EDITORIAL

Recuerdos de una vida olvidable...

El Anhelo

MANUEL RIVERA

Esta mañana me dicen que pida un deseo, por lo que al recordar las noticias que temprano conocí provenientes del poder político no dudo en expresarlo:

Aspiro a convertir mi realidad en la de los otros. Debo admitirlo: quiero ser candidato de partido en el poder o gobernante, pese a que hoy me siento más incompetente que cuando alguien me dice que no comprende lo que escribo, aunque no tanto como cuando yo tampoco lo entiendo.

Con ese ánimo me pregunto si soy incapaz de procesar correctamente las expresiones de algunos políticos, las que muchas veces percibo transitan paralelamente a la realidad de muchos ciudadanos.

Hago entonces un recuento aleatorio de acontecimientos recientes y veo perderse en el horizonte las líneas paralelas que conducen lo cotidiano y el discurso político, cada una eternamente por su lado. Unos quieren seguridad y otros votos seguros; unos quieren comer y otros sólo dar atole digital en el más amplio sentido.

Llego así a la conclusión de que tengo algún problema sensorial que afecta mi percepción o que, efectivamente, la mentira del discurso desde el poder contrasta con el ambiente que viven quienes están fuera del presupuesto.

Y, una vez más, pienso -bueno, al menos hago como que lo hago, igual que gobernante cuestionado- que la forma de conducir la administración pública basada en la mentira a la que da lugar la simplista visión de esta sólo como generadora de esperanza, tiene una vida tan corta e inútil como la expectativa de comer cuando se sabe vacío el refrigerador.

A propósito de lo anterior recuerdo el relato de un reconocido instructor internacional de servicios de emergencia, quien durante un curso narró su primera intervención en un accidente, con el objetivo de abordar el valor de hablar con la verdad, guardando tan rigurosa rectitud que se evitara tanto el optimismo injustificado como el pesimismo demoledor.

Contó que al descender de la ambulancia de la Cruz Roja de su país, Colombia, con mayúsculos deseos de ayudar, pero insignificante experiencia de vida, se encontró con el estrellamiento de un automóvil contra un árbol, decidiendo de inmediato ingresar al vehículo a través del espacio que alguna vez ocupó el parabrisas.

En el interior de la unidad encontró a un hombre en estado de embriaguez, severamente lesionado, pero aún consciente.

-Aquí estoy, mi amigo, para ayudarlo-dijo al sujeto, disponiéndose a proporcionarle los primeros auxilios.

Luego cometería el error que años más tarde citaría en sus reconocidos cursos de atención sicológica a víctimas:

-No se preocupe, que no le pasó nada.

-¡Quítenme de encima este muchachito estúpido, que no se ha dado cuenta de que me falta una pierna!-respondió con ira el lesionado.

Quien iba al mando debió ordenar al novel socorrista que saliera del vehículo, pues el paciente, pese al exceso de alcohol que presentaba y la amputación que sufría, por ningún motivo permitía que lo atendiera el joven al que señalaba como inepto.

La mentira, aun con buena causa, acaba con la credibilidad que permite trabajar con y por los demás.

Cuando el gobernante se comunica con los gobernados suponiendo que lo dicho por él adquiere el carácter de verdad sólo por salir de su boca, lejos de asegurar la imposición de su mundo ideal garantiza que sus receptores le pierdan confianza, pues ellos, aun deseando fuera cierta esa visión, sufren la bofetada de lo verdadero en su cotidianidad.

Asegurar que el cambio llegó, no evita sustituir a quien lo afirma; actuar igual y decirse diferente, es estrellar las palabras contra la realidad; afirmar que se acabó la impunidad, es provocar la risa que oculta al llanto; negar la existencia de una crisis por el abasto de agua es insuficiente para bañarse.

Rectifico mi anhelo: me gustaría que un día el discurso político transitara por la misma vía en la que circulan las necesidades insatisfechas de la mayoría de la gente.

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Escrito en: editorial MANUEL RIVERA editoriales poder, discurso, igual, fuera

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