EDITORIAL

Columna

De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

Corito, varón en flor de edad, se inscribió en un club nudista. Una de las primeras cosas que hizo fue pedirle a uno de los socios que le tomara una fotografía de cuerpo entero in puris naturanilis, o sea en estado natural. Por esos días recibió un mensaje de su abuela: "Hace mucho tiempo que no te veo, hijo. Por lo menos mándame un retrato tuyo". Dividió Corito en dos aquella foto con el propósito de enviarle a su abuelita la parte superior del retrato. Por desgracia no manejó bien el envío, y lo que le llegó a la abuela fue la foto de la parte de abajo. Afortunadamente la señora era corta de vista, y Corito recibió otro mensaje: "Te aconsejo que cambies de peinado. Con el que usas ahora la nariz se te vea del tamaño de la de un niño de 5 años". Hay quienes presumen de sus antepasados porque sólo de eso pueden presumir. Son como la planta de la papa, que lo único que vale de ella es lo que está abajo dela tierra. No creo pertenecer a esa vanidosa especie. Pienso, como Cervantes, que cada quién es hijo de sus obras, "porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale". He citado de memoria esa frase, audaz para su tiempo, del Manco de Lepanto. No se me tome a mal, entonces, la siguiente declaración, que por primera vez doy a conocer aquí: desciendo en línea directa de Juan Navarro, uno de los fundadores -en 1577- de Saltillo. Conozco la epopeya de mi ancestro, pero no su etopeya. La etopeya de una persona es la descripción de su talante y su modo de ser. Muy probablemente el dicho antepasado mío, que con Alberto del Canto y otros esforzados hombres plantó la espada y la cruz en el hermoso y fértil valle donde hoy se asienta mi ciudad, era en España un forajido, carne de horca o por lo menos de galera o cárcel, como los galeotes a quienes don Quijote libró de las cadenas de la Santa Hermandad y que tan mal le pagaron su liberación. De esa ralea procedían muchos de los que se arrojaron a aventurar en el nuevo continente, pues no tenían nada que perder más que la vida. Los que a mi solar vinieron no encontraron aquí oro ni plata, pero hallaron tierra fértil y agua en abundancia, y se hicieron soldados labradores. Mi tatatatatatarabuelo, el dicho Juan Navarro, fue dueño de las caudalosas linfas que todavía hasta hace pocos años se conocieron con el nombre de "aguas navarreñas", las cuales usó para mover el primer molino de trigo que hubo en estos lares, y que pasados los siglos sirvieron para accionar la maquinaria de las fábricas textiles establecidas durante el porfiriato con sonorosos nombres muy propios de la época: La Aurora Industrial, La Bella Unión, La Hibernia, que es otro modo de designar a Irlanda, pues su dueño, don Guillermo Purcell, era irlandés. Lamento mucho no haber heredado esas abundantes aguas pertenecientes a mi remoto ancestro, pues si fueran de mi propiedad me las arreglaría para hacerlas llegar a Monterrey y aliviar la sed de los regiomontanos, a quienes tanto debo. Muchos problemas afronta ahora el gobernador de Nuevo León, Samuel García, pero casi todos son solubles en agua. A condición, eso sí, de que su juventud no lo haga decir a cosas de las que luego se debe desdecir. El paciente del doctor Duerf, siquiatra, le pidió que le quitara su desmedido apetito sexual: le hacía el amor dos veces al día a su esposa, dos veces al día a la mucama y dos veces al día a la vecina del 14. El analista le indicó: "Yo solo no puedo curarlo de su insaciable ardor sensual. Necesita usted tomar el asunto en sus manos". "Lo hago, doctor -le aseguró el sujeto-. También dos veces al día". (No le entendí). FIN.

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