EDITORIAL

Columna

De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

Eran ya las 3 de la mañana. "No se vayan -nos decía nuestro amigo-. Tinito está dormido y no tarda en despertar. Despertará con hambre. Acompáñenme a darle de cenar". Nosotros nos mirábamos los unos a los otros y no sabíamos qué hacer o qué decir. Y es que Tinito -Martincito- no estaba dormido: estaba muerto, tendido en su cajita blanca. Tenía 7 años, y lo había matado un vecinito de su misma edad. El padre de ese niño guardaba una pistola en uno de los cajones del ropero. El pequeño la tomó, y jugando amenazó a su amiguito: "¡Pum pum!". El arma estaba cargada y Martincito cayó muerto. Era hijo único de sus padres, que no pudieron soportar la pena y se culpaban uno al otro de la muerte de Tinito. Terminaron divorciándose, y vivieron en soledad y tristeza el resto de sus vidas. Sé que una tragedia tan dolorosa como ésa no es para relatarse en un artículo como éste, pero la narración me sirve para ilustrar mi comentario de hoy. Las  idioteces se dividen en tres clases, según su grado  de necedad: tonterías, estupideces y pendejadas. A esta última especie pertenece la propuesta de Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI, en el sentido de promover una ley que permita a los ciudadanos tener armas de grueso calibre en sus hogares dizque para la defensa de sus familias. Supina pendejada es ésa de quien muchas otras ha cometido. La inmensa mayoría de la gente no sabe manejar un arma; tener una en la casa constituye grave riesgo y es amenaza lo mismo para quienes en ella viven que para otras personas. Yo he visto a un individuo fuera de sí apuntarle con un rifle de cacería al conductor que cometió el tremendo delito de estacionar su coche en el frente de la casa del energúmeno. Las armas son instrumentos de muerte. Es un peligro tener una en la casa. La propuesta del tal Alito es irracional, y da idea de su paupérrima contextura moral e intelectual. Por eso el PRI anda como anda. O, más bien dicho, por eso el PRI no andan como no anda. Procuraré ahora disipar con algunas inanes historietas la graveza de las anteriores reflexiones. En la habitación número 210 del popular Motel Kamawa la chica se sorprendió al observar que  su galán tenía tatuada en su atributo de varón la imagen de una cigüeña que llevaba en el pico un  bebé. "No te fijes -le indicó el sujeto a su linda compañera-. Mi esposa hizo que me tatuaran ahí esa figura para asustar a mis amigas". En la reunión de señores uno de ellos comentó: "Mi suegra nunca nos visita porque no tolera el aroma de la loción que uso". Se escuchó un coro de voces que preguntaron al unísono: "¿Qué loción usas?". La trabajadora social interrogaba a la señora que solicitaba la ayuda de la beneficencia pública: "Dice usted que su marido la abandonó hace seis años, y sin embargo es madre de cinco hijos de uno, dos, tres, cuatro y cinco años de edad". Explicó ruborosa la mujer. "Es que cada año viene a disculparse". Babalucas era el ayudante del herrero del pueblo. Cierto día le dijo el herrador: "Pondré con la tenaza esta herradura al rojo vivo en el yunque. Cuando mueva la cabeza golpéala con todas tus fuerzas con el mazo". Ahora Babalucas es el herrero del pueblo. Don Algón, salaz ejecutivo, hizo colocar en la pared de su oficina, frente a su escritorio, un cuadro de gran formato, al óleo, con un desnudo de mujer. Razonó así su decisión: "Es que esa pared se veía muy desnuda". Pepito se quejó con su papá. "Mi hermana no quiere jugar conmigo a los encantados". "Y tiene razón -justificó el señor a la muchacha-. Cumplió 22 años; ya no está en edad para esos juegos". Objetó Pepito: "¿Y cómo con su novio sí juega? Acabo de oír que le dijo por teléfono: 'Anoche me dejaste encantada'". FIN.

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