Gran Bretaña).

En contraparte, Estados Unidos recelaba de Porfirio Díaz por su política exterior antiyanqui: por no reconocer la mutilación de Panamá a Colombia, intervenir cuando la invasión a Nicaragua —enviando buque de guerra mexicano para salvar al Presidente Santos Zelaya de ser capturado por los marines— además de nacionalizar los ferrocarriles que estaban en manos norteamericanas, concesionar el petróleo a compañías inglesas y holandesas, sin olvidar la concesión hecha al Imperio de Japón de territorio californiano para prácticas militares en vez de al gobierno de Washington que había realizado esta misma solicitud.

Desestabilizar a Díaz se presentaba como una oportunidad. Cuando Madero huye a Estados Unidos, la Casa Blanca recibe a su emisario Ernesto Fernández de Arteaga entregándole armas, dinero y pertrechos a través del Secretario de Estado Philander Knox, y un millón de dólares de la Standard Oil, a través de Gustavo Madero, durante su estancia en Ciudad Juárez en 1911.

“Lo que llamamos Revolución mexicana —refiere Schettino— no es sino una construcción cultural realizada por los ganadores de la larga secuencia de guerras civiles que vivimos entre 1910 y 1935”, razón por la que a la postre habría que justificar desde el discurso un periodo de destrucción y guerra fratricida, alentada las más de las veces desde fuera del país, que derivó en un millón de muertes inútiles, 30 años de atraso y la triste condición de protectorado, nuevamente, del vecino país del norte.

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