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Buenas memorias

"No nos perdamos en la forma, vayamos al fondo y disfrutemos este ambiente que hace única esta época".

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MARCELA PÁMANES

Hace días sostuvimos una “sabrosa” discusión sobre el arreglo navideño en las casas. Las diferencias de opinión estaban sustentadas sobre si sería conveniente reservar la puesta del árbol y demás a lo que señala el calendario litúrgico, el cual indica que con el adviento inicia la preparación de nuestras mentes y corazones para recibir con gozo y esperanza el nacimiento del niño Dios.

En contraparte, argumento que yo defendí, adelantar desde noviembre los arreglos navideños está vinculado a que rinda más el trabajo de lo que significa montar las luces, poner las esferas, colocar la guirnalda en la puerta, alistar las carpetas y caminos, y despercudir los adornos que estuvieron guardados durante todo un año. En otras palabras, hacer que el enorme trabajo que eso significa dure más tiempo alegrándonos el corazón.

Un argumento más refería a lo fáciles que somos para caer en el mundo del consumo. Si las tiendas te dicen que ya es navidad desde principios de noviembre, compramos la idea y vamos presurosos a adquirir más de lo que necesitamos, solo para después protestar en solitario porque ya no encontramos donde guardar todo, si, hay quienes son presas fáciles de los curricanes de la mercadotecnia.

Desde el plano emocional, está la necesidad de extender lo que suponemos la época más feliz del año, donde hay disposición para la reconciliación, para dejar atrás las afrentas, donde contactamos con más facilidad al niño interior que llevamos dentro. Son fechas en las que se agolpan los recuerdos. Casi puedes volver a ver a tu madre que empeñosa hacia galletas como si fuera a vender, o ver a tu padre proveyendo de lo necesario para la cena, por mas modesta que fuera, o del tiempo en que llegaban los árboles naturales a la Alameda, por ahí de la segunda semana de diciembre, nunca antes. Para aquellos que estaban en contra de los árboles artificiales, no quedaba más remedio que esperar.

Todo ello, nos lleva a algunos a desear prolongar lo más posible esta época. Entiendo que, para muchos, lejos de asociarla con alegría, se puede vincular con dolor, frustración o ganas de dormir durante semanas, hasta que pase todo el bullicio porque el contacto es con la tristeza.

No nos damos cuenta, pero tenemos muchas anclas que nos conectan con distintas emociones. Sucede de manera inconsciente. El frío de la temporada puede ser que nos recuerde algún momento en que no tuvimos una buena chamarra que nos proporcionara calor, el ancla es con la frustración. Los villancicos pueden trasladarnos a nuestros años de colegio donde las posadas eran un festejo importante, tal vez el haber ido y regresado en el transporte escolar nos refiera la ausencia de nuestros padres en ese instante de fiesta, el ancla es con el abandono o bien los juguetes que hay en todos lados nos recuerden la carta al niño Dios que nunca fue atendida, porque debajo del árbol no llegó el juguete anhelado, el ancla es con la escasez.

Aunque también hay anclas que suscitan emociones positivas: el sonido del molinillo en la cocina tratando de espesar el chocolate, o el aroma de las hierbas que ponían en una olla que se colocaba encima del calentón de petróleo que daba confort a toda la casa.

Las experiencias de vida son tan diversas, pero hay un denominador común: la navidad es un tiempo donde los buenos deseos se manifiestan, en ningún otro momento del año deseamos bienaventuranzas y paz en el corazón para quienes no rodean, estamos dispuestos a tanto, a ceder, a entender, a perdonar, a justificar, a pasar por alto, a encontrarnos, a buscar los tiempos y las maneras de estar juntos y compartir.

No es cuándo pones el pino, si es que es una tradición hacerlo, o cuándo haces el sorteo para el intercambio de regalos, más bien, es cuando inicia tu preparación interior para vivir estos días con la relevancia que le das al nacimiento de Cristo. Esa es mi perspectiva. La tuya puede ser distinta si es que no compartes la fe implícita en el regalo de amor más grande para la humanidad.

No nos perdamos en la forma, vayamos al fondo y disfrutemos este ambiente que hace única esta época. Una vez más, tomar las riendas de nuestras emociones será el elemento fundamental para poder estar con calma y no ser el elemento discordante para los nuestros, no es que tengamos que reír y gozar sin límite, es solo cuidar nuestro corazón para poder cuidar el de quienes nos rodean, finalmente se trata de construir buenas memorias.

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Escrito en: Buenas memorias Marcela Pámanes

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