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EDITORIAL

 
Columna

Mirador

ARMANDO FUENTES AGUIRRE (CATÓN)

La despertaron grandes golpes en la puerta. No se asustó: comadrona de oficio, estaba acostumbrada a que la sacaran de la cama a deshoras. Se vistió rápidamente y fue a abrir.

Lo que sucedió luego sí la asustó. Quien la buscaba iba encapuchado, y le vendó los ojos. La llevó por calles que ella no pudo adivinar, y sólo le quitó la venda cuando estuvo en la habitación donde una joven mujer con el rostro cubierto iba a dar a luz. La asistió a la luz de una lamparilla. Cuando nació la criatura el hombre la arrebató de los brazos de su madre y se la llevó con rumbo al cercano arroyo. Apareció entonces otro encapuchado y le dio a la partera un bolsillo con dinero. Luego llegó el hombre que se había llevado al recién nacido y le volvió a vendar los ojos. Ella, de propósito, no se había lavado las manos. Al salir de la casa rozó la pared del frente para dejar en ella una marca de sangre. Tan pronto amaneció fue calle por calle buscando la casa donde había sucedido el crimen de honor que ella había adivinado ya. En esa casa vivía don.

La mujer que me contó esto fue después mi nana. No diré de quién era la casa, pues aún viven familiares de la joven que aquella noche tuvo a su hijo y lo perdió.

¡Hasta mañana!...

Escrito en: Mirador había, casa, ella, calle

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