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El legado teatral de Molière

La dramaturgia le debe mucho a Molière

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SAÚL RODRÍGUEZ

La dramaturgia le debe mucho a Molière. Fue padre de la comedia francesa, hizo reír a la gente honrada y enfurecer a aquellos cuya moralidad se tornaba vulnerable ante sus obras. El autor del Tartufo no pasa de moda, porque sus críticas siguen vigentes. La hipocresía, las máscaras y las apariencias, principales características humanas que señalaba, continúan nutriendo los rituales sociales.

Jean-Baptiste Poquelin, mejor conocido como Molière, nació el 15 de enero de 1622 en París. Su padre fue tapicero del rey Luis XIII, lo que le permitió tener buena educación. Alumno en el colegio jesuita de Clermont hasta 1639, el futuro dramaturgo se licenció en derecho por la Universidad de Orleans en 1642, sin tener ninguna vocación por esa carrera.

“Molière era un gran lector, había leído la poética de Aristóteles y le había impresionado mucho la comedia clásica, principalmente los latinos. Conocía a los griegos Aristófanes y Menandro, pero los latinos Terencio y Plauto lo impresionaron mucho”, comenta el maestro Antonio Álvarez Mesta, quien este sábado impartió una conferencia sobre los 400 años de Molière, en el Museo Regional de La Laguna (MUREL).

En ese entonces, Francia contaba con la presencia de actores italianos, quienes practicaban la ‘comedia del arte’. Es decir, interactúan con el público en la calle para hacerlo reír. Siendo joven, Molière se percató del poder que tenían estos actores sobre la gente.

Si bien Molière pudo heredar el puesto de tapicero real que ejercía su padre, el cual era bien remunerado, ese oficio no le llenaba el espíritu. Durante sus estudios fue influenciado por el pensamiento del filósofo Pierre Gassendi e inclinación hacia el epicureísmo.

“No le satisface la idea de estar como tapicero ni como ayudante de cámara en la corte. Se enamora del teatro. Entra en contacto con la familia Béjart (con quien constituye la compañía Ilustre Teatro), con el paso del tiempo se enamora de Madeleine Béjart, que era mucho mayor que él y anduvieron por toda Francia (montando obras). Nunca tuvieron éxito en los negocios, pero él se casó con el teatro. El teatro lo llenó”.

Otro trauma de Molière, apunta Álvarez Mesta, fue que al principio intentó escribir obras trágicas, pero sus montajes no tuvieron impacto. Acumuló deudas y muchos fracasos, incluso llegó a pisar la cárcel, antes de percatarse de que la comedia sería el camino que lo conduciría al éxito.

Así, la dramaturgia de Molière apostó por las farsas y las comedias. Escribió El despecho amoroso (1654) y El atolondrado o los contratiempos (1655). Allí impregnó su talento cómico como actor y director, comenzó a simpatizar con el público y su fama llegó hasta Felipe I de Orleans, hermano del rey Luis XIV, quien le concedió su favor.

Pero si existió una fecha importante esa fue el 18 de noviembre de 1959, cuando Molière estrenó su obra Las preciosas ridículas, la cual trata sobre unas damas ingeniosas que se entretienen entre conversaciones y juegos de palabras. El éxito conseguido fue tal que logró obtener el favor del rey Luis XIV.

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Obra de arte total

Antes que Richard Wagner, Molière ya había pensado en alcanzar una especie de obra de arte total. El teatro era mal visto en aquella época y el dramaturgo integró música y ballet en algunas de sus obras. Para esto se alió con el célebre compositor (también de origen italiano) Jean-Baptiste Lully y el coreógrafo Pierre Beuchamp, con quienes montó su famosa obra El burgués gentilhombre (1670).

“Al rey Luis XIV le fascinaba la música y le gustaba bailar. Incluso el rey tuvo papeles pequeños en obras de Molière. Ahora, sabemos que en los artistas hay muchas cualidades pero también mucho ego. Molière acabaría peleándose con el gran músico Lully, que fue su camarada en varias producciones, pero ya al final estaban distanciados”.

Este rompimiento es representado de forma exagerada y distorsionada en la película Le Roi Danse (2000), dirigida por el cineasta belga Gérard Corbiau. Álvarez Mesta indica que si bien, había rivalidad y celos, tampoco rayaba en ser enemigos irreconciliables.

El común denominador en las obras de Molière radica en emplear un humor inteligente para corregir las costumbres de su época a través de la risa. Pensaba que la risa podría ser un recurso para cambiar a la gente. Sus imitaciones burlescas sobre la sociedad francesa le trajeron muchos aplausos, pero también el rechazo y enojo de quienes resultaban ofendidos.

“Eso le granjeó grandes enemigos, principalmente entre la iglesia y entre los miembros de la nobleza […] El gran talento de Molière es que retrata exagerando los defectos, enfatizando lo ridículo de algunos personajes burgueses que querían parecer miembros de la más rancia aristocracia, por ejemplo, o falsos piadosos, fanáticos que aparentaban ser muy buenos, muy virtuosos, santos, como Tartufo. Entonces es un espejo paródico, en el sentido de que con la exageración enfatiza lo negativo y arranca risas”.

Otro sector atacado en las obras del dramaturgo fueron los médicos, pues consideraba que en muchas ocasiones abusaban de sus pacientes, quienes solo buscaban aliviar el malestar causado por alguna enfermedad.

“En El médico a palos (1666) y en El enfermo imaginario (1673), los médicos son retratados como charlatanes que con latinajos y palabrería engatusan a las personas y les sacan el dinero. Él estaba convencido de que un médico podría definirse como la persona que decía palabras tontas, cobraba mucho y si el paciente fallece decía que ayudaba al enfermo a morir, mientras que si sanaba se le atribuía todo al médico. Para él los médicos eran grandes charlatanes”.

Precisamente cuando actuaba en El enfermo imaginario, la noche del 17 de febrero de 1873, el padre del teatro francés comenzó a sentirse mal. Había sufrido un ataque de hemoptisis (padecía tuberculosis pulmonar) y se retiró a su casa. Horas más tarde falleció.

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