EDITORIAL

Columna

La fiesta está a la izquierda

JORGE RAMOS

El presidente de México estaba feliz. "Hoy vamos a escuchar cumbia", dijo Andrés Manuel López Obrador, "por el triunfo de Gustavo Petro, que nos da mucho gusto". El resultado electoral en Colombia, en donde por primera vez en la historia gana un candidato de izquierda, refleja su visión de la política, su "primero los pobres". Y, de pronto, en una pantalla gigante del Palacio Nacional en Ciudad de México, frente a decenas de periodistas, se escuchó La pollera colorá, que en unos versos dice: "Es que estoy yo contento / porque con su movimiento / inspiración ella me da".

Con el triunfo de Petro para la presidencia, Colombia se suma a otros países que han elegido a líderes de izquierda. En la lista están los presidentes de México, Argentina, Chile, Bolivia, Perú y la mandataria de Honduras. Y luego están los dictadores de Cuba, Nicaragua y Venezuela, quienes se autoproclaman de izquierda.

No hay duda: la fiesta está a la izquierda. Después de unos años con gobiernos de derecha o centro derecha, América Latina parece ir al ritmo de "su movimiento", inspirada por la promesa de cambio y esperanza.

El triunfo de Petro en Colombia se dio en circunstancias similares a la victoria de López Obrador en México en 2018: refleja en buena medida el rechazo a los partidos políticos tradicionales, al poder establecido y unas ansias bien justificadas de cambio.

"A partir de hoy Colombia cambia, Colombia es otra", dijo Petro en su discurso de victoria. "El cambio también significa la bienvenida a la esperanza", agregó después.

Tradicionalmente, la agenda de la izquierda está ante todo con los menos favorecidos, con los de abajo, con los que han sido explotados y olvidados por generaciones. Por eso no es de extrañar su resurgimiento en una América Latina que sigue siendo la región más desigual del mundo. El 10 por ciento más rico recibe el 37 por ciento de los ingresos, según un estudio de las Naciones Unidas y glosado por la BBC. Mientras que el 40 por ciento más pobre de los latinoamericanos apenas obtiene el 13 por ciento de los ingresos. Y la pandemia solo ha acrecentado esta brecha.

Por eso ese viraje a la izquierda se entiende. Pero no hay que dejar de señalar y defender algo crucial para esta región que, además de desigual, tiene aún Estados de derecho jóvenes y a veces frágiles: la izquierda genuina tiene también un compromiso firme con la democracia, con el respeto de los derechos humanos y con las leyes de transición del poder. Petro, igual que el resto de los líderes de izquierda democráticamente elegidos de la región, debe ser coherente con ese principio.

¿Qué hace un latinoamericano azotado por los grandes males que recorren la región: el hambre, la discriminación, la falta de oportunidades, la mala salud y educación, la impunidad, la violencia de los carteles de las drogas y pandillas y la corrupción de los políticos tradicionales? Se va de su país, si puede. Un número récord de colombianos ha llegado a la frontera con Estados Unidos, y el pasado mes de mayo la Patrulla Fronteriza estadounidense detuvo a casi 240 mil personas que entraron al país desde el sur sin documentos.

Y muchos latinoamericanos -algunos de ellos no pueden hacer el viaje al norte- han optado por votar por la izquierda, por políticos que no apesten a las viejas estructuras partidistas y por quienes les prometan un poquito de esperanza. No podemos olvidar que los más pobres de los pobres no tienen el dinero suficiente para emigrar. (El trayecto y el pago a los coyotes cuesta miles de dólares). Y ellos conforman uno de los sectores que están escogiendo a líderes que prometen mayor justicia social.

Petro, por ejemplo, ganó ampliamente en el Pacífico colombiano y obtuvo el 81 por ciento del voto en el Chocó, uno de los departamentos más pobres del país. Su contrincante en la segunda vuelta, el magnate inmobiliario Rodolfo Hernández -quien durante al menos una parte de la campaña estuvo en Miami y se negó a participar en los debates presidenciales de la segunda vuelta-, fue destrozado electoralmente en algunas de las zonas menos favorecidas de Colombia.

Las promesas de cambio y de mayor igualdad son bienvenidas en Colombia y en el resto de América Latina. Sobre todo ante la posibilidad de una recesión global. Pero los gobiernos de izquierda han tenido mala fama en nuestra parte del mundo. Las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua comenzaron con promesas afines, en teoría, a la izquierda democrática y derivaron en regímenes autocráticos que asesinan, torturan, censuran, encarcelan a opositores, se perpetúan en el poder o violan flagrantemente los derechos humanos.

Y es muy frustrante que algunos de los actuales presidentes de izquierda -digamos AMLO en México y Alberto Fernández en Argentina- se nieguen a criticar en público los graves abusos cometidos por el nicaragüense Daniel Ortega, el venezolano Nicolás Maduro y el cubano Miguel Díaz-Canel. No saben el daño que justificar o no condenar a estos líderes autoritarios le causa a su propia credibilidad y a la credibilidad de la izquierda.

Hay que decir que el mito de que todas las izquierdas son autoritarias es equivocado. No es lo mismo ganar unas elecciones limpiamente, como acaba de ocurrir en Colombia, que encarcelar a candidatos presidenciales, como pasó en Nicaragua, realizar fraudes electorales, como en Venezuela, o reprimir a quienes piden apertura democrática, como en Cuba.

En una entrevista en marzo de 2018 le pregunté a Gustavo Petro, entonces candidato presidencial en esas elecciones, si él creía que Hugo Chávez había sido un dictador en Venezuela. Los múltiples abusos, expropiaciones, actos de represión y censura del régimen chavista -y la brutal manera en que concentró el poder y terminó con la democracia en Venezuela- ya estaban bien documentados. Pero Petro le daba vueltas a la respuesta y, al final, luego de insistir mucho, dijo, refiriéndose a Chávez: "A mí me parece que lo eligieron popularmente".

Espero que Chávez nunca sea un modelo para Colombia ni para ningún otro país del hemisferio. Muchos podrían dormir más tranquilos si supieran que los nuevos líderes izquierdistas de nuestra región no admiran ni respetan a tiranos populistas como él.

Hay una incapacidad de los líderes más progresistas de América Latina para criticar a los dictadores izquierdistas de nuestro continente. ¿Por qué a estos líderes, con agendas e ideas progresistas, les resulta tan difícil llamar "dictador" a Ortega, Maduro o Díaz-Canel? Tienen la lengua atorada. Esos tres son igual de tiránicos de lo que fue el general chileno de derecha Augusto Pinochet.

Hoy la izquierda está de fiesta porque, por fin, está ocupando el poder. Y lo está haciendo de manera democrática y pacífica: sin revoluciones violentas, movimientos guerrilleros o golpes de Estado. Pero gobernar es un acto de conciliación, desgaste y respuestas asertivas a los problemas profundos, y los líderes deben cumplir con sus promesas de esperanza y cambio.

Mientras tanto, solo espero que gobiernen lo mejor posible para los más necesitados -que aterricen sus sueños- y que dentro de unos años entreguen el poder, sin demora, al que gane la siguiente elección.

¿Es mucho pedir una izquierda que se comprometa sin matices ni justificaciones con la democracia?

Escrito en: editorial Jorge Ramos editoriales izquierda, líderes, Colombia, Pero

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