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EDITORIAL

 
Columna

Habría que invitar a vivir en los desiertos

YOHAN URIBE

Aún con la amenaza biológica de un virus que parece ser más caprichoso cada día, una crisis económica que no da tregua y la factura del cambio climático tocándonos la puerta, se abren ventanas que nos permiten entendernos humanos... demasiado humanos, como diría el filósofo más leído y también más mal entendido del Siglo XX, Nietzche. Y es que recién saldada la deuda con la documentalista catalana Marta Ferrer Carné, pude olvidar por instantes el miedo que nos acecha en forma de crisis, llámese como se llame, política, energética, sanitaria o lo que sea, para disfrutar del gran trabajo cinematográfico "A morir a los desiertos".

La melancolía del documental de la cineasta catalana va más allá del recorrido por esa manifestación poética y cultural que es el Canto Cardenche, la mirada histórica a La Comarca Lagunera y esos paisajes donde azota el viento del desierto y se escuchan las historias de una clase social que pocas veces tiene la capacidad de ser visible en un mundo lleno de ruido y polarización. Es una especie de blues que durante hora y media nos recuerda tanto la fragilidad de una comunidad con un alto grado marginal, como la hipocresía política que es capaz de lucrar de vez en vez anunciando rimbombantes proyectos de rescate patrimonial del Canto Cardenche que como siempre se quedan en nada.

En las últimas décadas, han sido iniciativas privadas y no publicas, las que han logrado con éxito cristalizar esfuerzos para conservar está manifestación cultural. En 2009 Antonio Valles, Guadalupe Salazar, Genaro Chavarría y Fidel Elizalde, cardencheros de Sapioriz recibieron de manos del presidente Felipe Calderón el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de Artes y Tradiciones Populares; además de un cúmulo de promesas incumplidas, las mismas que replicaron los gobiernos de Coahuila y Durango, así como los alcaldes de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo; quienes hicieron emotivas felicitaciones publicas al grupo de campesinos aplaudidos por el mundo, pero que olvidaron al día siguiente con más pena que gloria.

La fotografía del documental, a cargo de Hugo Reyes y Marta Ferrer, es como el propio desierto, sencilla e impactante, acompañada de un sonido que aparece como una segunda voz narrativa que da fuerza a la imagen, donde Iván Pujol y Adriá Capmany apostaron a la experimentación, aunque segura. En ningún momento la cinta deja de recordar ese México rural en el que el tiempo parece tener otro concepto, donde habitan esos trabajadores que se enfilan a la rutina de las maquilas laguneras que aprovechan la necesidad de una región sin inversión social para cazar sin pudor mano de obra barata.

En alguna ocasión la propia directora me dijo que la principal motivación para rodar su filme había sido entender de dónde provenía esa hermosa agonía, por eso hizo énfasis en el contexto social, permitió que la historia la contaran sus protagonistas, las propias canciones, el silencio del desierto. Hoy, cuando el covid se ensaña en mostrarnos la vulnerabilidad de la especie, pienso que la próxima reflexión fílmica que realice un cineasta sobre la pandemia, debería tener como banda sonora ese mismo grito de agonía.

 

UN DATO

Habitar en La Laguna, de Coahuila o de Durango, no es solo vivir en los fraccionamientos de moda o más lujosos. Tampoco saltar de los centros comerciales a los cafés donde cobran más por la "experiencia" que por la bebida. Más allá de las promesas las políticas públicas de los dos gobiernos estatales y los cinco municipales que tienen la obligación de conservar esa tradición cultural, han sido pobres e ineficientes.

Cuando se pregunta a los titulares de cultura de los estados o los municipios, se vanaglorian con decir los invitamos a cantar en un festival o ser parte de un concierto. No han apostado a un centro de formación completo, una memoria histórica y mucho menos un proyecto integral de rescate. Aunque vale la pena pensar que algunas organizaciones, miembros de la sociedad civil y universidades, le han entrado al quite. Habría que invitar a los políticos, al menos laguneros, a "vivir en los desiertos".

@uyohan

Escrito en: editorial Yohan Uribe, editoriales sido, esos, vivir, promesas

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