EDITORIAL

Columna

De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

"En 50 años de casados te engañé  sólo una vez. Fue con la comadre Mesalina". Eso le dijo don Languidio a su esposa doña Gorja la noche en que celebraron sus bodas de oro. Eso de que las celebraron es un decir, pues don Languidio no pudo ponerse en aptitud de recordar los tiempos del amor. "Pues qué pendejo -ripostó la señora-. Lo útil  que nos habría sido esta noche esa única vez". Astatrasio Garrajarra llegó a su casa a las 3 de la mañana en competente estado de ebriedad. Besó repetidas veces al reloj de pedestal y trató de darle cuerda en una bubis a su enojada esposa. Le reclamó ella hecha una furia: "¡Me dijiste que la reunión con tus amigotes sería de 8 a 10!". "Y no te eché mentiras, amorcito -farfulló el temulento-. De 8 a 10 botellas". Una señora le contó a otra: "Inventé una nueva píldora anticonceptiva. Está hecha de harina con azúcar; pesa un kilo y cuarto y mide 30 centímetros de diámetro". Preguntó la otra, intrigada: "Y ¿funciona?". "Sí -aseguró la señora-. Cuando acabo de tomármela a mi marido ya se le pasaron las ganas".  "Un arma el diablo la carga, y un pendejo la descarga". El asesinato de una joven artista a manos de su pareja, uno de los peores especímenes humanos que en México se ha visto,  es prueba fehaciente de que la criminalidad no es producto de la pobreza, sino de la estupidez y la maldad. El asesino es un hombre soberbio, prepotente e inmoral que en el dinero y en el tráfico de influencias fincó su poderío. Si en esta ocasión escapa a la acción de la justicia eso demostrará que en México la justicia no existe. Recordemos los dolidos versos que un anónimo reo escribió en la pared de su celda en la temible y terrible prisión que se llamó "el Palacio Negro de Lecumberri": "En este lugar maldito / donde reina la tristeza / no se castiga el delito: / se castiga la pobreza". La justicia penal, en efecto, ha sido comparada a una tela de araña: solamente los pobres caen en ella; los ricos la rompen con facilidad. El homicidio cometido en la persona de aquella infeliz joven fue un crimen proditorio que no puede quedar sin castigo, lo mismo que el asesinato de los dos sacerdotes y el hombre al que trataron de proteger en la iglesia de Cerocahui. Lo cierto es que ya da miedo enterarse de las noticias del día, porque parecen más bien las de una ominosa noche. La trágica muerte de las decenas de migrantes que perecieron en la caja de un tráiler al sur de San Antonio, Texas, debe ser motivo de vergüenza para los gobiernos tanto de Estados Unidos como de México y de los países de donde los fallecidos eran  originarios, de los que tuvieron que salir por causa de la pobreza o  la violencia criminal. La palabrería que estos sucesos suelen suscitar, las expresiones de pesar que se oyen en boca de los políticos, no sustituyen a un acuerdo internacional que tendría que hacerse para dar cauce al doloroso problema de la migración. En medio de la vibrante fuerza de la vida estas muestras de la presencia constante de la muerte nos recuerdan la fragilidad de la condición humana, y deberían llevarnos a hacer un ejercicio de meditación si no fuera porque tenemos que ver la nueva serie de Netflix. Un tipo le dijo a su amigo: "Mi esposa  me dejó para irse con otro hombre". Propuso el amigo: "Vayamos a tu casa a ahogar tu pena con licor". "No tengo" -le informó el abandonado. Preguntó el amigo: "¿No tienes licor?". "No -precisó el tipo-. No tengo pena". Un pescador sacó en su red a una bellísima sirena. Sin vacilar la devolvió al mar. Su compañero le preguntó, asombrado: "¿Por qué hiciste eso?". Respondió el pescador: "Soy alérgico al pescado y a la leche". FIN.

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