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¿Tu hijo o tu maestro?

LUCY HOP.-

Me considero una persona inteligente, pensante, ecuánime y en casi siempre paciente; sin embargo, hay ocasiones en las que una que otra persona logra sacarme de mis casillas y sin querer sale de mí ese ser irracional que todos llevamos dentro.

Una de esas personas que me puede sacar de quicio, puede ser un extraño en el centro comercial, un conocido lejano, como por ejemplo la mamá de alguna amiga de mis hijas, o alguien más cercano como un familiar, pero cuando la persona que más amo en el mundo logra convertirme en ese ser irracional, es cuando más topes en la cabeza me doy. Y ninguna mamá me dejará mentir cuando digo que si bien son nuestros hijos los responsables de volvernos el ser humano más amoroso del planeta, también son ellos los responsables de que nos convirtamos aquello que juramos que nunca seriamos. Y no me malentiendan, una vez más, aclaro que amo a mis hijas y daría mi vida por ellas si fuera necesario, pero… hay veces que si sacan lo peor de mí.

Y es que no es secreto que cuando eres mamá de más de un hijo, hay uno que cuesta más trabajo (generalmente es aquel con el que más te identificas); Es el que te contesta, el que te reta, el que te "prende", el que hace que leas todos los libros de ayuda, es por el que tomas sesiones de terapia una vez a la semana, por el que escuchas podcasts de cómo ser mejor padre o madre, pero también esa que llegó a este mundo como un maestro de vida para hacer ser cada día mejor.

Ese es el hijo que cuesta más. Y cuesta más porque es el que se parece más a nosotros, es el que proyecta aquello que aún no hemos visto en nosotros mismos, es el que nos recuerda lo que somos, es el que nos refleja que aún no somos la mejor versión de nosotros mismos.

Este hijo necesita más amor y más atención de la que te imaginas, es el que necesita más control aunque te ruegue con su actitud, que necesita estar solo, es el que necesita una mamá presente porque aún no puede autocontrolarse.

Así es que aunque a veces sientas que no puedes con él, abrázalo fuerte, verás que no se moverá. Aunque sientas que quieres explotar ante algo que te diga, voltea y dile: "Te amo, aunque a veces no te lo diga", y notarás que su semblante se relaja.

Aunque quieras gritarle que por ahí no, que ese no es el camino, mejor toma su mano y guíalo hacia donde tú creas más conveniente. Aunque quieras perder la paciencia, no lo hagas porque cada acto de rebeldía es un grito desesperado de tu hijo para que lo voltees a ver, enséñale que no tiene que hacerlo de esa forma, que basta con que te diga que necesita, por eso dile siempre: "aquí estoy", "aquí sigo", "te escucho", "dime que necesitas", "aquí estoy siempre".

Y aunque no sepas cómo, da por hecho que todo saldrá bien, porque lo único que tu hijo necesita es tu presencia, tu tiempo y tu mirada.

Ese hijo que cuesta más, es el más fuerte, pero también es el que te necesita más, es el que no sabe por dónde, es el que te escogió como mamá porque sabía desde antes de nacer, que tú podrías guiar sus pasos siempre.

Así que la próxima vez que sientas que estás perdiendo el control, mejor piensa que esa personita que tanto te reta es la que va a hacerte crecer junto con ella, es tu espejo, es tu reflejo, mejor mira más a fondo qué es lo que vino a enseñarte, trata de reconocer que estás aprendiendo tanto de él como de ti misma cada vez que se te planta de frente, cada vez que te hace un berrinche, cada vez que te hace investigar como lidiar con el reto que tienes en frente, porque sin duda te hará ser una mejor versión de ti misma y lograrán crecer juntos; Después de todo para eso venimos a este mundo, ¿o no?

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