EDITORIAL

Columna

El peso de Qatar creciendo con la guerra en Ucrania

MAURICIO MESCHOULAM

El 31 de enero, Biden anunció que nombraría a Qatar como "Aliado Mayor No-Miembro de la OTAN", un nombramiento estratégico que EU concede solo a socios especiales. Justo por esos días, la nota era el inicio de los juegos olímpicos de invierno en Beijing, el boicot diplomático que EU y sus aliados ejercían contra esos juegos y la llegada de Putin a China como invitado especial. Los medios hablaban acerca de los abrazos entre Xi y Putin, el respaldo político de Beijing a las "legítimas aspiraciones de seguridad rusas" (días antes de su invasión a Ucrania). Bien, pues el emir del recién nombrado "Aliado Mayor" de Washington llegaba también a China, asistía a eventos y ceremonias, y dejaba en claro que su alianza con EU no podía poner en riesgo sus intereses con Beijing. Esta es solo una muestra de la política exterior que Doha ha deseado y ha podido desplegar en los últimos años. Y ello le lleva hoy, a pesar de su relación estratégica con Washington, a exhibir un balance al respecto de Ucrania. No solo eso, gracias a su poder -duro y suave- Qatar se va convirtiendo en un actor cada vez más atractivo para tener de socio y a la vez, un actor que pocos desean enfrentar.

Pensemos por ejemplo en la Primavera Árabe. Tras la convulsión generada a causa de esa ola de manifestaciones, Qatar encuentra un área de oportunidad, pero su respaldo a actores islamistas llevó a Doha a una serie de disputas políticas con el reino saudí y con varios de sus aliados, quienes terminaron por romper sus lazos diplomáticos con el emirato y por establecer un bloqueo económico y comercial contra Qatar. Más aún, Qatar tuvo que enfrentar la animadversión de Trump tras el boicot saudí. A pesar de tratarse de dos aliados estratégicos, el entonces presidente estadounidense claramente mostraba su inclinación por Riad. De igual forma, Qatar se enfrentó con Rusia en el tema de Siria. Mientras que Moscú respaldaba e intervenía a favor de su aliado, el presidente Assad, Doha apoyó a la rebelión en su contra. Lo mismo en Libia en donde Doha y Moscú apoyaron a bandos rivales.

Pero la cuestión es que, a pesar de todo lo anterior, Qatar resistió. Así, sus diferencias con diversos países árabes se han ido disipando. En cuanto a Rusia, a pesar de sus posiciones opuestas en distintos conflictos regionales, Qatar y Moscú mantienen una relación pragmática. Además de tener una amplia agenda de cooperación en temas como deportes, turismo e infraestructura, Doha conserva a la fecha una importante inversión en Rosneft, la petrolera rusa. Por tanto, la posición del emirato en cuanto a la intervención rusa en Ucrania ha sido por un lado expresar su defensa de la soberanía e integridad territorial ucranianas, pero al mismo tiempo, no participar en las sanciones en contra de Moscú.

Es verdad que el emir no desea contrariar a Putin, poner en riesgo sus inversiones y sobre todo su política exterior balanceada. Pero también lo que pasa es que Qatar lo hace no solo porque quiere, sino porque puede. Uno de los motivos, obviamente, es que Qatar es visto por Occidente como una fuente alternativa para sustituir la energía rusa. Pero hay otros factores. El peso del emirato está fundamentado ya no solamente en lo económico, sino también en las redes y alianzas políticas y militares que ha tejido regional y globalmente desde hace años.

La cuestión de fondo es comprender que en medio de todo lo anterior, el interés de Qatar está no en ayudar a otros, sino en incrementar su propio poder e influencia, y que su capacidad para hacerlo y para mantener sus balances, parece estar orillando a actores regionales y globales a asumir que no tienen alternativa sino coexistir con esos intereses.

Twitter: @maurimm

Escrito en: Editorial Mauricio Meschoulam editoriales Qatar, Doha, pesar, sino

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