EDITORIAL

Los recuerdos de una vida olvidable...

Palabras dedicadas a quienes son ejemplo de lealtad

MANUEL RIVERA

Mientras unos necesitamos de la palabra para comunicarnos, a otros como tú les basta una mirada para entablar la más clara y profunda conversación.

Justo esta mañana en la que nos adelantamos al sol platicamos ampliamente en silencio.

¿El tema? El natural en esta interacción: la lealtad.

No te preocupes, es imposible sostener contigo una plática moralina. En serio, cómo me gustaría parecerme aunque fuera un poco a ti, siempre de una pieza, haciendo lo que debe hacer, amando sin condiciones, fiel a su naturaleza e incapaz de traicionar a quien contribuye a su subsistencia.

La paz de este amanecer en el que cada uno cuida del otro, me invita a contrastar mis recuerdos con tu conducta.

Evoco entonces la ocasión en la que, después de fungir como secretario técnico del gobernador de un estado del centro norte del país, acudí a las oficinas del mandatario para tratar asuntos administrativos.

En ese lugar, donde alguna vez pude elaborar una lista con más de 100 nombres de amigos, me esperaba el reconocimiento más grande que pudiera imaginar. ¿Una placa entregada por el jefe del Ejecutivo? ¿Un jugoso cheque por los años de servicio? ¿Una despedida sorpresa con la presencia de los más altos integrantes de la "corte"? Todo esto sería poco comparado con lo que obtendría.

Cuando me reporté en la planta baja del edificio de la gubernatura con la recepcionista, para que se me autorizara ascender al Olimpo, me distinguió al decirme: "pase, esta es su casa"; luego el jefe de vigilancia me dio la bienvenida y permitió entrar sin necesidad de hacer consulta alguna; finalmente, al llegar al filtro de seguridad en las oficinas del mandatario, recibí de sus escoltas, en lugar de preguntas, francos apretones de manos y amable atención.

Al salir observé que me sobrarían los dedos de la mano para conformar mi nueva lista de amigos, que entendí tendría que ser corta para dejar espacio a la grandeza de cada uno de ellos. La percepción de poder es finita, la lealtad, no.

Pronto me haces agradecer la valiosa oportunidad que da la pérdida de una posición para descubrir a quienes son amigos de una persona, no de un puesto.

"En la política no hay amistades, hay intereses", escuché repetidamente en mi devenir laboral, lo que otra vez lleva a señalar el recurrente error de confundir la esencia de un concepto con la práctica degradante de este.

Una cosa muy distinta es el arte de solucionar pacíficamente conflictos, conciliar intereses, definir rumbos y ser leal a las ideas, y otra traficar influencias, aprovechar posiciones para enriquecerse y representar grupos, no sociedades.

Cómo no acordarme también, a propósito de la infidelidad con los principios de la política, de mis tiempos de reportero, cuando al comenzar los 80 cubría las elecciones y atestiguaba el robo de urnas, tras lo cual debía ser fuerte para mantenerme ubicado en la realidad, pues las autoridades que complacientes permitían la huida de los ladrones de la voluntad ciudadana, negaban lo que mis ojos veían.

Esa ceguera cómplice del régimen autoritario priista dejaba de existir cuando se trataba de hostigar a mujeres y hombres que simpatizaban con partidos como el PAN, ciudadanos que ofrendaban en ocasiones hasta su libertad e integridad física para defender el voto, el mismo que hoy da oportunidades de negocio a militantes de ese mismo instituto político, que usufructúan sus colores y asocian con sus represores de antaño para beneficiarse juntos.

Créeme que no pretendo exaltar tu naturaleza, tan superior que ni pide ni necesita halagos, pero sí verme en ti como aquél que quisiera ser para alcanzar la absolución de mis complicidades con el sistema que cuestiono.

Empieza a salir el sol. Te recuerdo entonces que este recorrido debe finalizar, ya que es necesario ir a recolectar agua para los dos, pues como no lo dice un anuncio de la franquicia política naranja, desleal con el respeto e inteligencia del ciudadano, la crisis del abasto es tan grave que sólo le queda a ellos "bombardear" las nubes que no vemos y a nosotros evitar el desperdicio del líquido que no tenemos.

Gracias por tu compañía, Káiser, que tras el reciente día dedicado al perro haces presente la necesidad de que más personas nos parezcamos a ti.

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Escrito en: Manuel Rivera Los recuerdos de una vida olvidable... Editorial Manuel Rivera política, haces, poco, oficinas

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