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Recuerdos de mi madre

M.V.Z. FRANCISCO NÚÑEZ GONZÁLEZ

Diariamente visitaba a mi madre, ya padecía de su enfermedad pero lo disimulaba como toda guerrera, ya que nunca se rendía, desde que amanecía su lugar favorito era la cocina, la comida tenía que llevar siempre la firma de su sazón, se sentaba a un lado de una pequeña mesa de madera donde tomaba su café frente a la puerta de la cocina, era el centro de mando y su campo de acción, donde dirigía y controlaba toda la casa; marido, hijos, nueras, yernos, nietos, visitas, servidumbre, trabajadores, limpieza, lavandería, quién entraba o quién salía, la puerta principal de la sala permanecía bajo llave, solo se abría en navidad, año nuevo o acontecimientos especiales, que por cierto, fechas donde nos deleitaba con sus suculentos platillos especiales; pierna adobada, mole poblano, cabrito en achiote, pavo relleno, lechón asado, bacalao noruego, paella valenciana y su excelsa repostería.

Aparentaba carácter fuerte, para quién la conocía era un caramelo en su interior, apoyaba a todo mundo, sobre todo nueras y yernos, quienes disfrutaban cuando nos regañaba al darle queja de nosotros, siempre activa, tenía gran amor a nuestras mascotas, mis hermanos y yo le decíamos de cariño "Juana Gallo", era ágil de mente, no se andaba con rodeos, y muy pero muy difícil de engañar.

Durante nuestra niñez y adolescencia llevábamos gran cantidad de amigos a la casa los seis hermanos, sobre todo los cuatro varones, no sé cómo lo hacía pero a todos nos daba de comer dejándonos más que satisfechos, jamás se quejó por nuestros invitados, al contrario, a todos los trató de maravilla. Gozaba de una excelente puntería, cuando hacía alguna travesura con mis hermanos, inmediatamente corríamos al jardín que era extenso, su sandalia era el proyectil del que huíamos por su atinado brazo, mis dos hermanas mayores que nosotros, fueron muy apegadas a ella.

Fue la autora de nuestros primeros tatuajes en la espalda baja con la marca de la suela de su zapato, sobre todo cuando llegábamos a poner en riesgo nuestra salud con alguna diablura, como cuando pretendí asustar a mi hermano y encendí con un fósforo a los fuegos artificiales que traía en la cintura de la pequeña bolsa del pantalón de mezclilla, gracias a que mi madre nos abrigaba muy bien en tiempo de frío, no le ocasioné una grave lesión, se perforó con el fuego el grueso sweater, la camisa de lana, la sudadera, la camiseta y el pantalón, ropa que llegué a esconder por un tiempo en el fondo del closet a cambio de unos juguetes a mi hermano menor para que no me delatara.

Siendo adolescentes estaba de moda las discotecas y esporádicamente llegábamos de madrugada a casa, y mi padre que estaba al pendiente de nuestro arribo, despertaba a mi madre y le decía, ya llegó; "Teodoro, Francisco, Javier, Victor", según el hermano que haya ganado a la suerte el volado del automóvil de mi padre que nos prestaba para salir. Se levantaba para reprendernos con su muy particular psicología materna, abríamos la puerta lenta y sigilosamente sin encender la luz, pensando que nadie se daba cuenta de nuestra llegada, cerrábamos la puerta muy despacio y entrábamos de puntitas sin hacer ruido, mi madre se ocultaba y salía repentinamente detrás de nosotros, intencionalmente emitía un gran grito para regañarnos, siempre le daba buenos resultados, nos hacía saltar del susto y subíamos las escaleras corriendo, con una de las cucharas de madera de un metro de largo que utilizaba para el mole que preparaba en las enormes cazuelas de barro, nos pegaba en la espalda diciendo la letanía que ya conocíamos cuando la hacíamos enojar: "Bonitas horas de llegar, que ejemplo les das a tus hermanos, nunca tengo descanso con ustedes, me van acabar de un coraje".

Los cucharazos nunca dolieron, tal vez por la juventud, por el enorme susto o sencillamente fueron simbólicos, mi padre entonces conciliaba el sueño con una gran sonrisa, despertaba en un par de horas, y para recuperarnos de la "Golpiza materna", iba por el desayuno, un hirviente y picante menudo dominguero.

Fuimos seis hermanos que Dios nos bendijo al tener unos excelentes y amorosos padres. En una ocasión vi una esquela en el periódico que correspondía al nombre de un amigo de la secundaria que dejé de ver hace más de cuarenta años.

Fui al funeral y me dirigí disimuladamente hasta el féretro para ver si se trataba de él, desafortunadamente era mi amigo, hice una pequeña oración y al dar la vuelta para retirarme, una afligida señora me agradecía la visita y se presentó, era la viuda, imaginé que quería saber quién era yo, pues nunca nos habíamos visto, me presenté y le comenté que habíamos sido buenos amigos durante la secundaria, noté que cambió su semblante, me preguntó si era el amigo que vivía en torreón jardín que lo invitaba a casa, y que mi madre siempre le daba muy sabroso de comer, al asentir, inmediatamente llamó a sus hijos, al decirles que era el amigo que tanto platicaba su padre, fue entonces que surgió una magia en sus rostros, de las lágrimas a una maravillosa sonrisa, me saludaron con gran gusto, como si hubiera sido el protagonista de algo asombroso, y solo pensé; esto es obra de mi madre, han pasado los años, y solo ella era capaz de hacer que una familia transforme esa gran pena, por una hermosa sonrisa doble, la del rostro y la de su corazón…Como lo hacía con nosotros.

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